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Jesús Ordax, trabajar de día y dormir en la calle hasta encontrar techo: “Nadie se imagina acabar así”

Hubo una noche en la que Jesús Ordax, de 69 años, no tenía donde dormir y se subió a un autobús nocturno. Recorrió la línea de principio a fin, varias veces, atravesando el área metropolitana de Barcelona hasta que amaneció. Era mayo de 2026 y le acaban de echar de su casa. 

Jesús, de cuerpo enjuto y pelo cano, residente en L’Hospitalet de Llobregat, todavía no lo sabía entonces, pero esa fue la primera de muchas noches que pasaría a la intemperie. “Acabar así no se lo imagina nadie”, advierte. “Uno piensa siempre que tiene una especie de protección, una burbuja, pero se rompe a la primera de cambio”, reflexiona.

Desde que perdió su casa han transcurrido cuatro meses en los que pasó primero por albergues y pensiones, hasta acabar en la calle. Entre medio, encontró trabajo en un programa de inserción del Ayuntamiento de L’Hospitalet, pero siguió durmiendo al raso. En las pocas habitaciones de alquiler que encontraba, o no le querían, o él no se fiaba. 

No fue hasta esta semana, coincidiendo con el temporal de lluvias en Catalunya, que una conocida le ofreció dormir en su pasillo. Y su suerte dio un vuelco: encontró una habitación por 400 euros al mes. “Con la edad que tengo, como puedes suponer, ¡compartir piso es una experiencia totalmente nueva!”, reconoce Jesús por WhatsApp. 

Días antes, cuando todavía dormía en el parque de Can Batlló, en el barrio de Sants de Barcelona, Jesús decidió relatar su particular odisea habitacional en una charla con elDiario.es. “No es que yo haya tenido mala suerte”, argumentaba. Cuando el número de personas sinhogar no deja de crecer, razonaba, “la mala suerte no existe”. 

Pertenencias en la calle al salir del hospital

Nacido en Vigo, Jesús Ordax llegó a Barcelona a los 30 años, en busca de salidas profesionales y con la fotografía como pasión. “Yo era amante de todos los grandes reporteros”, asegura. Durante años, explica, trabajó de freelance en el sector. Viajó por África y dejó algunas publicaciones, como por ejemplo en la revista Periodistas.

A lo largo de su trayectoria también montó un bar, que reconoce que no le fue bien, y en los últimos años impartió cursos de fotografía en el Centre Cultural Sanfeliu. “Estuve casi cinco años, pero luego llegó el boom de Instagram y cancelaron el programa”, se lamenta. 

Desde entonces, cobraba una pensión no contributiva y vivía de alquiler en una caseta de jardín sin regularizar que le arrendaban en negro. Pagaba 500 euros y apenas llegaba a fin de mes. “Era una habitación grande, con un patio fantástico”, recuerda. 

Pero una enfermedad le obligó a ingresar en el hospital, y un mes y medio después, al volver a su casa, se encontró con todas sus pertenencias en la calle. “Mesas, muebles, documentación, papeles, libros de fotografía… Todo lo que puedes tener en tu casa, pues fuera”, explica. “Entré el shock, no entendía nada”. 

Sin contrato, y habiendo dejado a deber un mes de cuota, explica que su casero lo echó. No tenía adonde ir, así que esa noche fue cuando subió al autobús nocturno. También acudió a la comisaría a denunciarlo, aunque sin éxito. Lo que sí pudo hacer es alquilar un trastero, que todavía le cuesta 70 euros al mes, para guardar sus pertenencias. 

Allí comenzó su periplo por las dependencias de emergencia: le dieron una pensión en Gavà, luego un albergue en L’Hospitalet de Llobregat y también durmió en la calle. En julio, los técnicos municipales le encontraron trabajo como peón en una brigada del Ayuntamiento pensada para personas en riesgo de exclusión social. 

Dormir en el parque y trabajar en la brigada

De julio a septiembre, salvo vacaciones –que durmió, dice, en la playa del Garraf–, Jesús Ordax ha trabajado de día pintando bancos y farolas con sus compañeros de turno. De noche, pernoctaba en el parque.

“Me levanto, me acicalo en la fuente como los gatos, y me voy a trabajar”, describía sobre su rutina. De 8:00 a 14:00 horas. “Al salir, todo el mundo termina, se dice ‘hasta mañana’, y tú te encuentras con la realidad”. 

Su tarde consistía en buscar algún bar donde comer algo caliente, echar la tarde en el parque, quizás ir al cine algún día, y después buscar algún rincón donde dormir. Nunca repetía sitio, ni quería compañía. “No me interesa ir con nadie, porque tiene sus riesgos y te envicias. Y yo no quiero meterme en historias raras ni paranoias”, exponía. 

Con 1.200 euros de salario mínimo que todavía cobra –el contrato es por un año–, ¿por qué tardó tanto tiempo en encontrar techo? En primer lugar, se sentía estafado cuando le pedían avances y fianzas que consideraba abusivas, y además denuncia que se topaba a menudo con infraviviendas controladas por grupos de los que no se fiaba. Otras veces, eran los caseros que no querían a alguien de su edad. 

“Hay habitaciones sin ventanas, subterráneos, sextos pisos sin ascensor, y compañías que no son agradables porque puedes tener problemas”, describía días antes de dar con una. “La ecuación es muy difícil de resolver, tanto a nivel social como humano”, exponía. 

En pleno debate sobre los decretos de vivienda y el caso Maricarmen, Jesús denuncia con su situación que la exclusión social y residencial, tal como han detectado entidades sociales, alcanzó hace tiempo también a una parte de la población asalariada y pensionista.

“El sistema perjudica a la población en general, y hablo de clase media también”, afirmaba. “Un señor y una señora que cobran entre los dos 2.000 euros no tienen para pagar un piso, ni llenar una nevera, y ni me imagino si tienen hijos”.

Tras la entrevista con elDiario.es vinieron los días del temporal de lluvias y después Jesús Ordax encontró finalmente la habitación en la que ahora se ha instalado. Está ilusionado, pero insiste por teléfono en dejar constancia de su odisea, que asegura haber resistido gracias a la “filosofía estoica”.

“Lo más grave de dormir sin techo es que suele derivar en abandono personal, desidia y refugios fáciles como adicciones…”, reflexiona. Jesús de momento lo ha esquivado.