Los lahares, una nueva amenaza que puede traer la lluvia en La Palma

Erupción del volcán de La Palma.

La Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) prevé un cambio en el tiempo desde este viernes en La Palma, con la finalización del episodio de la masa de aire sahariano y la llegada de lluvias débiles. David Suárez, delegado en Canarias, explica que se esperan este tipo de precipitaciones en el norte y este de la Isla, una situación que podría prolongarse durante el fin de semana. “Estaríamos hablando de lluvias que acumulan menos de dos litros por metro cuadrado en una hora” y que podrían dejar “15 litros en 24 horas”, señala. Durante la erupción volcánica que asola la parte oeste desde hace más de un mes, la afección más grave que genera esta previsión se produce en los tejados o azoteas de las infraestructuras que tengan gruesas capas de cenizas.

El geólogo y portavoz del Instituto Volcanológico de Canarias (Involcan), David Calvo, explica que cuando la ceniza se empapa “adquiere un peso bestial” y puede propiciar la caída de estructuras debilitadas donde haya acumulación del material compuesto por finas partículas de roca y mineral que escupe el volcán. También pueden alcanzar el alcantarillado si el agua corre por las calles, pero se trata de algo “secundario” en el escenario previsto por la Aemet. “No hay nivel suficiente para que se produzcan riadas”, añade Calvo, una situación que sería mucho más preocupante.

La Palma es una de las islas más lluviosas del Archipiélago. Prueba de ello son sus sistemas hídricos, basados en pozos y galerías que abastecen a la población y a la agricultura del recurso subterráneo, que se nutre de las precipitaciones que se infiltran en el acuífero; a diferencia de las islas orientales, donde las desaladoras suplen la carencia del líquido bajo tierra y la escasez de lluvias. Hasta enero de 2021, en la misma línea que el resto del Archipiélago, la Isla arrastraba una sequía a la que puso un paréntesis la llegada de la borrasca Filomena durante cuatro días.

La tormenta atlántica empapó la Isla de punta a punta, con lluvias intensas e intermitentes; en algunos puntos alcanzó los 41 litros por metro cuadrado en una hora. En un hipotético escenario como este durante la erupción volcánica, se generarían distintos episodios en función del suelo en el que caigan lluvias intensas. El ingeniero forestal y director técnico de Emergencias del Cabildo de Gran Canaria, Federico Grillo, explica que en La Palma hay tres tipos: el de las coladas, las zonas forestales y el terreno sin vegetación. 

Grillo, respetado y aplaudido durante la gestión al frente del operativo que combatió el gran incendio forestal de Gran Canaria en 2019, detalla que en el suelo cubierto por coladas no se generarían problemas porque “es bastante robusto y permeable”, es decir, “drena muy bien y es muy difícil que se produzcan arrastres”. Las áreas con vegetación “son como una esponja”, es decir, una parte de la lluvia se queda en el suelo y el resto lo suelta “poco a poco” en forma de barrancos o escorrentías. En La Palma, la zona norte y noreste de la Isla “soporta 60 u 80 litros por metro cuadrado en una hora sin problemas”. 

Si ha caído ceniza, “puede ser movilizada”, pero a unos niveles muy distintos a los que se generarían en zonas descubiertas de vegetación, sobre todo en partes urbanas. “Cuando no hay vegetación, que protege el suelo del impacto de la lluvia, las gotas acaban rompiendo el terreno y generan una capa de tierra disuelta que se incorpora al agua, y eso le da un carácter agresivo”, especifica Grillo. La lluvia en este tipo de terrenos se concentra rápidamente e incide en el cauce por el que discurre, creando mayor profundidad y ensanchándolo. “Se vuelve un agua más dura, más pesada, que tiene capacidad abrasiva y erosiva y un poder destructor brutal”, añade Grillo. En apariencia, es como el lodo. 

Cuando adquiere estas características se denomina lahar, uno de los siete peligros volcánicos principales que define el Instituto Geológico Nacional (IGN). Son avalanchas de material volcánico no consolidado que, además de por el efecto de lluvias intensas, puede formarse por la fusión de glaciares, desbordamientos o deshielo. Este fenómeno puede desencadenarse incluso después de que finalice la erupción en La Palma si cae una lluvia torrencial y debido a las características del suelo, que influye en el poder destructivo del lahar. 

En el supuesto de que se genere tras el final del proceso eruptivo, el director técnico del Cabildo de Gran Canaria lo explica mediante una analogía con el incendio que asoló 10.000 hectáreas en la isla. Tras las llamas, el suelo estaba “muy sensible, con laderas tremendas”. Antes de que llegaran las primeras lluvias, realizaron medidas correctoras para mitigar los posibles efectos, como fijar una especie de diques en zonas estratégicas del camino de las riadas para paliar su fuerza. Pero las precipitaciones “fueron muy tranquilas y el sistema tuvo tiempo de absorber; una parte a la infiltración del suelo, otra parte retenida y no soltó mucha agua. No tuvimos grandes problemas”.

Para ilustrar las diferencias entre la lluvia caída en una zona forestal y otra descubierta, Grillo expone un ejemplo. “Cogemos dos tablas, las ponemos inclinadas y en una le colocamos una esponja o colchón de goma espuma y en la otra nada. Tiramos un cubo de agua de 10 litros sobre ellas. En la que no tiene la esponja, toda el agua llega abajo y se produce una riada. Si lo tiras en la tabla de la esponja, veremos que hay una parte que soltará rápidamente, pero se dilatará durante horas y saldrá un hilillo de agua”. 

En zonas urbanas, “la tabla está desnuda” y, aunque se haya limpiado gran parte de la ceniza, al caer constantemente, es relativamente fácil que se generen problemas en los alcantarillados, porque se produce una concentración de agua muy rápido que colmata y tapona el sistema de drenaje. La consecuencia, al igual que sucede en periodos de fuertes lluvias en Las Palmas de Gran Canaria, es la inundación.  

Por ello, entre otros motivos, es tan importante limpiar las cenizas, sobre todo de los tejados o de los bajantes. “Si tengo una capa de 3 o 5 centímetros en la azotea y llueve, moviliza la ceniza al desagüe y lo tapona. Con 40 o 50 centímetros de agua se puede hundir el techo”, señala Grillo.

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