Normalidad

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No sé si normalidad es vivir sujetos a una norma. O a muchas. No sé si normalidad es sinónimo de uniformidad, algo así como odio a la diferencia. Espero que no. Otra cosa es volver en septiembre a “la normalidad”, a lo de siempre o, al menos, a lo de antes, que no es necesariamente normal, ni mucho menos recomendable. Es una normalidad con trampas.

Me gustaba aquella consigna después de la pandemia que auguraba una nueva normalidad, una idea que enfrentaba lo nuevo con lo habitual. Dentro había optimismo y ganas de llegar. Resultó ser una frase hecha, volvimos a la normalidad clásica, como este septiembre. Y es difícil regresar a lo insufrible, a lo irregular, como si fuera deseable. 

Confundimos lo razonable con volver al cole. Si los niños están en las aulas, ya todo es más sencillo. Vuelven los horarios, vuelven las extraescolares, el comedor, empieza el curso, pero ¿qué pasa con lo que llamamos curso político? En el fondo volvemos a nuestras perplejidades, como si nos gustarán. Confundimos normalidad con volver, aunque volver supone reincidencia, un concepto que agrava cualquier condena. 

No es lo mismo volver, que volver a empezar, como reiniciar el sistema, ¿les suena? Si lo reiniciamos es para que pase algo diferente. Tiene poco interés volver en septiembre a aquello que ya estaba podrido en junio. De nada sirve si repetimos lo que ya ha fracasado.

Todo será inútil si vuelve la toga altiva al estrado y el falso acusado al banquillo. Si el poder continúa sordo mientras las pancartas verdes siguen las calles. Si reincide el contubernio tramposo y la razón solo recibe mordazas. Si el de fuera llama a la puerta y el de dentro la cierra con candados de ira. Si regresan los bulos multiplicados y las verdades no tienen sitio. Si la opinión pública en realidad es privada. Si apagamos el telediario para encender la apatía y el desánimo. Si los votos cotizan en bolsa y las necesidades no. Si ese es el septiembre que nos espera, es que no hay esperanza, solo la paciencia triste de quien se resigna al desastre. 

Prefiero otro escenario. Prefiero imaginar que el otoño trae una lámpara con el genio dentro. El genio somos nosotros y nosotras, y la lámpara también. Al frotarla juntos, la conciencia colectiva encuentra puertas y ventanas para ventilar el aire contaminado que nos dejó el ayer, y permite respirar la libertad colectiva del mañana. Quiero pensar que resolveremos la encrucijada que tiene delante el progresismo con sus desavenencias legendarias. Algo así como ¡feliz otoño nuevo! Brindis, uvas, y las mejores intenciones. Felices acuerdos nuevos, felices derechos nuevos, feliz democracia nueva, parecida a la que soñamos entonces.

Así tendrá sentido esa nueva normalidad en forma de convivencia. Así habrá valido la pena vacacionar para empezar sabiendo que tenemos contradicciones, sí, y dificultades de todo tipo, sí, y disyuntivas que nos hacen dudar, sí. Pero también tenemos la convicción que supone reconsiderar el camino abriendo los ojos, mucho, para ver más allá de las amenazas de los bravucones y las trampas de los que solo miran por el retrovisor. 

Aquel septiembre fue distinto, dirán nuestros herederos, no fue normal, sorprendentemente fue mejor gracias al reclamo de la sensatez. El planeta respiró, como las conciencias, como los más vulnerables, como el sentido social de la vida. Y floreció la esperanza. Sí, los niños y niñas volvieron al cole juntos, claro, pero las aulas les esperaban pintadas de otros colores.

El bienestar colectivo es felicidad, esa felicidad posible si apoyamos un nuevo otoño.