Botón de ancla
… y que sea lo que Dios quiera
A estas alturas, y para evitarse sorpresas que no lo van a ser tanto, es mejor asumir que la próxima legislatura (como mínimo) nos vamos a comer un gobierno de coalición entre el PP y Vox. El panorama es tan sombrío que hasta una mayoría absoluta popular ofrece cierto consuelo. Para los que crean en los milagros, o quieran mantener las ilusiones hasta la votación (que será sobre marzo, a decir de los opinólogos), existe una posibilidad minúscula, como la conciencia de Mazón, de revalidar el Botànic en la Comunitat Valenciana. Correlación no es causalidad, pero también había una posibilidad este viernes de ganar 111 millones en el Euromillón y no me tocó.
Me quedo con las palabras de hace unos días de Joan Baldoví, que dijo que en mayo, en las autonómicas, solo podía haber cuatro papeletas: dos a la derecha y dos a la izquierda (entre las que incluyó la del PSPV). El de Compromís ha sido alcalde y maestro de escuela, dos títulos que le acreditan para hablar con cordura y con la gente normal en la cabeza. Algo así, como una especie de vía Rufián en la Comunitat que evite que se pierdan votos, es requisito indispensable para seguir soñando hasta que la realidad nos despierte de golpe.
Y del dicho al lecho. Ayer mismo, al calor de la II Universitat Republicana d’Estiu (una especie de Club Bilderberg del rojerío del cap i casal), coincidieron sobre el escenario María Teresa Pérez (PODEM), Carles Esteve (Compromís), Rosa Pérez (EUPV) y Doménec Garcia (ERPV) para hablar de confluencia. ¡Hasta Mónica Oltra, en un gesto muy inteligente y no dudo que sincero, se dejó ver! Aunque eso de la unidad de la izquierda suena un poco como la revolución pendiente de los falangistas, menos da una piedra. Por supuesto, no salió nada definitivo, pero se puso sobre la mesa. Si no empezamos a valorar estos pequeños gestos, si preferimos abonarnos al cinismo, nos quedamos todos en casa escribiendo botones de ancla que tienen menos lectores que la Universitat Republicana asistentes. Eso sí que no resuelve nada.
Las confluencias no son fáciles, y menos en la izquierda. La derecha, y esto no es una crítica, funciona más como una UTE: distintas familias o corrientes repartiéndose la tarta, a veces de buen grado y otras, a puñalada trapera. La izquierda —donde bastan un iluminado y su amigo para proclamarse corriente interna—, es más de que cada uno se vaya a comer su trozo a un rincón mientras despotrica del resto, a quienes les afean que su ausencia de pureza es intolerable, no como la propia, que hay que entenderla.
Mientras, el PSPV ya tiene candidata para València, Pilar Bernabé. Ni un pero le pongo, si hay alguien que dé ganas de ir a votar es ella. Y, en breve, se proclamará a Diana Morant como candidata a la Generalitat. A la búlgara, como se decía antes. Por aclamación, aunque también por designación dactilar de Pedro Sánchez. Es lo que hay. No hace falta decir que no va sobrada de carisma, aunque lo mismo se dijo en su día de Ximo Puig (aunque el contexto era otro muy muy muy distinto). Aún así, al bon chic, le ganó la mano Mazón, que tan famoso era que en Castellón y València hubo que hacer una campaña para darle a conocer, ya que no lo conocía ni el tato, y casi mejor teniendo en cuenta sus orígenes zaplanistas.
Pero no parece justo que se dé por sentando que el PSPV pueda hacer la guerra por su cuenta, en un momento en que su cotización está a la altura de Afinsa, y que sea el resto de la izquierda la que tenga que apiñarse con los valencianistas en plan camarote de los Marx. De los socialistas cabe esperar cierta generosidad y que también se abran a otras sensibilidades, otras siglas, que den cobijo a algún independiente con ganas de trabajar (no como cuando nos encalomaron a Fernando Delgado). Al cónclave del próximo fin de semana en Alicante, de los 500 delegados, el 20% serán no militantes. Así, sí.
Cuesta pensar que de todo esto vayan a salir unas listas que entusiasmen a la gente, pero es lo que hay (o que habrá). La derecha, en cambio, no va a tener ese problema. A los de Vox los ungen en Madrid y, con no hacer nada, suben como la espuma. En el PP pueden tener sus propias batallas, como la de la convocatoria para la cena de inicio del curso político del viernes. Amén de las quejas por el precio -45 euros por barba-, Pérez Llorca hizo borrar de las de las invitaciones los caretos de los barones provinciales, para salir él solito con Esther Muñoz (portavoz del Partido), que actuó en la gala cual Paquirrín DJ en discoteca de pueblo.
Da la sensación de que no está muy seguro de que será el candidato —Génova sigue prefiriendo a Catalá—, pero da igual: los populares seguro que tienen ya a las monjitas en Defcon 2, preparadas para llevar al colegio electoral a todo abuelete moribundo a un kilómetro a la redonda. Pero al PP, el candidato no le va a pesar nada. Los suyos (no les culpo) votarán a quien les digan o a quien puedan, aunque no sea a quien quieran. Eso es conciencia de clase y lo demás son tonterías. Ojalá hubiera la misma del otro lado, pero las cosas son como son y en unos meses viviremos en un país en el que Iker Jiménez, Eduardo Inda, Ana Rosa Quintana serán nuestros referentes intelectuales.
Con este telón de fondo, solo falta esperar que Sánchez asuma que su ciclo ya ha acabado. Aunque saque los presupuestos o se le aparezca la virgen. Lo mejor es ir a votar… y que sea lo que Dios quiera. Mejor si fuera Durruti, pero eso no va a pasar.