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Los Quintos de San Martín

Yolanda Martínez Urbina

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No sé si el futuro de la España rural se puede resumir en una imagen, pero si tuviera que elegir una para esta semana, me quedaría con la de unos quintos deteniendo coches a la entrada de un pueblo con una hucha en la mano y un patín como único medio de transporte. No hay pancartas, no hay música, no hay grandes recursos. Hay algo más pequeño y, a la vez, más importante: la decisión de organizarse para que su año no pase desapercibido.

En San Martín de Pusa, como en tantos pueblos, la tradición de los quintos ha perdido su vínculo original con el servicio militar, pero conserva intacta su esencia: un grupo de jóvenes que cruza, juntos, una frontera simbólica hacia la vida adulta. Lo hacen sin solemnidad, con nervios y risas, repitiendo un ritual que ya no responde a la mili, sino a otra necesidad: saberse parte de una generación y dejar constancia de ello en la memoria del pueblo. La hucha sustituye al sorteo, el patín sustituye a la charanga, pero el gesto de pedir apoyo sigue siendo el mismo.

Cuando esos chicos se asoman a la ventanilla y explican su proyecto —una fiesta, una comida, unos días de convivencia intensa— están haciendo algo más que buscar financiación: están defendiendo el derecho a celebrar su juventud en un contexto donde casi todo parece empujarles a marcharse. No es casual que se sitúen en la carretera, en el umbral entre el afuera y el adentro. Desde ese límite simbólico recuerdan a quien llega que la vida del pueblo no solo se sostiene con infraestructuras y servicios, sino también con ritos, con historias compartidas, con pequeños momentos de comunidad.

La escena tiene algo de ternura y algo de reivindicación silenciosa. Ternura, porque hay una fragilidad evidente: dependen de “la voluntad” de los demás, de las monedas que caen en la hucha, de la paciencia de los conductores. Reivindicación, porque, sin reclamarlo a gritos, están diciendo: “Aquí seguimos. Somos pocos, pero estamos organizados. Queremos fiesta, sí, pero también queremos futuro”. Y en esa mezcla de fragilidad y resistencia está concentrada buena parte del dilema de la juventud rural.

A menudo hablamos de los jóvenes que se van, pero menos de los que se quedan o de los que todavía se esfuerzan por mantener vivos estos ritos de paso. Los quintos con patín no son una anécdota pintoresca: son la demostración de que, incluso con recursos mínimos, hay voluntad de seguir trenzando lazos entre generaciones. Cada moneda que entra en la hucha es también un voto de confianza: un “creo en vosotros” que compensa, aunque sea por un momento, tantos discursos que dan por perdida la vida en los pueblos.

Quizá por eso, al de tu detenerme, darles visibilidad y seguir mi camino hacia el interior de San Martín de Pusa, tuve la sensación de que no solo estaba contribuyendo a una fiesta. Estaba participando, modestamente, en la continuidad de una tradición que, año tras año, generación tras generación, insiste en recordarnos algo muy simple: mientras haya quintos pidiendo a pie de carretera, la historia del pueblo sigue escribiéndose en el presente.