REPORTAJE
Loli y Ana, víctimas del Patronato de Protección a la Mujer franquista: “Nos salvó el apoyo entre nosotras, el concepto de sororidad ya existía”
Mientras España celebraba al ritmo de 'Naranjito' el Mundial de Fútbol en junio de 1982, el primer gran evento de la vuelta a la democracia, Loli Benito (Torrelavega, 1966) daba a luz a su primera hija en Peñagrande (Madrid), uno de los centros de internamiento más oscuros del Patronato de Protección a la Mujer. La obscena institución creada en 1941 para “reconducir la moral” de mujeres consideradas lejos del camino marcado por la dictadura franquista —y presidida por la esposa de Franco, Carmen Polo— sobrevivió nada más y nada menos que una década a la muerte del dictador, hasta el año 1985.
El Patronato, por el que se dice que pasaron más de 40.000 niñas y mujeres —aunque la destrucción de documentación impide determinar la cifra exacta—, tuvo alrededor de 800 centros repartidos por todo el país, gracias a la colaboración de órdenes religiosas como Las Adoratrices, Las Trinitarias, El Buen Pastor, Las Oblatas o la orden secular de Las Cruzadas Evangélicas —gestoras de Peñagrande—, entre otras. La doctora en Historia Contemporánea Carmen Guillén (Mazarrón, 1988) desglosa en la primera tesis doctoral centrada en el Patronato, y recientemente convertida en el libro Redimir y Adoctrinar. El Patronato de Protección a la Mujer (1941-1985), su compleja estructura.
La cántabra Loli Benito reconstruye su historia con elDiario.es y explica que llegó a Peñagrande con solo 13 años, embarazada como consecuencia de los abusos continuados que sufría por parte de su padre, que fue quien la entregó al Tribunal Tutelar de Menores de Cantabria para que se hicieran cargo de ella. Fue su propio progenitor, tras la muerte de su madre por enfermedad, quien volvió a abusar de ella en 1983, durante una visita en la que le permitieron llevarse a la niña fuera del centro unos días. “Jueves, viernes, sábado santo y domingo de Pascua, me acuerdo perfectamente… Me llevó a un hostal, me violó otra vez y me volví a quedar embarazada”, detalla.
Loli Benito llegó a Peñagrande con solo 13 años, embarazada como consecuencia de los abusos continuados que sufría por parte de su padre, que fue quien la entregó al Tribunal Tutelar de Menores de Cantabria para que se hicieran cargo de ella
No fue hasta el año 1984, cuando durante el primer mandato del Gobierno socialista de Felipe González comenzaron a cerrar los centros dependientes del Patronato y a aconsejar a las internas que regresasen a sus lugares de origen. Loli fue trasladada a Santander. “Yo les expliqué que no tenía familia a la que recurrir, pero no me creyeron. Me trajo una trabajadora social en su coche, con mis dos niños”.
Ya en Cantabria, recuerda cómo fue en la Diputación donde le advirtieron: “Tienes dos opciones, te vas tú sola y dejas a los niños o te vas con los niños a la calle”. Porque, según le contaron entonces, “no había ningún centro o albergue donde pudiera estar una mamá con dos niños”. Loli lamenta que con el tiempo supo que eso no era verdad, que en 1985 sí existían recursos de acogida en la región para casos como el suyo.
“Yo no tenía apoyos, no tenía visitas, no tenía nadie… Entonces era muy fácil quitarme a los niños, nadie se iba a quejar”, lamenta. “Me dijeron que me tomara un mes para pensármelo. Pero después me he dado cuenta de que lo que pasaba era que me faltaba un mes para cumplir los 18 años y, claro, yo no podía firmar. En aquel momento, porque yo aún estaba tutelada por el Patronato, era menor de edad. Es decir, que el objetivo era quedarse con los niños. Siempre lo fue”, asegura. Así, en agosto de ese año, una vez cumplida la mayoría de edad, firmó los papeles de entrega en adopción de su hija de tres años y su hijo menor, de apenas uno. “Ya no volví a verlos”, añade.
