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En busca de la inmortalidad

José Miguel González Hernández

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Cuando una persona deja de aprender, se muere. Eso no es lo que se debe pensar cuando se decide salir de las aulas antes del tiempo prudentemente programado porque no se tiene la importancia relevante si hace frío o calor en la realidad que nos rodeará, debido a que solo se apuesta por la ganancia miope. Con ella aparecen los primeros bienes más allá de la mera subsistencia y la aparente felicidad. Y es que la edad distorsiona porque no te ofrece la reflexión adecuada y sosegada merecedora del futuro.

La vida comienza a estar resuelta habiendo encontrado un lugar para su desarrollo. Los aprietos se evaporan y el consumo comienza a ser desenfrenado, mostrándose como cultura típica de comportamiento, limitándose el ahorro e incrementándose las deudas. A partir de ahora, todo se centra en no parar, lo que termina por convertirse en un nuevo problema, debido a que, si surge la posibilidad de que la rueda comience a detenerse, ya sea porque la idea matriz no tenía bien diversificado su negocio, concentrando el riesgo y, por lo tanto, su vulnerabilidad, o porque la cartera de pedidos cayó de forma abrupta, de forma que ya no eran necesarias tantas horas para desarrollar la misma actividad…

Entre la exiguo del finiquito, la entidad financiera tocando a la puerta y lo oscuro que se pone el futuro inmediato, recibes una insostenible carga sobre los hombros. La sonrisa desaparece porque el futuro se acorta. De ahí que haya que volver a apostar por estudiar nuevos campos. Es entonces cuando se intenta arrancar desde donde se había dejado, pero sin las ganas ni los procedimientos iniciales. Haces de la necesidad virtud y tiras para adelante como puedes, volviendo a redescubrir la vida, aprendiendo a disfrutar de aquellas pequeñas cosas que no necesitan ser compradas.

La idea es que la rueda comience a rodar otra vez. Y para que comience a rodar qué mejor que reposicionarse, catarsis orientada hacia una alternativa y a redirigir los esfuerzos hacia una actitud más sostenible para fomentar el desarrollo social y conseguir un nivel global de calidad de vida adecuado y equitativo. Por ello, debemos estar sujetos a lograr un efecto purificador que permita liberarnos de las pasiones que aparentemente nos dan un efecto enriquecedor inmediato, en lugar de apostar por infinidad de caminos tortuosos, que, al fin y a la postre, nos recompensarán de forma excedentaria.

En definitiva, hay que evolucionar sobre la base del aprendizaje que la resolución de los problemas nos otorga. Y hay que evolucionar cambiando a través de tiempo. Este hecho nos otorga diversidad, incluso del mismo sujeto en diferentes circunstancias. Otra cosa son los factores que desencadenan el proceso evolutivo. Es decir, ¿cambiamos por herencia o por adaptación? Es una mezcla realmente, porque nadie acaba donde empieza y porque no hay lastre lo suficientemente pesado que no nos permita poner el foco en otros objetivos. Solo hay que esperar que la experiencia adquirida forme parte del aprendizaje continuo y así sentirse inmortal.

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