Juernes de Por Fogones
Hikari: técnica japonesa, alma local
En una ciudad donde la oferta gastronómica no deja de crecer, hay casas que no solo evolucionan: marcan el ritmo. Hikari, en Las Palmas de Gran Canaria, es una de ellas. El proyecto liderado por David Rivero vive un momento de madurez imparable, consolidado ya como restaurante recomendado por la Guía Michelin y con una identidad cada vez más definida: la de una cocina japonesa pura, precisa y profundamente conectada con el producto local.
Su propuesta omakase es hoy una de las más sólidas del archipiélago. Un recorrido donde el mar canario se convierte en hilo conductor y donde el arroz —ese elemento invisible que lo sostiene todo— alcanza cotas de perfección técnica y sensibilidad difíciles de encontrar.
El arranque llega en forma de bento japonés, cuatro bocados que funcionan como declaración de intenciones. Desde el edamame con sésamo tostado, sencillo y adictivo, hasta una ostra Amélie del norte de Burdeos afinada con ponzu, pasando por una gyoza de langostinos con guiños al chili crab hasta una delicada galleta japonesa coronada con ventresca de atún. A ellos sumemosle un plato que jamás podía quitar pero sí evolucionar como son sus berenjenas. Equilibrio entre tradición, producto y un leve juego contemporáneo.
A partir de ahí, el menú fluye con naturalidad. El sashimi de medregal negro canario confirma el compromiso con el entorno, con cortes limpios y sabor profundo. Pero es en la secuencia de nigiris donde Hikari despliega todo su potencial. Desde un original guiño a la Gilda reinterpretada con chicharro de Tenerife, hasta un impecable salmón flambeado o la elegancia de la sama roquera, otro pescado local de roca, con paté de trufa blanca.
La vieira con mantequilla de yuzu aporta untuosidad y frescura, mientras que el sorprendente nigiri de arroz frito con steak tartar de wagyu rompe el discurso clásico con acierto.
El clímax llega, como no podía ser de otra forma, con el toro: la pieza más noble del atún, tratada con respeto absoluto. Y como cierre salado, un tartar de patudo canario con arroz frito al momento que resume la filosofía de la casa: técnica japonesa, alma local.
Mención aparte merece el fuera de carta, un sukiyaki de wagyu con setas japonesas que trasciende la experiencia para convertirse en recuerdo persistente. Profundo, envolvente, de esos platos que permanecen.
El apartado dulce mantiene el nivel. El anmitsu —con helado de té matcha elaborado en casa, sopa de yuzu y pasta de judía roja— aporta frescura y equilibrio, mientras que el ya icónico quesillo de jengibre con leche de coco reafirma el sello personal de la casa.
Hikari no solo llena con meses de antelación: genera expectación real. Conseguir mesa exige atención constante a sus redes sociales, convertidas casi en una puerta de acceso efímera. Pero la recompensa lo justifica.
Lo de David Rivero y su equipo ya no es promesa. Es presente sólido y futuro abierto. Un restaurante que no parece tener techo y que, servicio tras servicio, sigue afinando su discurso hasta situarse entre lo más relevante de la gastronomía en Canarias
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