Yo no tenía apoyos, no tenía visitas, no tenía nadie… Entonces era muy fácil quitarme a los niños, nadie se iba a quejar
Ese periodo en Peñagrande, de 1980 a 1985, marcó para siempre su vida. La rutina de ella y del resto de mujeres con las que convivía consistía en compatibilizar largas jornadas de trabajo en los distintos talleres —confección de sábanas de quirófano para hospitales, edredones y otros productos para El Corte Inglés, Galerías Preciados, Iberia, hoteles o la marca Puma— con la crianza de sus hijos. “Me llegaron a entregar un resguardo del título de Graduado Escolar, pero yo no recibí educación, jamás asistí a ninguna clase”, explica. “Lo hacían simplemente para poder justificar que allí se nos formaba cuando, en realidad, se nos explotaba laboralmente siendo incluso menores”.
Trato diferenciado por clases sociales
Ana Rubio, en cambio, aunque también trabajó duramente en talleres, sí que pudo estudiar auxiliar de enfermería estando en el Patronato. Pertenecía a otra clase social y eso en Peñagrande lo tenían en cuenta. Incluso les separaban por módulos en función de su estatus, o de si eran tuteladas o no. “Depende de dónde vinieras, si tenías dinero o no, te colocaban en un sitio o en otro. Y claro, el trato era diferente”, sostiene. Para la mayoría de niñas recluidas allí, Peñagrande era inmenso, “como el castillo de Drácula”, describe en conversación con este periódico.
Depende de dónde vinieras, si tenías dinero o no, te colocaban en un sitio o en otro. Y claro, el trato era diferente
“Yo venía de una familia muy religiosa y de clase media”, cuenta Ana, a quien sus padres dejaron en Peñagrande con 17 años para “esconder” su embarazo por “la vergüenza y el miedo al qué dirán” de la época. A diferencia de Loli, ella sí pudo regresar a la casa familiar con su hija en brazos, pero con el condicionante de que, de puertas para afuera, sería su hermana. Sus padres se habían mudado de casa, a una zona alejada de su entorno anterior, para evitar coincidir con personas conocidas. “Lo peor que llevaba era lo de tener que esconderme”, reconoce, “lo de sentirte menos que los demás”. “Pero supongo que no lo hicieron con mala intención, creían que era lo mejor para mí, por eso creo que lo he perdonado”, reflexiona.
Ana cuenta que, junto a la fuerte depresión post parto que sufrió, “porque era una niña”, otros de los episodios más duros que vivió en Peñagrande fueron los incendios. Uno de ellos comenzó en uno de los talleres de costura en el que se confeccionaban edredones porque alguien tiró una colilla. “No podíamos salir y cuando los bomberos llegaron tampoco nos pudieron sacar por la ventana porque había barrotes, tuvieron que esperar a que se apagara un poco el fuego para sacarnos por las escaleras. Imagínate yo con la barriga, que no me veía los pies…”, cuenta aún con gesto compungido.
Aunque Loli y Ana coincidieron en el tiempo en la maternidad de Peñagrande, no se reencontraron en Torrelavega hasta hace apenas un año. Lo hicieron gracias a la organización ‘Desterradas hijas de Eva’ fundada por Consuelo García del Cid, otra superviviente del Patronato volcada hasta hoy en la investigación y búsqueda de justicia y reparación. Loli llevaba tiempo vinculada a ese grupo de mujeres supervivientes, pero en cambio Ana indagó en redes sociales a raíz del acto de perdón organizado por la Conferencia Española de Religiosos (Confer) en junio de 2025 en Madrid.
Este evento público en el que participaron algunas de las órdenes religiosas cómplices del Patronato franquista no fue considerado suficiente para las víctimas, que mostraron su disconformidad en el propio acto, exigiendo “verdad, justicia y reparación” reales. Para Loli, “no sirvió para nada”. Y es que una de las condiciones impuestas por la organización fue que no se hablase de niños robados.
Amistad, sororidad y… violencia machista
Las dos supervivientes dicen que la mejor lección de vida de Peñagrande fue el compañerismo que sintieron nada más llegar allí. Insisten en que el apoyo entre internas fue quizás lo que les salvó y que el concepto de sororidad es reciente, pero “allí ya existía”, aseguran. “Nos ayudaban en todo, en todo, sin conocernos”.
A dos voces describen con complicidad cómo acudían a darse apoyo en los partos. “Nosotras mismas cogíamos las placentas, las pesábamos, poníamos el peso y las metíamos en el congelador, porque servían para cosméticos, ahí se vendía todo”, explica Loli. “Sí, entonces había una crema muy famosa de placenta, creo recordar que era de ISDIN”, apostilla Ana, al tiempo que recuerda que una compañera canaria siempre le agradece que diera de mamar a su hijo “porque a ella no le subía la leche”.
