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Una 'nube de fuego' arrasó los cultivos de Neus hace un año en Lleida: ahora lidera a los voluntarios contra los incendios

Maria d'Oultremont

Torrefeta i Florejacs (Lleida) —
1 de julio de 2026 21:54 h

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Hace más de un año, Neus sentía impotencia. Pero el 2 de julio de 2025, esta mujer leridana pasó de la impotencia a la rabia. Ese día, unas 100 hectáreas de campos de cereal de Neus quedaron calcinadas por el incendio de Torrefeta i Florejacs (Lleida), un fuego de sexta generación que creó un pirocúmulo y que, con extrema velocidad, quemó cerca de 6.000 hectáreas en total.

Fue el mayor incendio en Catalunya el verano pasado y dejó dos fallecidos. Con una velocidad punta de 30 km/h, también se convirtió uno de los más rápidos registrados en los últimos años en Europa.

“Yo estaba en Guissona en clases de piscina cuando empecé a recibir mensajes de mi marido que me avisaba de que había un incendio y que iba a ayudar. No pude llegar a hasta pasadas las 22:00 horas. Mi marido me decía: se nos quemará todo”, explica esta mujer de 34 años. “¿Sabes el dolor psicológico que hay aquí dentro? Después del incendio nos fuimos unos días y al volver mi hijo me seguía preguntando: '¿mamá, por qué sigue oliendo a quemado?'”. 

Desde ese momento, Neus decidió pasar a la acción. Actualmente, está tomando el relevo de la presidencia de la Asociación para la Defensa Forestal (ADF) 299, su sección local. “El tema [los incendios] requiere de una buena gestión, porque esto es una rueda: cada vez hay menos gente que vivimos en los pueblos, y sin gente, las tierras serán abandonadas y, si nadie se encarga de ellas, se van a quemar”, relata.

Neus, residente en Vilamajor, y que llegó a temer que el pirocúmulo se llevara por delante su casa y su granja, teme que los incendios vayan cada vez a peor. “Por eso, ahora los jóvenes que quedamos tenemos que apretar. Y es cierto que aquí hay una nueva oleada de jóvenes tirando del carro”, celebra.

Las ADF (Agrupacions de Defensa Forestal) son asociaciones de voluntarios, formadas principalmente por agricultores y ganaderos, que se organizan a nivel municipal o comarcal para la prevención y primera intervención en incendios forestales en Catalunya. La de Torrefeta i Florejacs es la 299 y cuenta con un coche pick up, un camión de agua, dos carros de extinción de incendios y siete cubas de tractor.

Los miembros de las ADF son habitualmente los primeros en llegar al fuego, antes incluso que los bomberos, y los que se quedan después, en el día a día del mantenimiento del paisaje. Su función es trabajar junto con los profesionales de extinción. En Catalunya existen 300 ADF en 675 municipios, con casi un millón de hectáreas cubiertas.

Como Neus, Marc Jou (30 años) es otro de esos jóvenes que hace tiempo que ya está concienciado. “Yo no me quiero ir del pueblo, no me quiero ir ni al del lado, este es mi sitio”, explica. Desde hace tres años ejerce de secretario de la ADF 299. El día del incendio, recuerda, las llamas se quedaron a un kilómetro de su casa: “Yo estaba haciendo la campaña con la máquina del cereal, en el pueblo de Tornabous. Entonces me di cuenta de que por el grupo de WhatsApp que tenemos empezaron a decir que había fuego cerca de casa, así que cogí el coche, enganché el carro de la ADF y me fui hasta allí”, relata.

“La cubeta que arrastraba mi coche tenía unos 600 litros de agua con autobomba. Es cierto que con 600 litros no haces nada si el fuego es grande, pero va muy bien como primera intervención”, explica. En Vilalta no había nadie más. Le acompañaba un bombero sin más equipamiento que el suyo. “El fuego estaba llegando a las casas del pueblo. Cuando llegaron los helicópteros lanzaban agua para evitar que se quemaran las casas, pero en ese momento las llamas ya eran muy intensas y se había girado el aire. Era acojonante”, recuerda.

