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Candela Antón, divulgadora científica: “El trabajo tiene cada vez menos sentido”

Candela Antón (Barcelona, 1994) se anuncia en las redes sociales -donde suma un millón de seguidores- como divulgadora de antropología y evolución humana. “Soy una antropóloga en proyecto”, bromea en el aula de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo donde ha hablado en un seminario sobre el concepto de la mentira. Directora y presentadora del videopódcast 'Desenterrando el Pasado' para National Geographic y Fundación Palarq es además autora del libro '¿Y ahora qué?' considera que se debe tejer un nuevo contrato social, se cuestiona la utilidad de un trabajo que solo alcanza a procurar la superviviencia y advierte del peligro de las redes sociales que aislan y no construyen relaciones.

¿Los nuevos predicadores habitan en las redes sociales? ¿Es la única manera que tiene la ciencia de hacerse oir en medio de ese gran ruido público?

No se si es el único, no lo considero. Cuando hablo de divulgación científica me gusta más pensar en ecosistemas que en formas unidireccionales o específicas, carreteras de un solo sentido y una sola dirección porque todo vale, todo cuenta. La idea es aprovechar cualquier medio en el que se pueda comunicar para hacerlo. No creo que solo comuniquemos datos, resultados, aquella producción científica ya cerrada, sino que lo que estamos haciendo es comunicar el pensamiento científico que sería lo ideal. La sensación de que podemos pensar de forma compleja, que podemos tolerar la incertidumbre. Todas estas cosas se pueden educar.

En alguna ocasión has dicho que nuestras interacciones a través de las redes sociales no crean, irónicamente redes sociales. ¿Creemos que nos estamos relacionando y se produce el efecto contrario?

No se si completamente contrario pero, para empezar, no generan tejido. Están descontextualizadas. En las redes sociales tienes más en común con alguien que piensa como tú, a quien el algoritmo ha llevado a los mismos lares que a ti, que con alguien que está geográficamente en el mismo espacio que tú, por ejemplo. Las redes sociales -entendidas no como tecnología, sino como tejido social- se pueden crear in situ porque podemos generar ese algoritmo recíproco: yo te ayudo hoy y tu mañana y vamos generando ese tejido de confianza y que si hay disidencias se pueden hablar, considerar. El problema de las redes sociales es la virtualidad del contacto sin los beneficios de ese contacto, en el sentido de que también cuando nos comunicamos estamos haciendo predicciones inmediatas en directo, aprendiendo a ver los límites de la otra persona, a entender qué podemos decir, cómo ha afectado aquello que hemos dicho, cómo se está sintiendo, qué está pensando la otra persona. Todo este despliegue de medios cognitivos está sucediendo aquí y ahora mientras hablamos. Si dejamos de tener todo este abanico nuestra interación se vuelve mucho más lineal y en general suele ser mucho más basada en estoy de acuerdo o en desacuerdo, no hay matiz, y además no estamos poniendo a prueba estas habilidades cognitivas sociales, por ende podríamos correr el riesgo de que se atrofiaran. Imagínate la catástrofe. Animales sociales sin capacidades sociales. Sería dramático.

¿Qué efectos está teniendo en la sociedad? ¿se está generando un cultura de aislamiento?

Si, claro. Yo intento huir de cuestiones conspiranóicas de que alguien está diseñando nuestra realidad, pero sí que creo que se están diseñando las contingencias, no la realidad per se porque lo que escapa a nuestra comprensión es incontrolable. Pero si podemos intrumentalizar las cosas que suceden. Por ejemplo, el encierro de la pandemia que fue una situación física de desconexión entre personas ha podido ser promovida específicamente por redes por un algoritmo que aisle burbujas ideológicas muy claras, con el objeto de que estemos solos y por eso seamos más manipulables, de que estemos tristes y a poder ser con miedo. Este cóctel nos hace muy susceptibles a la irrupción de cualquiera que tenga unos intereses muy marcados y quiera generar un extractivismo determinado en ciertos aspectos o en ciertas agendas.

Usted se maneja bien en esa narrativa de las redes sociales, tiene un millón de seguidores, ¿cuál es el secreto para que la gente que se deja seducir por influencers le siga de forma tan numerosa hablando de cosas serias como ciencia?

