Ayuso, Catalá y Puente, en la mascletà
Con una Ayuso tenemos suficiente. Con ella y con su efecto contagioso. Poco importa si quienes la copian siempre fueron así, pero no se atrevían a demostrarlo, o han visto el camino ahora y se creen descubridores. El hecho es que el debate con medias verdades o con “mentiras enteras” salpica a la ciudadanía, que bastante tiene cada día con sus problemas y sus discusiones. El espectáculo de estos días tiene que ser la mascletà, no los que se tiran de los pelos por lo mal que gestionan los rivales. La alegoría de la política valenciana (y podría ser perfectamente de la estatal) es el tren que no llega a la Estació del Nord de València. Cada ferrocarril de cercanías que no completa su trayecto demuestra qué y quién es importante para los que nos gobiernan. Los trenes no entran a València para que no colapse la plaza. Porque está claro que lo primero es la fiesta (excusada en el valor de la tradición) y, a mucha distancia, el resto de la vida. Esa que incluye estudiar o trabajar en la ciudad. Eso es totalmente secundario. Por delante están los espectáculos pirotécnicos, las carpas y las verbenas. Ni permitir circular, trabajar o descansar están entre las prioridades de las autoridades. La plaza del ayuntamiento, perennemente sin reformar, es un petardódromo por encima de cualquier otro uso.
Los profesionales de la seguridad han demostrado que cada día es más peligrosa la concentración de gente que suman los espectadores de las 14 horas y las personas que entran y salen de la estación. Con los informes en la mano, a María José Catalá le correspondía repartir el espacio y no ha dudado en dar todo a un lado y nada al otro. Como pasa casi siempre, ante luces, barracones o cortes de calles, las dudas no existen. La solución es dar toda la plaza al disparo. Y Renfe, sin más, acepta la decisión. Los responsables ferroviarios no gobiernan la ciudad, pero también podían pensar que sus usuarios quedan desamparados. Y, aunque sea por deseo de su alcaldesa, no lo merecen. Y, aunque Óscar Puente no sea fallero, el cliente de su empresa no recibe el servicio por el que paga durante todo el año y que merece también en marzo, especialmente los días en los que continúan las clases y los trabajos. Porque, de lo contrario, todos podían aplicar el mismo criterio en cascada. Como Catalá solo piensa en la mascletà y Puente no mira nada más, el trabajador que va a su empresa no acude en marzo a su puesto. Nada funciona así, salvo la política.
Resulta difícil centrar la edad en la que sería comprensible el planteamiento y las decisiones. ¿Con cuántos años le consentiríamos al niño que dedicara toda su habitación a jugar y nada a colocar y utilizar la mesa de estudio? ¿En qué curso el profesor admitiría que el alumno le dijera a su profesor que durante 19 días no hace los deberes porque su cuarto está invadido por una charanga? A nadie, menor o adulto, le consentirían en su empresa que las decisiones sobre ir o no a trabajar fueran en función de cuándo cae el día 19. Pero en València se cortan las calles, pase lo que pase, porque nos cuentan que es necesario por lo que dice el almanaque. El diseño y la reforma de la plaza más importante de la tercera capital de España están condicionados por 19 días al año de disparos que hace tiempo que, como se celebran ahora, son insostenibles. La pleitesía que se obliga cada ejercicio a rendir a los vecinos hacia el festejo ha superado al coche, ya han conseguido hasta parar los trenes.
La ciudad turística hace tiempo que está devorando barrios y vecinos para ponerse a los pies de los visitantes, esos para los que se gobierna y a los que no se les puede ni siquiera cobrar la tasa turística. El escenario tiene que ser perfecto durante todo el año. Y estos días, además, el parque temático tiene que incluir la paralización de la rutina de más de un millón de personas que viven o entran y salen de la ciudad. Nadie piensa en el vecino que paga sus impuestos todo el año, sea fallero o no. Porque, obviamente, en las comisiones hay mucha gente sensata que observa cómo la dimensión de la fiesta les hace morir de éxito, como está pasando el resto del año con una ciudad infestada de apartamentos turísticos y un centro urbano que ha perdido completamente su sabor diferencial, entregado a los cruceristas y demás visitantes.
En el tema de los trenes hay un pecado original y un seguidismo lastimoso. Catalá ha obviado las necesidades y hasta los derechos de los usuarios del tren para preservar la fiesta, maravillosa y patrimonio de la humanidad si no se sobredimensiona. No ha buscado soluciones, ni propias ni con el apoyo de la Generalitat, y ahora insulta a la inteligencia al decir que esperaba que Renfe transportara a los viajeros en autobuses hasta la ciudad tomada por las carpas y de tráfico colapsado. ¿Lo esperaba desde qué día? ¿Qué ha hecho para asegurarse de ello? No le contó sus planes ni al conseller Martínez Mus. De hecho, vía EMT, se desentiende de los pasajeros porque explica que no puede reforzar los autobuses con el argumento de estar en fallas. Otra vez, la fiesta por encima de las personas.
Y en Madrid, la empresa ferroviaria ha aceptado la propuesta y ha dejado a la gente en Albal sin tener alternativa para ellos. Renfe, tras las negativas del Ayuntamiento, no debería haber interrumpido el servicio si no quiere que parezca que tampoco a ellos les importan esas personas que se mueven a diario con el cercanías. Han caído en la trampa y no han hecho su trabajo, que es garantizar que los viajeros lleguen a la ciudad, más allá de lo que diga o haga su alcaldesa. Porque hace tiempo que quedó claro que la libertad es poder tomar cervezas, a ser posible viendo una mascletà. Y, claro, poder insultar al político de enfrente.