En el pueblo, la gente estaba confinada en sus hogares y la que podía, salía con cubos de agua. “No se veía nada, todo era humo”, describe Marc.

Hace unos tres o cuatro años, ante el incremento de incendios, los agricultores de la zona crearon un grupo de WhatsApp. “Empezamos siendo tres personas y ahora ya somos 500. En él, lo que pedimos es que cada uno ponga su ubicación para saber dónde están trabajando”, explica Ramon Sala, veterano y presidente de las ADF cuando sucedió el incendio. La sección local de estos voluntarios antincendios cuenta con 38 miembros.

Los pirocúmulos cada vez más presentes

La comarca de la Segarra, como buena parte de la Catalunya interior, se caracteriza por un clima mediterráneo continentalizado: inviernos fríos con nieblas y heladas, veranos calurosos y secos, y precipitaciones escasas concentradas en primavera y otoño. El paisaje está dominado por los cereales de secano —cebada y trigo, principalmente—, un cultivo extensivo que refleja la dificultad del regadío en la zona. 

El cereal “es un combustible ideal para que el incendio se propague rápido”, explica Victor Resco de Dios, catedrático de Ingeniería Forestal de la Universidad de Lleida. “Tiene mucha carga, y en ocasiones, la cantidad de biomasa total sobrepasa las 10 toneladas por hectárea, lo que quiere decir que tiene mucho combustible”, describe. 

“Si hubiera habido mucha madera, tendríamos otro problema, porque las llamas serían muy grandes durante mucho tiempo, lo que genera también incendios fuera de capacidad de extinción”, prosigue Resco de Dios, “pero no porque se propague rápido, sino porque tendría mucha intensidad”.

La particularidad del incendio de Torrefeta i Florejacs fue que las condiciones atmosféricas inestables generaron una nube de 14 kilómetros de altura. Es lo que se conoce como pirocúmulo. “Toda la energía del incendio, esa columna de humo, se encontró con unas condiciones climatológicas que fomentaron su condensación y generaran esas nubes de tormentas”, explica Resco, que defiende que se debe “gestionar el territorio” para reducir las probabilidades de sufrir incendios como así.

Estas gestiones pasan, por ejemplo, por crear territorios de cultivo en mosaico, lo que implica alternar campos de cultivo en parcelas pequeñas y diversificadas, de modo que la vegetación combustible queda fragmentada en lugar de formar masas continuas. “Eso permite reducir la probabilidad de que se creen pirocúmulos porque se reduce la energía que emite el incendio”, argumenta.

“Sabemos cómo tenemos que hacer la prevención, cómo gestionar el combustible, sabemos lo que se debe hacer para reducir el riesgo de los grandes incendios; también sabemos que es rentable, porque cada euro que se utiliza para la prevención son cuatro euros en daños por incendio”, indica el experto. “Lo que pasa es que hay poca valentía política y educación ciudadana para adoptar estas medidas”, zanja. 

Quien puso catalogó el incendio de Torrefeta i Florejacs como fuego de “sexta generación” fue Marc Castellnou, inspector jefe del Grupo de Refuerzo de Actuaciones Forestales (GRAF) de los Bomberos de la Generalitat de Catalunya. En una conversación con elDiario.es, Castellnou asegura que, pese a que haya muchos que lo niegan, estos incendios van a ser la nueva normalidad.

“Incendios como el del año pasado han venido para quedarse y esos pirocúmulos hacen que no sean como los de toda la vida, aunque haya habitantes del territorio que no lo terminan de ver”, explica. 

“La experiencia del año pasado me preocupa. Hace unos días tuvimos uno en Tiana, en la Sierra del Litoral, y evitamos que se formara un pirocúmulo. Pero, por ejemplo, en Tamarite sí se creó”, indica. Según su recuento, en los últimos cinco años se han registrado 38, mientras que en los 20 años anteriores, solamente dos. “El cambio climático ha llegado y eso no va a cambiar. Tenemos que ser conscientes”, concluye.

