En los últimos años, y especialmente desde el 2020, la polémica sobre el consumo de pornografía por parte de menores ha ido aumentando en el Estado español. Esto se debe, en parte, al aumento del uso de dispositivos digitales que se dio durante la pandemia del Covid-19, que comportó un aumento en el consumo de materiales pornográficos por parte de toda la población, y en la publicación de informes que alertaban de los primeros consumos en edades tempranas, como el publicado por Save the Children “(Des)información sexual: Pornografía y adolescencia”.
Al mismo tiempo, algunos países como el Reino Unido y Francia empezaron a implementar o discutir legislaciones sobre la verificación de edad para acceder a la pornografía en línea. Por otro lado, la mayor sensibilización ante las violencias sexuales ha hecho que casos recientes de violaciones grupales tuvieran más cobertura mediática. Y esto ha ido acompañado, a veces, de un relato simplista que ha puesto el foco en el consumo de porno en menores.
La transición rápida hacia una sociedad dominada por las tecnologías digitales nos ha cogido desprevenidas en muchos aspectos. Ahora, más de diez años después, se generaliza la preocupación por las consecuencias que esta digitalización tiene, especialmente en niños y adolescentes, y crece la necesidad de reaccionar. A pesar de la importancia de actuar atendiendo esta “nueva” realidad social, que nos plantea un conjunto de retos educativos, es importante hacerlo a partir de análisis pausados y evitar propuestas que partan de la urgencia.
Esto contrasta con el tratamiento que se ha hecho del consumo de pornografía en menores, que se ha abordado a menudo de manera alarmista y simplista. La sexualidad de adolescentes y jóvenes ha quedado impregnada de una visión negativa y centrada exclusivamente en el consumo de pornografía y las violencias. Y la importancia de la educación sexual no ha tenido el protagonismo necesario en las propuestas.
¿Cómo ha cambiado la pornografía?
Antes de la aparición del fenómeno de Internet, la pornografía era muy diferente. Principalmente, consistía en formatos físicos: imágenes o filmaciones que se distribuían en comercios de prensa, sex-shops, videoclubs, cines pornográficos… Acceder a ella era mucho más difícil, implicaba un coste económico y exponerse para conseguirla. Por lo tanto, el impacto que tenía sobre la sexualidad de las personas era mucho más limitado.
A partir del 2008 hay un acceso generalizado a Internet y a dispositivos móviles inteligentes y 4G. El móvil adquiere un papel central para llevar a cabo todo tipo de actividades cotidianas: comunicación, entretenimiento, compras, trabajo, satisfacción de necesidades sexuales y afectivas… y, también ver pornografía. Y este es, precisamente, uno de los elementos clave para comprender como se ha transformado profundamente la vieja industria del sexo, creando un fenómeno totalmente nuevo, que se ha denominado “Nueva Pornografía en línea”.
Las principales características de la NPL son la alta calidad de las imágenes, la gratuidad de la mayoría de contenidos, su distribución masiva, las escasas limitaciones de acceso y la facilidad para esquivarlas. Además de esto, en la NPL se representan todo tipo de prácticas sexuales, temáticas y corporalidades atendiendo los nichos de mercado y su consumo puede derivar en otros usos sexuales de las redes con más interacción e implicación sexual.
¿Cómo funciona la industria?
Actualmente, la mayor parte de la pornografía la encontramos en plataformas de streaming gratuitas, llamadas tubes y que están gestionadas por grandes multinacionales formadas por estructuras empresariales ocultas.
Estos tubes se financian principalmente a través de publicidad, recopilación y venta de datos de los usuarios a terceros, promoción de otras páginas y versiones premium de pago con más servicios y contenidos. No pagan derechos de autor ni licencias y un gran número de videos que aparecen son, o bien pirateados, o bien grabados y colgados sin consentimiento.
El porno que encontramos en estas plataformas refleja un modelo de sexualidad normativo y consolida narrativas claramente machistas, racistas, capacitistas, misóginas y gordófobas. Al mismo tiempo, como fenómeno de alcance global, también es capaz de contribuir a modificar los discursos, las prácticas y las percepciones sobre la sexualidad, siendo uno de los agentes más importantes que actualmente crea realidades, conceptos y tendencias.
Por otro lado, también hay un crecimiento de la creación la pornografía ética y feminista, que dignifica las condiciones laborales del personal y procura que, tanto la producción como la distribución de los contenidos, sean de calidad. Aun así, por ahora, no han conseguido disputar la hegemonía del porno dominante.
El debate educativo: polémica y tensiones en las propuestas
El debate sobre como abordar el porno en la infancia y la adolescencia pone sobre la mesa varios posicionamientos ideológicos alrededor de la sexualidad y la pornografía.