Yo me posiciono en un lugar de cierta honestidad epistemológica. Yo no soy experta, estoy en proceso. No se si dejaré de estarlo nunca, pero por ahora lo estoy. Muchas veces toco temas en los que no soy experta, por eso referencio todo lo que utilizo. Soy muy susceptible a equivocarme, que me ha pasado algunas veces. He referenciado mal o llego a una conclusión que podría haberse obtenido de otra forma. Quizá el punto es que soy experta pero trato de dar las herramientas para seguir el mismo camino que he seguido yo. Eso no infantiliza a la gente, porque no te digo lo que tienes que pensar, y a la vez alimenta las preguntas que creo que es la forma más honesta de transmitir conocimiento. Intuyo que va un poco por ahí. Tampoco considero que mi éxito tiene que ver con mis acciones o con decisiones que yo haya tomado. Creo que en buena parte soy el síntoma de una causa suyacente: hemos abandonado mucho la parte humana de entender cómo funcionamos, las humanidades, hasta el punto de que estamos en un tiempo de crisis y no tenemos herramientas porque hemos dejado de pensar en lo humano, que es precisamente lo que nos otorga herramientas sociales para abordar el presente. Justamente en este cruce de caminos -en este momento complejo sociocultural, económico, climático, ecológico...- han entrado muy bien ciertas preguntas que yo planteaba y que diera ciertas herramientas para poder abordar las respuestas.

En este nuevo contexto digital ¿se ha roto el contrato social? ¿ya no somos capaces de distinguir lo que es legítimo o ilegítimo, lo que es moralmente aceptable de lo que no?

Es una grandiosa pregunta para la que tengo una respuesta en teselas. Por un lado, creo que nuestra realidad está dejando de ser tan unificada como creemos que han sido otras realidades, cosa que yo también pondría en duda porque tendemos a pensar en el pasado como una cosa unitaria e inmutable y, en general, cualquier investigación arqueológica, antropológica o historiográfica nos problematiza todo esto. En la Edad Media existían evidencias que ponían en duda ese feudalismo único. Iría con cuidado a la hora de decir: ahora se ha roto algo que ha estado vivo siempre. Lo que sí que considero es que un relato comprado históricamente mucho en occidente y que llevamos manteniendo vivo al menos desde la Ilustración está empezando a resquebrajarse. Nos estamos atomizando y está empezando a haber respuestas muy variadas a los mismos problemas. Lo cual no implica que antes no hubiera disenso y viviéramos en un consenso feliz y maravilloso, implica que había ciertos pilares que no se ponían en duda. Ahora hay muchas cosas que se ponen en duda, para bien y para mal. De todas formas, a nivel moral ya no tenemos una única línea. ¿Qué significa bien y mal? ¿quién decidía las categorías de bien y mal? ¿Dios? ¿una persona específica? ¿de dónde emana la moralidad? Es una gran pregunta a la que el primatólogo Frans de Vaal tiene una respuesta evolutiva, que incluso nuestros primos primates tienen llegar a ser una protomoral, una suerte de concepción de que esto está desbalanceado y no es justo. Una protojusticia, y por ende, se mueven en base a unos parámetros. Si que parece haber algunas cuestiones que trasculturalmente es consistente entre culturas sobre el bien y el mal.

La pregunta es cómo podemos renegociar formas de organizarnos socialmente. No tengo respuestas pero desde luego en una sociedad polarizada va a ser difícil

Curiosamente, no matarás no es una de ellas, porque todas las culturas tienen excepciones para cuando se puede matar, pero sí que hay una suerte de respeto hacia los mayores, de respeto hacia la autoridad sea como sea su orden. Me parece interesante que tratemos de entender qué partes de nuestra moral son construidas y tienen sentido en nuestro contexto histórico no naturalmente, y que otras podemos renegociar. Yo abogaría por entrar otra vez en el contrato social. Pero, ¿quién ha negociado ese contrato? porque los contratos sociales se negocian a varias partes y este yo personalmente si he vivido en algún momento sujeta a él no lo he negociado igual que no he negociado las leyes del país en el que vivo ni muchas otras cosas. No todas, pero algunas, con ciertas presiones sí. La pregunta relevante para mí es cómo podemos renegociar formas de organizarnos socialmente, maneras de vivir. No tengo respuestas pero desde luego en una sociedad polarizada va a ser difícil.

Precisamente en esa polarización a la que alude se está imponiendo la equidistancia. ¿Se puede estar a favor o en contra de un genocidio, se puede estar a favor o en contra del racismo cuándo antes parecían ser categorías de algo inmoral?

