Un viaje que trasciende lo playero en Cabo de Gata

La Batería de San Simón domina la bahía del Playazo de Rodalquilar.

Las playas más bonitas que vimos jamás están en Cabo de Gata. Y si hay que decirlo se dice. Almería es una de las grandes olvidadas del turismo peninsular. Y eso que lo tiene prácticamente todo para ser una verdadera potencia. La capital, que está a apenas media hora en coche de los primeros playazos de Gata, es una desconocida que esconde verdaderas joyas como su Alcazaba, una de las fortalezas árabes mejor conservadas de toda la Península Ibérica, su Catedral, a medio camino de castillo y templo, ruinas romanas, viejos refugios antiaéreos de la Guerra Civil española o sus famosísimas tapas (aquí está uno de los templos de las cañas que más apreciamos del mundo mundial –El Quinto Toro-). Y por toda la provincia hay más que ver. Mucho más: Mojácar, una buena porción de las famosísimas Alpujarras, el Desierto de Tabernas, arqueología para parar un tren… Pero si tenemos que elegir entre todo eso nos quedamos con Cabo de Gata. Y eso que ya hoy no tiene nada que ver con lo que era hace unos 25 ó 30 años.

La primera vez que llegamos hasta la Isleta del Moro, nos quedamos atascados en el barro de la carretera. Aquello no era más que un puñado de casas en torno al pequeño montículo de piedra que cae a plomo hacia el mar rodeado de pequeñas playas. Qué playas. Pese a que al pueblo se le han añadido algunas calles de ‘modernas casas tradicionales’ sigue teniendo un aquel que enamora: las playas alucinantes (con Peñón Blanco a Levante y las pequeñas calitas llenas de barcas de pescadores a Poniente), el pescado fresco de La Isleta del Moro (Paraíso, 4) y las vistas alucinantes hacia afuera y hacia adentro. También ahí mismo, en la Playa de Los Escullos, está la duna fósil más famosa de España: una especie de ola petrificada que se ha convertido en una de las imágenes paradigmáticas de todo el parque Natural. Y, también, un bonito castillo defensivo (la batería de San Felipe). Por eso el primero de nuestros consejos es tratar de quedarte por aquí. San José ejerce de capital de Cabo de Gata y tiene una oferta hotelera y de restauración para todos los gustos y bolsillos. Pero si puedes, quédate en La Isleta del Moro. Es un lugar especial. Con una magia intensa que, incluso, ha tenido su reflejo en muchísimas películas en las que el paisaje se convierte en un personaje más. Además, es un sitio que te permite acercarte al mar sin ningún problema y poder, al mismo tiempo, mirar hacia el interior en lugares como la Majada Redonda, uno de los muchos viejos volcanes que hay en el parque natural o El Barranquete, dónde puedes ver tumbas megalíticas de muchos miles de años hacia atrás.

Entrar en Cabo de Gata: salinas y peñascos.- La forma más habitual de entrar en el Parque Natural de Cabo de Gata es desde Almería a través de la carretera AL-3115. Y también es la mejor, ya que permite matar varios pájaros de un tiro antes de entrar al territorio del parque. El primero de ellos es el Centro de Interpretación de Cabo de Gata (Diseminado Paraje del Retamar, sn; Tel: (+34) 950 160 435) que está muy bueno para empezar a tomarle la medida al espacio. Tampoco dejes de visitar el pequeño pueblo de Cabo de Gata: aquí puedes hacer varias paradas interesantes: el Humedal de Rambla de Morales (una pequeña albufera de aguas salobres), el Torreón de San Miguel, una de las muchas fortalezas que se levantaron en estas tierras para defenderlas de ataques de piratas berberiscos y las impresionantes Salinas de Cabo de Gata (Almadraba), una de las más grandes de su especie en el sur peninsular que se encuentran justo en el lugar dónde había una factoría de salazones romana.

Ya en pleno parque, hay que ir subiendo hacia el Cabo de Gata, que marca el fin de la costa sur peninsular e inaugura los primeros kilómetros de litoral levantino. El faro se aúpa en lo alto de una colinilla desde la que se ve buena parte del litoral del parque (mirador de Las Sirenas). Más allá empiezan los primeros playazos célebres antes de llegar a San José: Mónsul y la mítica Los Genoveses. Este tramo de parque también es una buena zona para explorar las tierras de Gata que están más lejos de la costa. Como decimos siempre, los aparentes desiertos son de todo menos territorios vacíos. Aprovecha para visitar lugares como el Valle Escondido y los cortijillos que se esparcen por las llanadas y quebradas. Tampoco es mala idea hacer una parada en el Pozo de Los Frailes, un pueblecillo que se formó cuando diez o doce familias construyeron sus casas alrededor de un pozo de agua.

El valle de Rodalquilar; literalmente, otro mundo.- Junto a La Isleta del Moro, nuestro rincón preferido de todo el parque natural. Aquí sí qué hay de todo: un pueblo bonito; un entorno natural atractivo, mucha historia, patrimonio y un playazo. Playazo en sentido literal y conceptual: lo segundo, porque es una de las mejores playas de toda la comarca y lo primero porque recibe el nombre de Playazo de Rodalquilar; no se calentaron la cabeza. Esta es una de las mejores bahías para desembarcar de toda la zona: y por eso se tomaron precauciones para evitar disgustos. A orilla de la playa está el Castillo de San Ramón, una de las más formidables baterías costeras de toda la costa (se construyó en el siglo XVIII). El agua es el elemento que diferencia a esta parte del parque de las otras. No es que abunde, pero si la hay en mayores proporciones que en otros lugares. Y de ahí la importancia del Valle de Rodalquilar. Subiendo hacia el interior, y a poca distancia de la playa nos topamos con el Castillo de Los Alumbres, una joya histórica del XVI que data de los primeros tiempos del retorno de los cristianos a esta parte de la Península Ibérica tras la dominación musulmana. Es un castillo medieval al uso; y aunque está muy deteriorado merece la pena deambular entre sus muros rotos.

Rodalquilar es un pueblo de casas chatas con un aire morisco. Su historia se remonta muy atrás y de aquellos tiempos datan sus casas más antiguas y los huertos que ponen de manifiesto que el agua está y que convierte los desiertos en vergeles si se sabe trabajar la tierra y aprovechar los recursos. Pero el pueblo vivió una explosión a finales del XIX porque se encontró oro. Se abrió una mina y se construyó un poblado minero que aún puede imaginarse a través de sus ruinas. La antigua explotación minera se ha reciclado para ser la sede del Ecomuseo La Casa de los Volcanes (Apartadero, 9; Tel: (+34) 950 100 394) dónde podrás ver una exposición centrada en los valores geológicos y ecológicos de la zona. La segunda explosión de Rodalquilar es más reciente y trajo consigo una pequeña fiebre constructora que desbordó los límites del pueblo a base de segundas residencias y casas de alquiler vacacional. Aún así sigue siendo un pueblo bonito y un contrapunto agrícola a los paisajes austeros del parque (otro pueblo similar aunque más modesto es Roque Pérez).

Fotos bajo Licencia CC: Fran Villena; Gabriel Villena Fernández; Gutifoll

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