València necesita pilarear
En estos tiempos que corren, cargados de odio y agresividad, alimentados por la polarización de quienes tienen el insulto por argumento y la mentira por bandera, se abre camino una vía necesaria. Vital. Fundamental para que la ciudadanía no desespere entre tanta crispación y tanta política cazcalera que anda de un lado para otro sin hacer nada.
Este es el caso de una María José Catalá que no gobierna, cazcalea y por eso el informe anual de Quejas y Sugerencias refleja un aumento del 28 por ciento de las quejas. Mientras, la crisis de la vivienda se desboca y los apartamentos turísticos siguen expulsando vecinos, la UCO vuelve a entrar en el Ayuntamiento y a ella le abre una investigación la Fiscalía. Siguiendo el verbo que tan bien la define, podemos decir que lleva tres años cataleando. Paseando la vara de mando por las calles de una ciudad que le es ajena porque lleva menos años viviendo en ella que muchas de las personas que intentan regularizar su situación a pesar de las trabas municipales.
En tres años no ha sacado adelante ningún proyecto nuevo y sigue viviendo de rentas del Gobierno anterior. Y todo lo que toca acaba desfigurado: Pérez Galdós, la Plaza del Ayuntamiento, el Corredor Verde, el Delta Verde. En las supermanzanas de Orriols y La Petxina los vecinos y vecinas denuncian cómo los coches se han apoderado del espacio conquistado para las personas.
La Casa del Relojero, las viviendas de Tapinería, San Vicente de la Roqueta, tres años cerrados. La Ceramo, la biblioteca de la Malvarrosa, el plan de Casitas Rosas, olvidados. El Bulevar Cultural, la Avenida de la Malvarrosa o Ausiàs March, en una papelera mientras la ciudad se llena de coches, vacía los alcorques y embrutece las calles de los barrios.
Lo que esta alcaldesa paracaidista, que cayó en València como podría haber aterrizado en Cartagena, Boadilla o en la Generalitat Valenciana, está haciendo con una ciudad abierta, divertida y genial es convertirla en un espejo rancio de sí misma. Tras el intento de cerrar el acento hay mucho más que terraplanismo lingüístico y postureo. Porque hay que recordar que tanto cuando fue alcaldesa de Torrent como la consellera que quitó las becas de comedor y dijo a las familias que llevaran la comida de sus hijos e hijas en fiambreras, su acento era otro.
Aquella María José que pedía perdón por hablar valenciano en los actos públicos escribía su apellido con acento abierto. Entonces era Català. Pero cuando en 2018 se empadronó en esta ciudad lo cambió por Catalá. Toda una declaración de intenciones de lo que se nos venía encima.
¿Quién nos iba a decir que íbamos a escuchar comparar la homosexualidad con enfermedades, reducir el feminismo a ser madre, hermana e hija, borrar las políticas dirigidas a las víctimas de violencia de género o entregar premios literarios a maltratadores condenados? ¿O liderar el boicot a la regularización de las personas migrantes que viven en nuestra ciudad y llenar el cauce del Túria de estanques antipobres? Una cuestión sobre la que me gustaría conocer la opinión de Adela Cortina, porque apesta a aporofobia institucional.
Y frente a una alcaldesa que catalea, llega Pilar Bernabé. Una mujer que nació en València y la vive cada día, en cada una de sus facetas, sin sectarismos ni exclusiones. Esto es lo que la conecta con la vida de sus barrios. Pilar representa la política que resuelve y que gestiona. La que no se esconde en los momentos más duros. La que nunca se pone de perfil.
La sociedad necesita respirar con calma. Recuperar el sentido común, fortalecer la convivencia y los consensos. Bajar el volumen de las discusiones y apagar los insultos. Pasar página al odio y a la polarización. Urge recuperar la confianza. La ciudad. Los barrios. Las personas. València necesita volver a parecerse a sí misma y eso pasa por sonreír, abrazar y cuidar. Por dejar de catalear y empezar a pilarear.