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Carne

Vivimos rodeados de carne. En un sentido material y en un sentido simbólico. Carne física y carne simbólica. Carne por todos lados. Nuestra sociedad todavía sigue prisionera del ansia de proteína y grasa, cueste lo que cueste, y también hambrienta de carne simbólica. En lo primero no somos diferentes de aquellos sapiens primigenios que recorrían los territorios formando bandas o se asentaban inaugurando las primeras aldeas. En el ámbito de los simbólico tampoco hay nada nuevo. Asentarse supuso producir, producir supuso convertir en carne a los demás. Y en el campo de lo simbólico no parece haber veganos ni dietas que valgan hoy en día. El trabajador de una moderna empresa tecnológica no se diferencia en nada de un protocampesino sumerio. Se ganará el pan con el sudor en el teclado.

La revolución agrícola hizo posible nuestras ciudades, el comercio y la sobreexplotación del planeta. Pero la expectativa de obtener alimentos suficientes fue una de tantas promesas incumplidas, a lo que estamos tan acostumbrados en la actualidad. Fue una promesa imposible de mantener. Si la aldea permitía obtener más alimentos, estos se evaporaban con el aumento exponencial de bocas que alimentar, a lo que había que sumar la aparición de nuevos actores: el rey, el sacerdote, el prestamista..., todos los cuales arañaban carne del plato, si no se la llevaban toda. De ese modo se pasó de buscar comida unas pocas horas al día a pasarse todo el día con el espinazo doblado y llegar a la noche todavía con hambre. Y en esas estamos. Pero en el camino se perdió algo esencial. Se perdió la posible dignidad.

Los primeros asentamientos humanos y la conversión del resto de las especies en carne no solo fueron el inicio de la esclavitud laboral, sino la conversión del propio ser humano en carne laboral, en carne política, en carne ideológica, en carne religiosa, en carne sexual. El hombre como enorme pedazo de carne despersonalizada había perdido la libertad adánica de ir y volver sin preocuparse en exceso por el futuro y él mismo se redujo a la condición de un objeto con el que traficar. El ser humano se metió él solito en la jaula. No fue por comerse una manzana por lo que el Paraíso devino en Infierno, fue la codicia y la crueldad.

Primero fueron los animales y el paisaje. Extinguida la megafauna y reducidas a la mínima expresión las demás especies salvajes surgió el animal doméstico, que traducido significa el animal reducido a la condición de producto. La mayor desgracia que le puede ocurrir a un ser vivo. Con un animal se puede hacer cualquier cosa, y a nadie parece importar el sufrimiento de los miles de millones de seres de otras especies que han tenido que pasar por nuestras manos. Lo tenemos tan interiorizado que ni nos damos cuenta. Dense una  vuelta por una industria avícola mecanizada y descubrirán lo que hacemos con los seres vivos.

Pero también con nuestra propia especie, y en especial con la mujer, la cual tiene el dudoso honor de poder ser carne elevada al cubo: carne sexual y reproductora, carne laboral y carne social. Aquí no hay arrianismo que valga, sino que impera una unidad trina e indisoluble. Es un dogma introducido en el ADN. 

De la parte sexual, huelgan palabras. Baste decir que todas las religiones que en el mundo han sido dedican gran parte de sus debates teológicos y su tiempo mundano al coño. Cada vez que sale un obispo por televisión, tarde o temprano sale a relucir la vulva de las españolas. Serían de una genitalidad pasmosa e hilarante si no tuvieran cogidos con mano de hierro el sistema educativo, los medios de comunicación y el control ideológico y social de millones de conciudadanos. El coñocimiento como doctrina y la represión del coño como instrumento político-religioso de primer orden desde que se derritieron los glaciares. 

