Cullera se asoma al Mediterráneo entre fortalezas, arrozales y dunas naturales
A 40 Km. al sur de Valencia, en el punto en el que el río Júcar se une al Mediterráneo y la tierra se eleva en pleno litoral, aparece la ciudad de Cullera. Mar, montaña, río y marjal se encuentran unos pocos kilómetros y originan un enclave diverso, por el que han pasado varias civilizaciones que han dejado su huella en forma de fortalezas, torres defensivas, iglesias, casas modernistas, así como en la gastronomía.
La silueta de Cullera se reconoce a decenas de kilómetros de distancia, gracias al castillo que corona el monte de la ciudad. De esta forma, la naturaleza y la cultura se dan la mano y convierten la ciudad en mucho más que un destino de sol y playa.
Enclave estratégico
El castillo de Cullera es una construcción del siglo IX, levantada en un emplazamiento estratégico para controlar los recursos naturales, las vías de comunicación y las fronteras del momento. Un edificio con alcazaba y dos albacaras que sirvieron para guarecer a las tropas, caballerías, ganado y a la población en momentos de asedio. Con más de mil años de historia, ha sufrido transformaciones y reformas hasta que en 1983 fue declarado Monumento Nacional y Bien de Interés Cultural. Hoy en día la fortaleza no solo destaca por sí misma, sino que el camino para alcanzarla, el ascenso, se ha convertido en una de las imágenes más reconocibles de Cullera: el camino del Calvario. Se trata de un via crucis empedrado y en zig-zag que conecta el histórico barrio del Pozo con el castillo, con 14 estaciones tradicionales, entre las que destaca la Torre de Santa Ana, visitable y convertida en mirador.
Cerca de la desembocadura del río Júcar, la Torre del Marenyet es otro legado que define la silueta de Cullera. Al ser un enclave costero el municipio requería vigilancia ante posibles incursiones piratas, por ello durante el reinado de Felipe II se levantó esta atalaya circular de 20 metros de altura. Actualmente alberga un museo temático que recuerda aquellos ataques, sobre todo el del pirata Dragut.
En los acantilados del cabo de Cullera sobresale un faro, una torre que se encendió por primera vez el 1 de agosto de 1858. Con el tiempo, a finales del siglo pasado comenzaron a levantarse casas de veraneo en los alrededores del faro y la zona se convirtió en un lugar al que acudir por placer. Para los amantes de los deportes de agua es un buen sitio en el que practicar buceo y pesca deportiva, así como deambular por sus caminos para encontrar rincones con casas típicas y restaurantes tradicionales.
Patrimonio más allá de las torres
El paso de la historia no solo se manifiesta en las fortalezas, sino que el casco antiguo de Cullera, el barrio del Pou, con sus casas encaladas y los balcones adornados con flores, las ermitas y la iglesia de los Santos Juanes permiten descubrir una localidad que conserva estratos de épocas muy distintas. La iglesia actual data de 1692, aunque fue levantada sobre restos de otros templos durante los siglos XIII y XIV. Es un edificio de planta rectangular y nave única de seis tramos, cubierta con vuelta de cañón con lunetas y capillas laterales comunicadas entre ellas -propio de las iglesias barrocas.
A pocos pasos del templo se alza la Casa Consistorial -Ca la Vila-, construida en 1781 y con aires de palacete de estilo italiano. Y en las calles adyacentes, como Valencia, Riu y Cervantes, destacan algunos edificios modernistas, fruto de la prosperidad que el comercio y la exportación de naranja y arroz generaron a comienzos del siglo XX.
Playas para todos los gustos y naturaleza
El mar es otro elemento que define Cullera. La localidad cuenta con más de 15 Km. de litoral y 11 playas, diversas entre sí, que suman una decena de banderas azules. San Antonio, Racó y Los Olivos muestran el rostro más urbano y animado. Escollera, Marenyet-L’Illa, Brosquil y Estany ofrecen espacios más amplios y tranquilos, perfectos para el tiempo en familia. Cap Blanc atrae a los aficionados a los deportes acuáticos, desde el surf, el windsurf o la vela hasta el catamarán, pasando por el paddle surf o el kayak; mientras que la playa del Faro permite practicar buceo libre. En Dosel sobreviven cordones dunares y el Mareny de Sant Llorenç dispone de playa nudista. Además, en los últimos años las playas de San Antonio, Escollera, Racó y Los Olivos cuentan con puntos accesibles para personas con movilidad reducida.
Quienes prefieran disfrutar de la naturaleza, en Cullera podrán hacerlo a orillas del Júcar, en el marjal, los arrozales, las dunas y las zonas húmedas que construyen un mosaico natural estrechamente relacionado con el Parque Natural de L'Albufera.
La Bassa de Sant Llorenç, integrada en este espacio protegido, dispone de un observatorio de aves, y muy cerca, los cordones dunares de Dosel y el Mareny de Sant Llorenç recuerdan su valor ecológico. Al sur de la desembocadura del río aparece el Estany, una laguna de aguas salobres, situada entre el marjal y la línea de playas. Es un lugar apacible y tranquilo, visitado por aficionados a la pesca de caña.
Y quien prefiera ganar altura puede explorar la Serra de les Raboses. En ella, el Sendero Azul del Alt del Fort recorre 2,8 kilómetros y alcanza uno de los puntos con mejores panorámicas del municipio.
Un arroz propio
Al patrimonio natural y cultural de Cullera hay que sumarle el gastronómico. Conocer la ciudad implica saborear su cocina, con el arroz y el pescado como protagonistas. Así nace la denominada Paella de Cullera, receta vinculada al gastrónomo Salvador Gascón, Premio Nacional de Turismo. El municipio ha reforzado esa identidad mediante iniciativas como el club gastronómico Artesanos del Arroz, cuyos restaurantes trabajan desde las elaboraciones más tradicionales hasta interpretaciones contemporáneas, o por su pertenencia a la plataforma Saborea España.
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