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Crónica de un contrato

José Miguel González Hernández

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Finaliza la temporada, con ella, los ciclos. Finaliza en un contexto en donde el mercado se encuentra en plena ebullición. El pasado reciente habrá servido de escaparate con ansias de seguir mejorando. A partir de aquí aparecerán nuevas vinculaciones o renovaciones de las ya existentes. Para todas las formas de relación existirá un mínimo común múltiplo y éste es el contrato en donde aparecen todos los derechos y obligaciones a desarrollar, el cual ha de empezar desde cero.

No hay un modelo base, porque cada uno tiene sus propias características. A este respecto, los contratos suscitan traspasos, ya sea de bienes, de servicios o de destreza de personas. Y, cuando hablamos de un traspaso, ya sea sencillo o complicado, intervienen muchos factores. Muchas veces leemos u oímos que los acuerdos, siendo parte cierta de una realidad paralela, no se acaban de anunciar en base a la oficialidad de lo tratado. Seguridad lo llaman. Y no les falta razón. El quemar por quemar las cláusulas origina el trazar una estrategia defensiva antes incluso de su activación. Y eso desgasta.

Normalmente el peso de las negociaciones lo llevan los responsables técnicos de cada parte y, más allá de reuniones formales presenciales, los dispositivos electrónicos arden en mensajes y propuestas. Y es hasta que no se haya limado absolutamente todas las asperezas posibles, no se da el carpetazo final. Asumamos, además, que en las negociaciones se tratan tanto los grandes números de los traspasos como los pequeños detalles o el resto de las condiciones particulares. Así hasta que el acuerdo sea total.

Cuando se llega a ese acuerdo, entran en juego el resto de los servicios, con la finalidad de darle legitimidad y seguridad jurídica al convenio suscrito. La primera decisión por tomar es quien redacta el concierto. Y las partes se ponen de acuerdo para ver quien se encarga de ello. El contacto entre dichos servicios jurídicos raramente se da en persona, utilizando los medios telemáticos como bien podría ser una plataforma colaborativa en donde todas las partes intervienen de forma real. A partir del documento hay que reconocer que la dimensión que se quiera albergar es muy variable. En algunos casos con tres folios puede ser suficiente y en otros se puede llegar incluso a los cuarenta o cincuenta. Ahí entra a formar parte la claridad de las pretensiones o, incluso, la confianza entre partes. A más seguridad jurídica o desconfianza, mayor extensión. Y viceversa.

Una vez pasado este trance, se buscan las erratas o incluso los errores bien o malintencionados. Por eso estos documentos han de ser leídos por varias personas y varias veces. No se puede escapar ningún detalle. Y si todo está todo correcto, entonces llega el momento de la firma. Es el punto y final para unas negociaciones que en ocasiones duran muy poco, cuando las cosas se tienen muy claras, o se dilatan en el tiempo, cuando bien las pretensiones tienen una altitud considerable o la definición de los objetivos no están del todo claros. Y una vez suscrito y elevado, solo queda ejecutarlo. A partir de ahí, mucha dedicación. Y algo de suerte, también.

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