El pueblo después de agosto
Cuando llegan los días veraniegos, hay muchos urbanitas que son rurales, visten rural, bailan rural y juran que su abuelo fue un buen rural. Bien vale para lo rural, lo que Raimundo Amador cantaba en su 'Gitano de temporá'.
En esos días 'señalaitos', queremos ver lo que “se debe” ver. Pueblos de verdad. Nativos de verdad. Queremos hacer un viaje en el espacio, pero también en el tiempo. Queremos el pueblo puro de la infancia. Las cosas fijas e inmutables de nuestra niñez. Queremos volver a ese pueblo fosilizado e idealizado por el tiempo y por la edad. Queremos burros, queremos boinas y, si es posible, queremos también pantalones de pana negros remendados.
Y da lo mismo que ese sea nuestro pueblo de la infancia que acudamos a él por primera vez, porque ese pueblo es un genérico, un universal. Es ese decorado perfecto con el que, como veraneantes o como turistas, queremos ser recibidos.
Hace unas semanas se celebró el Día del Folklore. Las redes se llenaron también de mensajes contrarios a la folklorización, “una práctica que fija a una cultura en la cajita de lo primigenio, tradicional, pintoresco y sin conflictos, no es preservar una cultura”, rezaba un difundido carrusel del Programa Universitario de Estudios de la Diversidad Cultural y la Interculturalidad de la UNAM.
Las celebraciones “recreacionistas”
La mirada sin fisuras del turista que busca en las celebraciones recreacionistas ese paraíso primigenio. Ese pueblo idealizado que no admita otros conflictos que los de la tragedia griega. En ningún caso que tengan que ver con problemas tan “banales” como la vivienda, el horario de atención médica o la escasez de trabajo cualificado. Eso son cosas de ciudad.
Queremos calles de barro que no manchen los pies y vacas que no huelan. Buscamos ese 'pintoresquismo' del folklore añejo. Y en ese afán de invariabilidad, tan alejado de la flexibilidad de la costumbre real, se apoya la continuidad ficticia del pasado, congelando el presente de las comunidades, bajo la conservación de una supuesta “pureza cultural”, que no deja de ser una mercancía dócil y fácil de consumir. El show paleto debe continuar.
Lo urbano ha vencido y lo rural debe esconder su rostro contemporáneo “en la perpetuación artificial de trajes, costumbres y objetos típicos que los turistas exigen a los vencidos”. Palabra de Galeano. Es entonces cuando los artesanos deben bajar un escalón para mirar desde abajo a los “artistas”. Al artesano se le exige repetición constante y pureza al canon, mientras al artista se le premia si reinterpreta e innova. La tradición no parece pesar sobre todos los hombros por igual. Es una cuestión de quién decide qué es arte y quién reparte los títulos de legitimidad cultural. Pero ese es un mar demasiado profundo para estos párrafos.
La inversión en este tipo de cultura rural para turistas convive con el desmantelamiento de inversiones durante los otros once meses del año
Una conversión de los pueblos en parques temáticos de la cultura rural donde campan reconvertidos los artistas urbanos. La inversión en este tipo de cultura rural para turistas convive con el desmantelamiento de inversiones durante los otros once meses del año dejando atrás no sólo la factura de las fiestas patronales, sino museos desconectados de la realidad de la comunidad o infraestructuras sobredimensionadas.
Es más fácil encontrar alojamiento para tres semanas de agosto que para quedarse a vivir. Contrasta el camión de conciertos que viene hasta la puerta de tu casa para montar la última ocurrencia festivalera con la obligación de desplazarse durante el resto del año al médico o al instituto. Las montañas (y los recursos) parecen venir sólo en agosto.
Esta conversión de medio rural en escenario veraniego requiere ser repensada desde las necesidades reales de sus habitantes, que hace tiempo que dejaron de ser radicalmente diferentes de las urbanas. Hace décadas que dejaron de vivir en los estereotipos que empaquetan “lo rural” en una categoría ajena al mundo contemporáneo.
La cultura es, obviamente, esencial en este proceso, pero probablemente no sea esa cultura que queremos imponer desde lo urbano, exigiendo a la población de estas localidades una implicación y participación mayor que el exiguo porcentaje que lo hace en el medio urbano. Ni todos tontos, ni todos listos. Habrá que esperar otros once meses para ser rural, para vestir rural… para ser un buen rural.