Convivir con el virus: el reto de las nuevas relaciones sociales

Primeras visitas de familiares en una residencia de mayores de Gran Canaria.

Los reencuentros han cambiado. Los abrazos, los besos y los estrechones de manos han desaparecido en favor de un choque de codos o de una sonrisa tras la mascarilla. Después de tres meses de confinamiento y sin contacto social más allá del núcleo familiar, la pandemia provocada por la COVID-19 ha revolucionado las relaciones sociales, dejando sobre la mesa un nuevo reto: convivir con un virus de por medio. El profesor de Psicología Social de la Universidad de La Laguna, Juan Martínez Torvisco, explica que este cambio ha sido el “más drástico” de los últimos 50 años: “Jamás en la historia reciente habíamos tenido que estar encerrados en casa durante tanto tiempo. El modelo de conducta ha cambiado por completo”. Para el mundo latino, el desafío es aún mayor: “Somos mucho más dados al apego. Es común saludar a los amigos y a la familia con besos, incluso si los vemos varias veces al día. En la cultura anglosajona esto es más puntual. En Corea del Sur, al padre bajo ningún concepto se le puede tocar. En cada cultura, las claves de la socialización están bastante bien definidas”, señala Martínez.

La respuesta a la necesidad histórica del ser humano de socializarse se ha transformado en las últimas semanas. “A pesar de que algunas comunidades son más individualistas y otras más colaborativas, en ningún caso hemos nacido para estar solos. El resto de animales, cuando nacen, se valen por sí mismos. Las personas nacen indefensas y necesitan de otros miembros de su especie para poder salir adelante”, recuerda el docente.

La búsqueda del placer frente al dolor es uno de los patrones a seguir para construir redes. Mantener cerca lo agradable y alejar lo que produzca algún tipo de perjuicio o consecuencia negativa. Por ello, incluir en la rutina la presencia de un virus que en España ha provocado la muerte de 28.322 personas y ha contagiado a 245.938 en España genera una “percepción constante de riesgo y de peligro y conduce a vivir con miedo”: “Vemos incluso como, en un lugar donde hay alguien que no lleva mascarilla, se le increpa”.

La principal consecuencia psicológica de vivir percibiendo riesgo en el entorno es el estrés permanente. “El cerebro se desestructura. Construye una realidad ficticia y sobre esas claves gira todo alrededor”, cuenta Martínez Torvisco. En esta línea, aparecen problemas de psicosis y paranoia. El profesor pone como ejemplo a los jóvenes que lucharon en la guerra de Vietnam: “Eran hombres de 18 o 19 años en una situación de tensión constante”. La población debe cargarse de herramientas para enfrentar de la mejor forma posible este nuevo escenario y evitar las secuelas para la salud mental que pueden derivarse de él. El experto valora de forma positiva la obligatoriedad del uso de mascarillas, que permite suavizar la sensación de peligro.

Sin embargo, apunta que exponerse a la sobreinformación es una desventaja: “Terminamos viendo peligro hasta donde no lo hay. Llegamos a obsesionarnos y a creer que solo con salir a la calle nos vamos a contagiar, pero debemos tener en cuenta que deben darse muchas circunstancias para que eso pase, y esto hay que explicárselo bien a la gente”.

La incidencia de la pobreza

La incidencia de la pobrezaEl impacto económico de la crisis sanitaria en los hogares condiciona la capacidad para adaptarse a las nuevas relaciones sociales. “Una persona que está en ERTE, no lo ha cobrado aún y abre su frigorífico y no tiene nada, evidentemente estará en una situación de conflicto”, indica el profesor de Psicología Social. En Canarias, un 17,6% de los isleños cuenta con unos ingresos inferiores a 509 euros al mes. Además, desde que estalló la pandemia, el número de familias nuevas que han requerido la atención de Cáritas en la provincia de Las Palmas ha incrementado un 74%: 3.050 nuevos hogares.

La forma en la que la población ha vivido el confinamiento también condiciona la capacidad para asumir la nueva realidad. En esta línea, el espacio, la amplitud y las condiciones de la vivienda son determinantes. “Está demostrado que el espacio personal es fundamental en los conflictos personales. Si lo reduces, se produce una mayor cantidad de enfrentamientos”, cuenta el profesor, poniendo como ejemplo los pisos de 90 metros donde familias compuestas por 6 o 7 personas han pasado más de tres meses sin salir. La consecución de empleos dignos y la consecuente independencia económica son, según Martínez Torvisco, factores favorables para la tranquilidad individual, ya que la dependencia extrema de los subsidios de manera prolongada en el tiempo suponen un golpe a la autoestima de los beneficiarios.

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21 de junio de 2020 - 15:02 h

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