Asumes el maltrato como una forma de vida, por lo que has vivido primero
Pero el pasado común de Loli y Ana no se limita a su traumática estancia en Peñagrande. Años después, ambas sufrieron violencia machista en sus primeras relaciones sentimentales. Se miran, sonríen con la resignación de quien ha sobrevivido a demasiadas adversidades y coinciden en señalar que “sin quererlo asumes el maltrato como una forma de vida, por lo que has vivido primero”.
Aseguran que ese destino es compartido por muchas de ellas. “Me casé con un maltratador”, sentencia Ana. “Por eso yo tengo un poco olvidado el tema de Peñagrande, porque lo de después para mí fue incluso peor. Es un proceso muy largo en el que cuando llega la primera bofetada, tú ya estás destrozada”.
40 años sin asistencia psicológica
Y es que para las dos, el daño psicológico y emocional después de su paso por el Patronato es una realidad que pasa factura. Loli detalla cómo en Peñagrande conoció a una chica que se suicidó. “Los padres la llevaron con la intención de que dejara al niño allí y se volviera al pueblo. Pero ella no quería. Y entonces, cuando dio a luz, le quitaron al niño y el mismo día que venían los padres para llevársela al pueblo, ella se tiró por el hueco de la escalera de maternidad”.
Si bien después de 27 años de sufrir en silencio, Loli tuvo la “inmensa suerte y casualidad” de ser contactada por Nerea, su hija mayor, a través de redes sociales. “Hay muchas madres que siguen buscando a sus hijos. Nunca hemos tenido apoyo psicológico. Bueno, cada una el que se ha buscado. Yo tengo mi psiquiatra y mi psicólogo en la Seguridad Social y es lo que he tenido”.
Ambas coinciden en que la angustia que genera el no poder contarlo es lo peor. “Cuando ahora participo en alguna charla”, relata Loli, “y me dicen: 'ay, gracias por contarlo', yo digo que 'no, gracias a vosotras, porque para mí contarlo es terapéutico'. ¿Tú sabes lo que es esconder dos hijos durante 27 años?”, subraya.
En cambio, “las órdenes religiosas se han reconvertido en oenegés. Las Cruzadas Evangélicas siguen a cargo de centros de menores y centros para mujeres maltratadas con grandes subvenciones”, denuncian. Otras de esas congregaciones religiosas que actualmente recibe cuantiosas ayudas públicas son Las Adoratrices.
Ley de Memoria Democrática
Después de lo vivido, Loli y Ana comparten con elDiario.es que, “por fin”, el 20 de marzo hay previsto un acto institucional en el que el Gobierno de España, a través de los ministerios de Memoria Democrática, Justicia e Igualdad, les va a entregar un reconocimiento como víctimas del franquismo. Se trata de una de las principales peticiones que mujeres como ellas, supervivientes del Patronato, vienen solicitando con insistencia, en el marco de la Ley de Memoria Democrática, y que ha tardado más de 40 años en ser atendida.
Para Consuelo García del Cid, “es algo necesario, y un paso más para continuar luchando”, ya que todavía hay otras reclamaciones sobre la mesa. “Pedimos una comisión de la verdad, que investiguen y soliciten los libros de contabilidad de las congregaciones religiosas, no nos están entregando la documentación solicitada pese al compromiso público establecido el pasado 9 de junio, dicen que no tienen nada o entregan fechas de entrada y salida, nada más”, reclama.
Esta mujer, que ha logrado reunir a más de 100 supervivientes del Patronato, aunque solo unas 30 dispuestas a hablar ya que “el estigma de vergüenza quedó enquistado y, en la mayoría de los casos, ni maridos ni hijos saben de su paso por esos lugares”, advierte: “Somos todas muy mayores y no tenemos tiempo material de espera, no puede prologarse durante años. Llevo 15 años luchando y en ese tiempo hemos perdido a tres compañeras ya fallecidas y serán sus hijos quienes recogerán el certificado de victima del franquismo”.
Entre tanto, Loli Benito aboga por seguir acudiendo allá dónde le llamen para explicar en primera persona su sobrecogedora experiencia en el Patronato de Protección a la Mujer, durante tantas décadas silenciado. Así, el próximo 29 de abril estará en Santander junto a la investigadora Pilar Iglesias, para intervenir en el ciclo sobre ‘Guerra y dominación, heridas y reparación’ organizado por la Universidad de Cantabria.