Cuenta Atrás
Hace más o menos dos años, durante una entrevista radiofónica, me preguntaron qué pensaba de la IA. ¿La IA?, vaya, calibré a este lado de la pantalla, sin imagen, del HP. Di un traguito de agua de mi vaso para ganar tiempo. La pregunta se coló de rondón, ya que en la media hora previa había hablado de libros y de escritores, que es lo que la gente cree que controlo en alguna medida, y fue al final, justo cuando ya esperas concluir y soltar eso, a modo de despedida, de que el gusto ha sido mío y de que ha sido un placer, cuando brincó la liebre de la Inteligencia Artificial.
Pero regreso a la pregunta de marras. Que qué pensaba de la IA. Carraspeé -tras el traguito de agua- y lancé un balón fuera, mencioné algo sobre el ChatGPT, el deepfake, también sobre Chaplin y su “Tiempos modernos”, ese tópico de que desde la revolución del vapor todo cambio abre inicialmente un abismo que asusta al ser humano porque no visualiza el final del trayecto. En fin, utilicé, defendiéndome igual que un gato panza arriba, recursos ambiguos para salir del paso, dado que a la IA, francamente, no le había dedicado mucha reflexión, solo sabía vaguedades de la tele y de la prensa. No interpretaba que pudiera arañar mi esfera de confort. El entrevistador insistió, quería saber más en torno a cómo valoraba yo la IA. Él se me antojó preocupado y más preocupado de que yo no me preocupara por el asunto. Un programa de IA es capaz de componer una pieza a lo Mozart en minutos, e igualmente te escribe una novela en el mismo tiempo. Algo así me dijo. Eso, lo confieso, sí me mosqueó. De nuevo carraspeé -ya sin traguito de agua- y esquivé su pedido (¿para qué amargarme?) con más lugares comunes, me refugié en eso que dijo no recuerdo quién de que si no puedes ser profundo, sé al menos confuso; soslayé la respuesta, y ahí quedo la cosa.
¿Qué representaba para mí la IA? Nada más allá que una herramienta que usaban los estudiantes para plagiar trabajos ajenos, o esos robots chinos que corren y se caen y dan la impresión de que se mueren de rabia por impotentes, de repente tendidos en la pista, como si un calambrazo les estuviera provocando cortocircuitos en sus senos algorítmicos. Lo cierto es que asusta verlos agitándose porque son humanoides en su apariencia. Y hoy me entero, por un científico dimisionario de Anthropic, que el mundo se va a acabar en 2030 por culpa de esos dos dígitos, IA, que suenan provocativamente como un solo dígrafo. Ya hay ejemplos de hackeos de sistemas por parte de algoritmos que han logrado su autonomía, descontrolados, y han saltado a otros barcos vecinos. De niño me preocupaba que el sol se extinguiera dentro de millones de años y ahora nos vienen con solo cuatro años de margen hasta deslizarnos por el sumidero.
La verdad es que este siglo apenas nos está dejando respirar sin que nos ahoguemos un poco más cada cinco minutos. Desde su arranque ha sido un sinvivir, pero un sinvivir además vertiginoso, inasimilable, cómo introducir en la zona de nuestra corteza cerebral la cantidad de sucesos tan determinantes en el plano social, con sus alteraciones, que hemos recorrido en un solo cuarto de la centuria. Los cambios acelerados que implicó el siglo XX hizo que observáramos en este una mayor modificación de nuestra realidad muy superior a los diecinueve siglos anteriores. Pero es que en este primer peldaño del XXI ya hay más transgresiones que en todo el siglo XX. Lo que parecía inalterable, se altera a una velocidad difícil de aprehender. En menos de un lustro, esos cuatro años señalados (pongamos mil cuatrocientos sesenta días, suena más distante), los humanos se pueden ir al garete. ¡Y a mí que me preocupaba la vida del sol, los cinco mil millones de años que le quedan por delante! (Este último dato me lo ha facilitado la IA.)