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Entrevista

Arturo Gradolí, autor de 'Tecnoabsolutismo global': “No estamos ante '1984', de Orwell, sino más bien ante 'Un mundo feliz', de Huxley”

Sergi Pitarch

València —
27 de septiembre de 2026 22:40 h

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Arturo Gradolí ha construido una mirada poco habitual sobre la revolución tecnológica: doctor en Estudios Históricos y Sociales de la Ciencia y de la Comunicación Científica, su formación combina informática, filosofía, historia de la ciencia y ciencia política. En Tecnoabsolutismo global estudia cómo las grandes plataformas tecnológicas y la concentración de poder pueden acabar erosionando la democracia y moldeando nuestro propio sentido común. Frente a ese escenario, reivindica un tecnohumanismo que permita aprovechar las posibilidades de la tecnología sin convertirla en el poder que gobierne nuestras vidas. La Unión Europea y su capacidad reguladora es la única esperanza, plantea.

¿Qué está describiendo exactamente cuando habla de tecnoabsolutismo global y qué señales le hacen pensar que ya estamos entrando en ese modelo?

El tecnoabsolutismo global es un modelo político, tecnológico, económico y también moral caracterizado por una alta concentración del poder en pocas manos, especialmente en centros de poder económico y tecnológico que acumulan capital y poder en los ecosistemas digitales. Cuando hablamos de ecosistemas digitales hablamos de algoritmos, big data, procesos de inteligencia artificial e infraestructuras, tanto terrestres como incluso satelitales. En este momento hay centros de poder que están intentando imponer una especie de nuevo régimen político o de tecnocracia.

Ahora bien, todavía no está plenamente constituido. El tecnoabsolutismo describe un modelo que está en gestación. Mi interés es estudiarlo antes de que alcance su pleno desarrollo, porque ya podemos identificar ideas, narrativas, centros de poder y tendencias, pero todavía no existe un orden político o económico consolidado. El tecnoabsolutismo no ha nacido de la nada. Tiene una matriz ideológica que combina cuatro elementos principales: el autoritarismo posdemocrático, el libertarismo económico, el individualismo radical y una confianza casi mesiánica en la tecnología, especialmente en la inteligencia artificial, para gestionar y organizar la sociedad. No estamos ante un 1984, de Orwell, sino más bien ante Un mundo feliz, de Huxley.

Usted sostiene que el tecnoabsolutismo no necesita acabar con la democracia, sino que le basta con hacerla irrelevante. ¿Cómo puede ocurrir eso sin que desaparezcan las elecciones, los parlamentos o los gobiernos?

No se trata de impedir que la gente vote. Al contrario: se trata de que la gente vote y de que una mayoría apoye a quienes defienden determinadas ideas. No estamos hablando de los autoritarismos clásicos del siglo XX, en los que había una coacción impuesta para evitar que la gente votara y mantener el control sobre la sociedad. Aquí el mecanismo es diferente. Desde mi punto de vista, las decisiones importantes, las decisiones esenciales, pueden acabar estando en una especie de sistema absoluto, pero distribuido. En los siglos XVII y XVIII existía el poder absoluto del rey. Ahora ese poder puede estar distribuido entre diferentes centros de poder tecnológico y económico.

Plataformas, algoritmos e inteligencia artificial pueden decidir no solo qué información vemos, sino también entre qué opciones podemos elegir. ¿Quién está diseñando ese menú de ideas y qué consecuencias puede tener para nuestra libertad?

No creo que haya una o dos personas que estén decidiendo todo. Lo que hay son determinadas ideas y narrativas que están en el sistema y que circulan a través de los ecosistemas digitales. A partir de esas narrativas, las personas pueden adquirir una determinada dirección mental y actuar en consecuencia. Por eso hablo de la importancia de las narrativas y de lo que denomino tecnohumanismo inteligente.

Usted habla de una dimensión metapolítica que consiste en cambiar previamente los marcos mentales desde los que interpretamos la realidad. ¿Hasta qué punto las redes sociales o la inteligencia artificial están consiguiendo que determinadas ideas políticas pasen de ser marginales a parecer normales, incluso a convertirse en sentido común?