Un año después, mismas trabas burocráticas

Un año después del incendio de Torrefeta i Florejacs, las heridas del paisaje se han curado más rápido que las que ha dejado en algunos vecinos la burocracia. Tanto Neus como Marc sienten impotencia cada vez que se habla de las medidas de prevención. “Estamos muy cansados porque los agricultores estamos criminalizados. Solo se habla de nosotros cuando hay una tragedia, del resto del tiempo se olvidan”, explica Ramon, presidente hasta que Neus no coja oficialmente el relevo al frente de los ADF. 

Desde el Ayuntamiento de Torrefeta i Florejacs señalan la imposibilidad y frustración de poner en marcha las medidas preventivas que tocan por una cuestión burocrática. “Las reivindicaciones que hacemos desde el mundo de la agricultura, como que nos dejen limpiar márgenes, no se han resuelto”, denuncia Josep Maria Castellà, alcalde de Torrefeta i Florejacs desde hace siete años y campesino desde que tiene uso de razón. 

Este año, la comarca ha vuelto a sufrir incendios, también en Torrefeta, pero todos se han apagado pronto “porque hay un poco más de vigilancia, que es lo que pedimos”, explica Castellà. Lo que reclama no son grandes despliegues, sino inmediatez. El contraste con el año pasado es claro: el fuego de Torrefeta estuvo, según recuerda el alcalde, “una hora y tres cuartos sin ningún medio aéreo. ”Si hubiera habido dos avionetas, el fuego se habría apagado“.

Este año, en los incendios cercanos, los medios han llegado a tiempo, y solo se han quemado entre 40 y 50 hectáreas, puntualiza. 

Treinta años atrás, recuerda, los agricultores hacían los trabajos de mantenimiento sin pedir permiso a nadie. Hoy, si alguien quiere desbrozar un margen o arar el entorno de su parcela, necesita una autorización que rara vez llega a tiempo. “Los forestales nos dicen que lo recomiendan, pero que se pongan de acuerdo Agricultura e Interior, para que a la gente que ara el campo no la penalicen”, reclama.

Castellà denuncia que la Generalitat y las demás administraciones responsables no se entienden entre ellas y asegura que lo único que reciben los agricultores son recomendaciones sin respaldo legal: ninguna garantía de que actuar no les vaya a costar una sanción.

Parte de esa rigidez tiene nombre propio: la Declaración Única de Cultivo (DUC), el trámite anual que vincula cada parcela a un uso concreto y del que depende el cobro de las ayudas de la Política Agrícola Común (PAC). Cualquier cambio sobre el terreno, ya sea limpiar un margen, dejar una franja en barbecho, destinar una parcela a pasto para ganadería extensiva, puede alterar lo declarado y exponer al payés a una inspección o la pérdida de subvención.

Lo que para Castellnou y Resco de Dios debería ser una gestión ágil del paisaje en mosaico choca con una declaración pensada para fijar usos, no para adaptarlos a la velocidad que exige la prevención de incendios.

Esa parálisis administrativa tiene, según los expertos consultados, una explicación que va más allá de la lentitud institucional. “Necesitamos políticos que quieran tomar medidas que en un principio serían impopulares”, sostiene Víctor Resco. “Plantar árboles genera aplausos; explicar que a veces hay que talarlos, hacer ganadería extensiva o quemas prescritas de baja intensidad, no”, señala con contundencia. 

A esa ecuación, Castellnou añade una capa más: la de Bruselas. Romper la homogeneidad del paisaje en mosaicos depende también de convencer a la PAC europea de que el sur de Europa no puede regirse por los mismos criterios agrarios que el norte. “Es un proceso a largo plazo”, admite Castellnou, que recuerda que la tendencia hacia la mecanización y la industrialización agrícola busca extensiones cada vez más grandes y homogéneas, una lógica que con un clima mediterráneo cada vez más extremo se convierte directamente en combustible.