Una ciudad pensada para las personas, mayores o no
En el último Debate sobre el Estado de la ciudad de València, la alcaldesa, María José Catalá, anunció la instalación de dispositivos en los registros de consumo de agua de los domicilios de personas que viven solas. Tras un periodo más o menos breve de falta de consumo, se disparará una alarma que supuestamente alertará a los servicios sociales para que comprueben la incidencia.
Lo curioso es que este mecanismo sea presentado por Catalá como un “potente instrumento contra la soledad no deseada”. Esta fórmula no es útil para tal fin, sino que, más bien, servirá para llamar al servicio de atestados o, con suerte, al de urgencias. No se debe marear a las personas y menos en problemas tan graves como este, que afecta a muchos colectivos más allá de las personas mayores.
Con ocasión del Día Internacional de las Personas Mayores, que se celebra el 1 de octubre, nos gustaría poner el foco en la calidad de la vida cotidiana en ciudades como València, además de reivindicar la mejora de las pensiones y el mantenimiento de su poder adquisitivo.
Los ruidos y el tráfico. Resulta duro soportar el volumen de los decibelios por el uso cada vez mayor del vehículo privado. Obras en vías urbanas que nos ensordecen y, después, con nocturnidad, atacan con gran sonoridad los camiones destinados a la recogida de todo tipo de residuos. A la gente mayor nos molestan los ruidos, al resto de la ciudadanía presumo que también.
El transporte va muy unido con lo apuntado. La EMT funciona cada vez peor, escasos y obsoletos autobuses, también incómodos y ruidosos. Esperas interminables en paradas y, en consecuencia, trayectos con vaivenes y apretujones. Algo más de inversión y mejor planificación serían muy útiles. Si hablamos de Metrovalencia o Tram de Alicante, la situación es similar y sin ningún trato especialmente favorable para las personas mayores. A las personas mayores nos gusta viajar con un buen servicio y comodidad, al resto de la ciudadanía presumo que también.
El cambio climático afecta más a las personas mayores. Las razones, además de las fisiológicas, son obvias: uso de medicamentos, enfermedades crónicas, la soledad, etc. En el verano de 2025 se registraron 434 fallecimientos atribuibles a las altas temperaturas, y todos, excepto cuatro, fueron de personas mayores de 65 años. El ruido, la polución y la deficiente provisión de zonas verdes, especialmente en los barrios populares, impiden mitigar el sofoco que nos acompaña en estos últimos largos veranos. Es más útil plantar árboles que colocar esas extrañas lonas o mallas que acaban podridas por la lluvia y de un incierto colorido por el sol. A las personas mayores nos gustan las ciudades verdes, con árboles, al resto de la ciudadanía presumo que también.
Ciudades amables, amigables. Más allá de una aspiración, un compromiso o un eslogan, expresa una idea de calidad de vida que se incumple en muchas de nuestras urbes. En Alicante recientemente se celebró una concentración contra la turistificación y en València el deterioro de la ciudad, incluso más allá del centro, es evidente.
No se trata solo de una cuestión estética, ni de que turistas orinen en los escalones de la Lonja y jueguen borrachos al fútbol en plazas emblemáticas a altas horas de la madrugada. El problema más grave, aunque la suciedad y el griterío también lo sean, está en los cambios que ese turismo genera en el urbanismo y la sociología de las ciudades. Los pisos turísticos proliferan, los bajos que eran utilizados por el comercio de proximidad están en vías de extinción y el empresariado sin escrúpulos está encareciendo con rapidez el precio de las viviendas.
Ayuntamientos como los de Alicante, València o Castellón permiten la proliferación de estos apartamentos mientras que niegan aprobar la aplicación de una tasa turística que se destine a inversiones útiles para las personas. A las personas mayores nos gusta vivir en ciudades cómodas y amigables, al resto de la ciudadanía presumo que también.
No quiero finalizar estas reflexiones sin referirme al concepto que determinada mala gente tiene de las personas, independientemente de su edad. Sí, ahí tenemos el caso de Mari Carmen, una señora de 87 años y con una discapacidad reconocida del 50%, “lanzada” de la vivienda que ha habitado durante 70 años. Las autoridades madrileñas, tan dadas a realizar inversiones inmobiliarias millonarias, han sido incapaces de mover un dedo en su defensa, incluso alguna justifica este desahucio. Si seguimos así, muchos casos similares tendremos, para mayores o no.
A las personas mayores nos gusta que nos respeten, al resto de la ciudadanía presumo que también.