Los ecosistemas digitales tienen poder. No son únicamente tecnología, sino que tienen capacidad de poder. La metapolítica consiste precisamente en transformar o crear los marcos mentales de las personas respecto a determinadas ideas. No es algo que haya inventado yo. Es un concepto que viene de hace mucho tiempo y que empezó a tener especial importancia desde los años setenta y ochenta. A través de los ecosistemas digitales, de las redes sociales o incluso del comercio digital, se puede ir recortando el menú de lo que tenemos disponible. Imaginemos que entramos en una tienda y solo encontramos determinados productos. Tenemos esto, esto y esto, pero no aquello. En el caso de las ideas puede ocurrir algo parecido: tenemos determinadas ideas disponibles para pensar y para elegir, mientras otras quedan fuera. Si a través de la metapolítica se intenta conseguir precisamente eso, que aquello que tenemos disponible para elegir nos dirija hacia el ideal tecnoabsolutista, estamos ante un cambio profundo de los marcos mentales.

Usted relaciona el tecnoabsolutismo con el autoritarismo, el ultranacionalismo y el ultraconservadurismo. ¿Qué relación existe entre esas corrientes y la confianza casi mesiánica en que la tecnología puede organizar mejor la sociedad que las instituciones democráticas?

Una de las cosas que pretende el tecnoabsolutismo es precisamente hacer irrelevante la democracia. Si un determinado grupo consigue que sus ideas sean apoyadas, por una parte, suficiente de la población, puede alcanzar el poder a través de los mecanismos democráticos. Ahí entra la metapolítica, que actúa sobre lo que yo llamo “campos metapolíticos”. Uno de esos campos puede ser, por ejemplo, el ultranacionalismo; otro puede ser la familia. Si consiguen crear determinados campos mentales y, por tanto, un imaginario de futuro, pueden no solamente conocer lo que pensamos, sino influir sobre nuestros patrones de pensamiento y actuación. Al final, todo esto puede evolucionar hasta el voto. Y ese voto puede ser favorable a grupos que defienden estas ideas. Hay coincidencias entre grupos de la extrema derecha en el autoritarismo, aunque no necesariamente coinciden en todos los demás elementos, como el ultraliberalismo económico.

Si buena parte de las infraestructuras que condicionan la información, la economía y la comunicación están en manos de actores globales, ¿qué capacidad les queda a los Estados y a instituciones como la Unión Europea para poner límites?

Para mí, la Unión Europea es la gran esperanza. El tecnoabsolutismo está creciendo en Estados Unidos. China es un caso diferente porque allí estamos hablando de una dictadura y no existe el mismo problema respecto a la democracia. Europa tiene la posibilidad de salir de estos grandes bloques de pensamiento político, económico, tecnológico y moral. Tenemos nuestros propios valores. El artículo 2 del Tratado de la Unión Europea es fundamental: los derechos humanos, la dignidad, la libertad y la igualdad. La diversidad también es muy importante. Europa tiene una responsabilidad histórica. Podemos seguir siendo europeos y mantener nuestro marco ético, moral y legislativo o podemos acelerar en otra dirección ante Estados Unidos o China. Estoy diciendo que somos europeos y tenemos nuestros propios valores. También creo que existe una narrativa según la cual Europa está en decadencia. Pero no sé por qué hay tanta gente de otros países que quiere venir a Europa si estamos en decadencia. Desde la perspectiva del tecnoabsolutismo, que Europa sea una democracia y que crea en los derechos humanos puede ser precisamente interpretado como una decadencia.

Y llegamos al ciudadano. Si el poder puede influir en el marco desde el que pensamos e incluso en la decisión política de votar, ¿cómo puede una persona distinguir entre una decisión propia y una decisión condicionada por el ecosistema tecnológico en el que vive?

Aquí entramos ya en la psicología, y a mí me interesa especialmente la psicología social. Es una cuestión muy filosófica: ¿cómo tomamos las decisiones? ¿Las tomamos de forma consciente o primero las toma el inconsciente y después la conciencia se limita a ratificarlas y justificarlas? Yo soy de esta opinión, aunque no soy determinista. Porque si todo estuviera determinado por el inconsciente, no existiría la libertad.

