¿Mea Pedro Sánchez en la ducha?
En mi época de estudiante en las copisterías solía haber un tablón de anuncios donde academias, tiendas, cuidadores de niños, y propietarios de pisos en B, peleaban por unos centímetros de visibilidad que duraban horas. Dependía de la bondad del tipo de las fotocopias y la feroz competencia alrededor.
Un truco habitual era el conocido 'Sexo Gratis'. Luego, en letra más pequeña, explicaban: “Ahora que he llamado tu atención, ofrezco clases particulares de dibujo técnico, química, alquilo piso solo a chicas”.
En una época lejana los preocupados progenitores alertaban a gritos de la maldad y diabólica influencia del rock and roll; luego la televisión fue la perdición de niños y adolescentes. Ahora no preocupa, ni después de haber reducido a mínimos su nivel sociocultural tras el apagón digital, y la venta de licencias de manera aleatoria y grisácea.
Llevo tres párrafos y no he respondido a la pregunta que te interesa y por la que has pinchado este enlace: sí, el presidente del Gobierno micciona mientras se ducha.
¿Cómo lo sé? No lo sé; pero, como en otras épocas, ahora las invenciones y mentiras no están sancionadas, salvo que estés en el lado equivocado de la balanza, donde incluso con las verdades y los hechos más tozudos podrían incriminarte y sancionarte. ¿Cuál es ese lado de la balanza? Lo deciden los actos de cada uno. (No es ironía).
Incluir en un titular el nombre del presidente del Gobierno -el actual- es clickbait (ciberanzuelo) seguro, porque genera odio visceral en un porcentaje tan elevado como carente de imaginación y educación político- democrática. Si es mentira, idiotez o incluso ilegalidad, poco importa. Importa que genere odio, maldad o incluso violencia: viene bien a las redes sociales y a Internet en general. Viene bien a una multitud de personas que, arropadas por la chanza generalizada, disfruta compartiendo comentarios, generalizaciones, falsedades o ilegalidades manifiestas.
Dos anécdotas al azar que llaman más la atención que la teoría, como el sexo gratis: Un conocido mío estuvo en un restaurante donde había un camarero muy salao. A mi conocido se le cayó un tenedor al suelo. Dijo: “Vaya”. El camarero salao, sonriendo y en voz muy alta dijo: “Tranquilo, no es ninguna desgracia. La mayor desgracia de España es el Pedro Sánchez”. Una señora, en medio de una reunión de una asociación de barrio dijo: “Ojalá se muriera Pedro Sánchez”. Son anécdotas ciertas, las has escuchado; es posible que, incluso, las hayas compartido y reído.
¿Sucedía antes que se lanzaba el odio como herramienta, arma o incluso broma camuflada? ¡Claro! Solo hay que echar la vista atrás y analizar discursos de otras épocas, otros grupos políticos. Solo es necesario entender que, tanto en esta como en otras épocas, la psicología nos influye a la hora de simpatizar y empatizar con el conflicto. ¿Has escuchado alguna vez aquello de 'nunca le doy la espalda a una buena discusión'?
Simplificando muchísimo podría decir que insultamos con más facilidad que abrazamos o alabamos. Ni es crítica ni es sociológico, lo sé, pero…
…Pedro Sánchez mea en la ducha, luego coge la alcachofa, apunta en la dirección del desagüe y comprueba cómo el dorado líquido desaparece. Sé que lo hace; como sé que lo hace Feijoo, con gesto casi idéntico. ¿Me lo estoy inventando? A ti te da igual, porque la mayoría de nosotros nos estamos acostumbrando, arropando y regodeando en afirmaciones sin pensar, como si hubiéramos sufrido un apagón digital televisivo y nos hubieran colado canales enteros de teletienda, de estadounidenses barbudos que construyen o derriban casas, venden objetos de segunda mano o arreglan coches para revenderlos.
Que eliminen los programas culturales -como Culturas 2- de la televisión pública es mera anécdota entre estas palabras, como si los canales socioculturales dejaran de importarnos y solo importaran esos que, maquillados de debate, democracia, sociedad y entretenimiento, se dedican a lanzarse gritos desmesurados, generar odio, violencia y falsedades camufladas de certezas.
Caemos en la trampa con la facilidad del 'no tengo tiempo, no ponen otra cosa; todos son lo mismo, así me entretengo un rato' y tantas otras frases hechas. Repetimos argumentos y dejamos nuestra conciencia arroparse y cobijarse en brazos de breves esquemas de fácil digestión; reposando de manera vaga en la creencia de que el 'sexo gratis' no termina de llegar por más que esperemos hasta el final de un cartel en la copistería, un programa de televisión un sábado por la noche, un vídeo corto en tu red social favorita, un artículo en la web del diario elegido para ti por Google.
¿Meas tú o alguien en la ducha?
Sabes de sobra que ese es el menor de tus problemas. Pero, como el buen discutidor que se abalanza sobre su presa, podrías argumentar con pasión fanática hasta desgañitarte.