De la parte laboral, puedo contar cómo conocí a un ejecutivo de una gran empresa de que utilizaba la palabra carne de continuo. Por supuesto, en privado. Por supuesto, poco representativo. Pero era de esos especímenes que cuando hablaban con una mujer no le quitaban ojo a sus glándulas mamarias. Y le encantaba la carne laboral, se le notaba. De hecho vivía obsesionado con la carne. El era uno de esos líderes de empresa que pagan los errores con el despido y lo anuncian con un 'Échalo: es solo carne' que le hacía a uno preguntarse de qué vetusto arcón fue desempolvado algún día ese macho alfa y qué trastorno de la infancia produjo tan egregio monstruo. 

El electorado también es carne. Deberían incluir los mítines en las programaciones teatrales de una ciudad y cobrar entrada (con el IVA al 21%, por supuesto). Todo en un mitin, absolutamente todo, es mentira. Y allá va la tropa, agitando la banderita y feliz. Promesas que no se tiene intención de cumplir, análisis de la realidad delirantes, grandes frases que son como la piel de un tambor que restalla con un sonido a hueco. Para el político, el elector es carne y además carne descerebrada. Deseo con todo mi corazón que los fans de un líder o lideresa disfruten de su cercanía un par de días para que descubran en su propia carne qué piensa realmente de él.

En los manuales del FBI, las técnicas para tratar con un psicópata se reducen a una: hay que devolver la personalidad a la víctima. Si el psicópata es incapaz de empatía alguna y cosifica al prójimo, es devolviendo al pedazo de carne en que convierte a su víctima el nombre y sus rasgos identitarios. Di tu nombre, di de quién eres hijo y dónde vives, di a qué te dedicas y cuáles son tus anhelos, no dejes de repetirlo... Solo así, la víctima tiene una oportunidad.

Y reclamar la identidad, y decirlo, y exigirlo debería también estar incluido en nuestros manuales de instrucción para la vida cotidiana. Rechazar ser carne y exigir ser considerados individuos debe ser la prioridad en todos los ámbitos en donde campa la psicopatología social: en las relaciones personales, en la relación con la naturaleza, en el mundo laboral, en la política. Nuestros líderes son extraordinariamente sensibles al estado de opinión del ciudadano. Cada vez más. Esta es una característica de nuestra sociedad abierta y es un arma importante. Si el ciudadano no se mueve, si se limita a ser carne, no pasará nada. Pero si se mueve, no tendrán más remedio que asumirlo y actuar en consecuencia. 

De eso se trata, de reclamar, de moverse, no solo por ser bueno para la salud, sino como ejercicio de supervivencia. No lo digo yo; lo dice el FBI.

Vivimos rodeados de carne. En un sentido material y en un sentido simbólico. Carne física y carne simbólica. Carne por todos lados. Nuestra sociedad todavía sigue prisionera del ansia de proteína y grasa, cueste lo que cueste, y también hambrienta de carne simbólica. En lo primero no somos diferentes de aquellos sapiens primigenios que recorrían los territorios formando bandas o se asentaban inaugurando las primeras aldeas. En el ámbito de los simbólico tampoco hay nada nuevo. Asentarse supuso producir, producir supuso convertir en carne a los demás. Y en el campo de lo simbólico no parece haber veganos ni dietas que valgan hoy en día. El trabajador de una moderna empresa tecnológica no se diferencia en nada de un protocampesino sumerio. Se ganará el pan con el sudor en el teclado.

La revolución agrícola hizo posible nuestras ciudades, el comercio y la sobreexplotación del planeta. Pero la expectativa de obtener alimentos suficientes fue una de tantas promesas incumplidas, a lo que estamos tan acostumbrados en la actualidad. Fue una promesa imposible de mantener. Si la aldea permitía obtener más alimentos, estos se evaporaban con el aumento exponencial de bocas que alimentar, a lo que había que sumar la aparición de nuevos actores: el rey, el sacerdote, el prestamista..., todos los cuales arañaban carne del plato, si no se la llevaban toda. De ese modo se pasó de buscar comida unas pocas horas al día a pasarse todo el día con el espinazo doblado y llegar a la noche todavía con hambre. Y en esas estamos. Pero en el camino se perdió algo esencial. Se perdió la posible dignidad.