Estoy hablando de la libertad de conciencia, no de la libertad social. Y esta es una cuestión que todavía no tengo completamente clara, porque tengo muchas dudas. Lo que sí creo es que, desde el punto de vista de la psicología social, lo que acaba ganando son las mentes y los imaginarios. No hace falta convencer a toda una colectividad. Si en un Estado vota el 80% de la población, por ejemplo, basta con conseguir una parte suficiente de esos votos para alcanzar el poder. Y ahí pueden intervenir diferentes operadores que llevan determinadas narrativas. Estamos hablando de los medios de comunicación, que transmiten narrativas; de las universidades; de las plataformas sociales y de todo el ecosistema digital. Se está produciendo, de alguna manera, una especie de antiilustración frente a la Ilustración clásica, una “Ilustración oscura” que se está intentando instalar en Estados Unidos y de la que existen evidencias.

¿Por qué habla de tecnoabsolutismo frente a conceptos como tecnofeudalismo o tecnofascismo?

Ahora mismo hablamos de tecnofeudalismo, en el sentido que plantea Varoufakis, y también de tecnofascismo. El tecnofeudalismo pone el acento en la dimensión económica: la concentración de la riqueza, el control de las infraestructuras por parte de las grandes plataformas y la llamada renta de la nube. El tecnofascismo, en cambio, pone el foco en una dimensión política más coercitiva: vigilancia, control y coacción, en una especie de escenario de 1984.

El tecnoabsolutismo integra esas dos dimensiones en un marco más amplio. No se pregunta únicamente quién posee los recursos, ya sean económicos o coercitivos, sino también cómo se construyen los marcos mentales desde los que interpretamos la realidad. Una de las formas de hacer que la democracia resulte irrelevante es precisamente promover y reforzar determinados imaginarios hasta convertirlos en sentido común.

En ese sentido, tecnofeudalismo, tecnofascismo y tecnoabsolutismo no son conceptos necesariamente contrapuestos. Cada uno pone el foco en una dimensión diferente. A mí me interesa especialmente cómo construimos los imaginarios, qué futuros posibles representan y cómo algunos de sus elementos terminan incorporándose al sentido común, hasta el punto de que ya no necesitamos preguntarnos por ellos porque parecen evidentes. Por ejemplo, un imaginario conservador puede representar legítimamente un futuro basado en el orden, la tradición, la familia y la jerarquía. Un imaginario progresista puede poner el acento en la igualdad, la diversidad, los derechos sociales o una mayor intervención pública. Es ese proceso de construcción de los imaginarios lo que me interesa especialmente.

Ya que ha citado a Huxley, ¿cuál sería hoy el equivalente al Soma, esa droga que utilizaban en Un mundo feliz para mantener a la población alienada?

Podrían ser las redes sociales, aunque estas son sobre todo elementos para hacer circular información y narrativas. El Soma sería más bien la sensación de bienestar y satisfacción que hace que dejemos de percibir los problemas como problemas. Y eso puede aplicarse incluso al ámbito laboral. Estamos entrando en un ecosistema en el que la inteligencia artificial puede provocar un importante desempleo tecnológico. Ya traté esta cuestión en un libro de 2017 y creo que es bastante evidente que podría producirse una situación de este tipo, incluso con tasas de desempleo cercanas al 30%.

¿Un desempleo provocado por la tecnología?

Sí. Y creo que hay que separar una cosa de la otra. La tecnología también tiene ventajas. Una de ellas es que podríamos disponer de más tiempo para nosotros: para estudiar, estar con los amigos, hablar, ayudar a los demás o desarrollar otras actividades. Pero eso plantea una cuestión fundamental: cómo se distribuye ese beneficio. Estamos hablando de renta básica universal y de justicia social. Y ahí está precisamente una de las grandes diferencias con el tecnoabsolutismo. Algunos autores plantean un escenario en el que puede producirse un desempleo enorme, del 30% o incluso del 40%, como consecuencia del desarrollo tecnológico, y consideran que debemos estar preparados para ello. Yo planteo otra vía: empezar a desarrollar en serio un tecnohumanismo inteligente, que nos permita aprovechar ese tiempo que la tecnología puede liberar para mejorar nuestras vidas.