Pere Estupinyà, divulgador científico: “Tenemos que confiar en que vamos a vivir muchos más años y mucho mejor”
La longevidad ha dejado de ser una excepción para convertirse en una expectativa razonable. Vivir más años ya no es una rareza estadística, sino una realidad que obliga a repensar cómo se organiza la vida. Esa es la razón de ser del nuevo libro de Pere Estupinyà, ¿Qué quieres ser de mayor? (Debate), que propone una lectura del envejecimiento que va más allá de la biología y la medicina.
Es una realidad que la esperanza de vida ha crecido. Según datos del Instituto Nacional de Estadística, el año pasado la esperanza de vida al nacer en España superó por primera vez los 84 años (86,53 en mujeres y 81,38 en hombres). La calidad de esos años también se ha incrementado gracias a los avances médicos.
No obstante, esa transformación no siempre se ha acompañado de un cambio equivalente en la forma de pensar nuestro futuro. Seguimos arrastrando inercias culturales que pertenecen a otra época. La jubilación como “cierre” de nuestra vida o la idea de que ya no se puede estudiar una vez que hemos cumplido cierta edad son ideas que ya no encajan con la realidad.
Estupinyà, que se encuentra preparando un nuevo programa que se emitirá en La 2 titulado No me lo puedo creer, propone en su nuevo libro un cambio radical de pensamiento. La cuestión ya no es cuánto vamos a vivir, sino cómo queremos vivir ese tiempo adicional.
El libro combina investigación científica, ejemplos reales y herramientas prácticas con la intención de convertir la madurez en una etapa con margen de decisión, con espacio para el crecimiento y con capacidad de redefinición.
En el libro insiste en que la revolución de la longevidad es más cultural y psicológica que médica. ¿Qué es lo que más nos está costando cambiar en este sentido?
En realidad, lo primero que me viene a la cabeza no es tanto un cambio psicológico como social. En el siglo XX se produjo una revolución médica gracias a los antibióticos, las vacunas y multitud de nuevos tratamientos, que han permitido alargar la vida de forma muy significativa. Hoy ya no es excepcional llegar a la vejez en buenas condiciones. Al contrario, estadísticamente es lo más probable.
Aun así, seguimos instalados en una cierta lógica de incertidumbre: el miedo a que una enfermedad grave o que un accidente inesperado acabe con nosotros. Pero si miras los datos, la mayoría de personas que parten de un buen estado de salud pueden confiar razonablemente en vivir más años y hacerlo bien. El cambio psicológico más grande que tenemos que hacer es este, tenemos que confiar en que vamos a vivir muchos más años y mucho mejor.
Otra cosa distinta es el plano colectivo. Ahí el cambio es más complejo y tiene que ver con decisiones sociales y políticas: el sistema de pensiones, los ajustes económicos necesarios o cómo aprovechar mejor el talento y la experiencia de las personas mayores, son transformaciones más lentas, porque generan resistencias y requieren acuerdos muy amplios.
Introduce el concepto de “edad prospectiva”. ¿En qué consiste?
No es un concepto que haya creado yo, pero se trata de una de las formas de medir la edad. En lugar de mirar los años que tienes, los años que has cumplido, consiste en hacer una estimación de los que todavía tienes por delante.
Es verdad que esto nadie puede saberlo, porque yo mismo puedo salir hoy a la calle y me puede atropellar un coche, pero estadísticamente, en función de tu estado de salud, puedes hacer un cálculo y decir, “Oye, pues yo tal y como estoy, creo que puedo vivir hasta los 94 o hasta los 98 años”.
Tener en cuenta esta edad prospectiva es lo que de alguna forma te pone delante el verdadero cambio cultural que hay que hacer: viviremos mucho más y mejor. Antes cuando alguien cumplía 65 años se jubilaba y quizá le quedaban tres o siete años. Pero ahora quizá le quedan 20 y seguramente más.
En el pasado quizá ya no merecía la pena hacer ciertas cosas: “¿Para qué divorciarme ahora si para lo que queda…”, pero si piensas que te quedan 20 años como mínimo, la cosa cambia. Puedes divorciarte o puedes empezar una carrera universitaria.
El título del libro va por ahí: ¿qué quieres ser de mayor? Además, esa perspectiva no solo afecta a la etapa final de la vida. A la luz de esta nueva longevidad, todas las etapas de la vida se extienden.
Propone separar claramente tercera y cuarta edad. ¿Cómo define cada una de ellas?
Hay una frontera clara entre las dos que es la fragilidad, el momento en el que empiezan a fallar cosas serias a nivel de funcionalidad, tanto cognitiva como física.
La fragilidad a veces es reversible, pero cuando ya no lo es llegamos a la etapa de dependencia. La cuarta edad se define, por tanto, como el momento en el que se pierde la autonomía.
En este libro yo hablo fundamentalmente de la tercera edad, pero es imposible negar que existe una cuarta edad que inevitablemente no es tan buena.
Plantea también diseñar un plan de vida. ¿En qué consistiría?