Hay discursos que afirman, por ejemplo, que el porno es violencia sexual, otras que dicen el porno está destruyendo una generación de adolescentes, o que el porno es inmoral, y también algunos que argumentan que el porno no siempre es machista y proponen transformarlo.
Aun así, a pesar de la divergencia de opiniones, encontramos un punto de partida común entre todas ellas: el “nuevo” escenario tecnológico ha modificado sustancialmente el acercamiento a la sexualidad de criaturas, adolescentes y jóvenes, especialmente a causa de la facilidad de acceso a la pornografía.
Así pues, en el contexto actual, difícilmente encontraremos alguien que minimice el papel socializador del porno o que no plantee ningún tipo de actuación al respecto.
Las propuestas que encontramos y que parten de algunos de estos posicionamientos, son variadas: la prohibición de la pornografía, la prohibición del acceso mediante la supervisión parental y el uso de controles tecnológicos, las sanciones a aquellas plataformas que no cumplan con la verificación de edad, la mejora de la educación sexual, la gestión del acceso a las pantallas, etc.
Aun así, la mayoría de propuestas no distinguen entre niños y adolescentes y esto es uno de los errores que, a nuestro parecer, ha entorpecido hasta ahora el debate. Aunque todos sean menores de edad, sus necesidades y niveles de madurez son muy diferentes, y así también lo tendría que ser el discurso y la propuesta educativa.
Desde la cooperativa de educación sexual Mandràgores proponemos una educación sexual integrada transversalmente en todo el proceso educativo, que acompañe a las personas en la adquisición de habilidades y actitudes saludables con ellas mismas y con el entorno, y que proporcione conocimientos sobre el cuerpo, la salud sexual y reproductiva, el placer, las relaciones, la diversidad, la prevención, la comunicación, las emociones, las violencias...
Una educación sexual que permita desarrollar y vivir la sexualidad de manera libre y respetuosa, y favorezca una toma de decisiones informada, autónoma y responsable.
Esta educación sexual tiene que ser comunitaria, es decir, tiene que implicar el trabajo en red entre todos los agentes educativos (familia, profesorado, monitoras, espacios jóvenes, personal sanitario…). Y, a la vez, tiene que ir acompañada de políticas públicas que pongan las bases y la infraestructura necesaria para llevarla a cabo.
Hace falta que los medios de comunicación no contribuyan a estigmatizar la adolescencia. Entre todo el alarmismo y la angustia de este momento de cambio, a veces olvidamos que sus maneras de estar en el mundo son el resultado de una sociedad que no han hecho ellas, sino las personas adultas. Es necesario acompañar esta etapa y recordarnos que durante la adolescencia no hay nada cerrado ni decidido.
Y tenemos que tener en cuenta que una parte del descubrimiento y experimentación de la sexualidad hoy pasa también por el espacio virtual. Así pues, hay que tener presente que ni lo podemos evitar ni lo tenemos que moralizar, sino que hay que acompañar la gestión de los riesgos y los placeres que esto conlleva, ofreciendo información para que puedan tomar sus decisiones.
Finalmente, en lo que respecta al acompañamiento del porno en el marco de una educación sexual feminista, proponemos intervenciones diferentes con niñas y niños y con adolescentes.
Con las criaturas, el papel de las familias es importante para plantear una buena gestión de las pantallas con el objetivo de procurar que los contenidos pornográficos lleguen lo más tarde posible. Al mismo tiempo, desde los diferentes agentes educativos, es necesario ofrecer espacios donde puedan preguntar, resolver dudas y satisfacer su curiosidad sobre la sexualidad.
En la adolescencia, el objetivo educativo se centra en seguir creando espacios de diálogo donde hablar de sexualidad y comenzar a trabajar la alfabetización pornográfica. Esta propuesta implica abordar de manera crítica y educativa los contenidos pornográficos y cómo se construyen, ofreciendo herramientas y espacios de diálogo, debate y reflexión sin tabúes, que estimulen el espíritu crítico.
Reflexionar conjuntamente sobre el impacto que puede tener un consumo habitual de porno en edades tempranas en las experiencias sexuales: en las expectativas, la imaginación, el descubrimiento de los propios deseos, la relación con el propio cuerpo y el de las demás personas (baja autoestima, frustraciones, inseguridades…), la exploración de nuevas prácticas, la erotización de la violencia, la creación de imaginarios poco realistas (por ejemplo, en lo que respecta a la duración del sexo, las erecciones, las eyaculaciones…), etc. Pero sin la voluntad de imponer un discurso, sino darles voz y partir de la escucha y la curiosidad por sus opiniones.
Mejorar la educación sexual no es un reto individual, sino un proceso colectivo que pasa por cuestionar el sistema actual y construir alternativas desde todos los frentes.