Es una pregunta compleja para la que tengo dos respuestas distintas, una como persona que se dedica a investigar en antropología y luego la de Candela Antón persona política que habita el mundo en el que vive. Voy a dar las dos, equidistantemente. Por una parte, dudo de que realmente en algún momento haya sido de otra manera. ¿Es viable ser racista abiertamente? ¿cuándo no lo ha sido? abiertamente no solo era viable, sino que era deseable, era lo normal. Que hayamos tenido la ilusión durante un breve periodo de tiempo de que todo había cambiado no implica que las cosas hubieran cambiado porque los problemas no se terminan cuando uno dice se acabó. Se terminan cuando uno los resuelve y los aborda y creo que hemos tendido más a la censura de la respuesta racista que a la comprensión y solución del problema. Quiero decir que hablamos de derechos humanos pero hemos hecho lo que nos ha dado la santísima gana en África, por ejemplo, o en Oriente próximo. Nuestra hipocresía me parece francamente notable y hablar de la superioridad de la razón en la ilustración, de ese momento en que el ser humano gana su libertad, su individualidad.. quizá ese concepto de individualidad hasta cierto punto lo robamos, ni siquiera eso nos hemos inventado. Nos hemos dado una historia sobre nosotros mismos muy gozosa que nos tenía contentos y ahora está empezando a resquebrajarse. También caímos en el error de que no hablar de algo implicaba resolverlo, que la prohibición de que se pudiera decir algo implicaba solución y eso no es verdad, como estamos viendo ahora. ¿Ha vuelto a ser normal ser racista? Es que nunca dejó de ser normal solo que algunos decidimos vivir en una realidad intersubjetiva basada en nuestras ideas de pensar que el resto también pensaba como nosotros, porque debía pensar como nosotros, porque no podía decir otra cosa. Eso es peliagudo. Al final creo que he unificado mis dos puntos de vista.

La pregunta no es si te parece bien trabajar o no trabajar, la pregunta es por qué no quieres ser esclavo

A la nueva generación de jóvenes, desde ciertas plataformas, se le acusa de no querer trabajar, de que tienen muchas bajas laborales, ¿tiene algún sentido? ¿estamos ante una nueva forma de relacionarnos con el trabajo?

Hay un cambio generacional, seguro. Yo creo que todo responde al contexto. Si trabajar es beneficioso en sí mismo como acción moral en el mundo los evangelistas lo han construido a propósito. Esta filosofía de que el trabajo dignifica. Hay todo un constructo religioso, teológico, filosófico alrededor del concepto de trabajo, en mi opinión para instrumentalizarlo. Si es o no moralmente bueno, quizá no es el tema. Que generacionalmente estamos en un contexto distinto seguro. Mis padres trabajaban mucho más que yo pero sus sueldos eran ocho veces más que los míos, además se podían permitir una casa, un coche y una vida, cosa que la mayoría de los milenials no se van a poder permitir en la vida. La pregunta no es si te parece bien trabajar o no trabajar, la pregunta es por qué no quieres ser esclavo. Si yo estoy trabajando para sobrevivir, no para vivir, entonces ¿qué sentido tiene trabajar? La pregunta es ¿para qué trabajamos? porque si trabajamos para levantar algo conjuntamente cuéntame diez horas al día si hace falta, si trabajamos para algo que no sabemos ni qué es, para estar alejados del fruto de nuestros trabajos, para no ver a nuestras familias. Paremos todos y pensemos. Tanto los que no que no quieren trabajar tanto como los que dicen es que sois unos vagos y no trabajáis. Negociémos. ¿A qué os referéis cuándo decis “esos vagos”? porque hay generaciones que se han deslomado y ahora estos vagos no quieren hacer el huevo. ¿Por qué y para qué quieres tú que trabaje si te estoy diciendo que no me da para lo mínimo y no tiene ningún sentido para mi. Estamos siempre echando la culpa al otro pensando que nosotros lo hemos hecho muy bien. El trabajo tiene cada vez menos sentido ¿para qué estamos produciendo más y más? si trabajamos por querer que haya más producción ¿por qué si se ha demostrado que las reducciones de jornada generan los mismos beneficios y la misma productividad no lo hacemos? porque necesitamos controlar el cuerpo social, que es lo que evangelismo entendió muy bien. Controlar el cuerpo social es tenerlo ocho horas alienado en un sitio.