Esta idea viene del mundo anglosajón, la he visto muchas veces en recomendaciones y en fuentes serias, no de manuales de autoayuda. El concepto se basa en que si vamos a vivir más años y vamos a vivirlos mejor, es bueno planificar no solo esos años extras, sino todo lo que viene antes.
Es decir, yo creo que los que tenemos 40 o 50 años tenemos que empezar a pensar que la vida será más larga y más activa y que podremos afrontar más retos de los que pensábamos. No obstante, para estar bien tenemos que tener en cuenta una serie de pilares fundamentales.
Hay algunos que son muy obvios como mantener una buena salud. Pero luego hay otros que no son tan claros, como por ejemplo la salud financiera. También es importante mantener un ocio y unas relaciones sociales activas, ya que son fundamentales. Finalmente, también tienes que conocerte bien y tener claras tus prioridades.
En el libro explico qué preguntas tienes que hacerte para trazar tu plan, reflexionar hacia dónde quieres ir y cómo quieres estar. En el futuro, además, lo tendrás que ir revisando.
Los que tenemos 40 o 50 años tenemos que empezar a pensar que la vida será más larga y más activa y que podremos afrontar más retos de los que pensábamos.
¿Qué errores ve más a menudo en cómo la gente se prepara para la madurez?
El aspecto financiero es clave, y lo será cada vez más. La mayoría de expertos coincide en que el poder adquisitivo de las pensiones tenderá a bajar y que la jubilación llegará más tarde. Ante eso, cada vez es más importante el ahorro, aunque la reacción lógica es preguntarse: ¿con qué margen real se puede ahorrar hoy en día? Aun así, sigue siendo un punto débil que conviene tener en cuenta.
En paralelo, está la salud mental y el bienestar psicológico. Si miras las estadísticas, la gente cuida más de lo que parece su salud física o la alimentación, pero no tanto su equilibrio emocional. En parte porque es algo muy personal, y también porque acceder a ayuda profesional no siempre es fácil o asequible.
Además, hay un componente cultural importante. En generaciones mayores, sigue existiendo cierto reparo. Yo, por ejemplo, viví dos años en Buenos Aires y allí ir al psicólogo es de lo más habitual. Cuando decía que nunca había ido, la reacción era de sorpresa, como si fuera algo difícil de entender. Y ahí empecé a verlo de otra manera: no se trata solo de “necesitarlo” en un momento crítico, sino de cuidarlo de forma preventiva.
Hablando de longevidad es inevitable hablar también de edadismo. ¿La mayor longevidad va a ayudar a desmontarlo o puede, en realidad, intensificarlo?
En mi opinión, hay tres tipos de edadismo: el institucional, el interpersonal y el autoedadismo, que es el que uno se aplica a sí mismo.
Es verdad que una sociedad más longeva puede generar cierta inquietud entre las generaciones jóvenes, sobre todo por una posible sensación de desequilibrio o injusticia. De ahí pueden surgir tensiones o incluso formas de edadismo. Pero conviene matizar: no es lo mismo debatir si el aumento de población mayor plantea retos que asumir que las personas mayores son menos capaces.
Ese enfoque está cambiando. Cada vez más, las personas mayores demuestran autonomía, actividad y solvencia. La imagen que tenemos de la vejez se está transformando y, probablemente, cuando nosotros lleguemos a esa etapa, no encajaremos en ese modelo condescendiente.
¿Veremos en los próximos años tratamientos que frenen realmente el envejecimiento?
Creo que nuestra generación sí llegará a ver avances importantes. Ya existen terapias en contextos médicos concretos que frenan enfermedades como la diabetes o las enfermedades cardiovasculares.
A medio plazo, es razonable pensar que irán llegando más tratamientos como la reprogramación celular, los cenobíticos, etc. Por ejemplo, se acaba de aprobar un ensayo clínico de reprogramación celular para un tipo de ceguera. Si funciona, servirá sobre todo para validar la seguridad de estas terapias y abrir la puerta a nuevos usos.
En unas décadas, es probable que tratamientos así formen parte del arsenal médico habitual. Pero conviene ajustar expectativas. No serán soluciones milagrosas ni permitirán vivir 140 años con normalidad.
Hay tres tipos de edadismo: el institucional, el interpersonal y el autoedadismo, que es el que uno se aplica a sí mismo.
Después de escribir el libro, ¿qué ha cambiado en su forma de pensar el futuro?
Ha cambiado en multitud de matices. En lo profesional, por ejemplo, soy una persona para la que el trabajo forma parte central de la vida, y mis retos personales también lo son. Al pensar ahora en mi futuro, me doy cuenta de que tengo más tiempo y energía de lo que creía para nuevos libros o proyectos creativos.
Asimismo, ha cambiado la forma en la que miro a los demás. He detectado en mí (e intentado reducir) cierto edadismo inconsciente. También he trabajado más en serio el aspecto financiero. Antes no le había prestado demasiada atención. Incluso me daba cierta pereza. Realmente, escribir o pensar sobre un tema ayuda a la hora de tomar conciencia de cosas que acaban teniendo más impacto de lo que parece.