Un médico explica cómo el alcohol borra nuestros recuerdos: “Puede afectar de forma transitoria a la memoria”

“No sé cómo volví a casa”, “no recuerdo lo que te conté”, “no sabría decir qué tomé” o el clásico “no vuelvo a beber alcohol”. Son lugares comunes que evidencian las consecuencias incómodas tras una noche de excesos. Pero lo que popularmente denominamos lagunas son, en realidad, el síntoma de una interferencia química profunda en los mecanismos de la memoria. 

“El alcohol actúa como un depresor del sistema nervioso central y altera la comunicación entre neuronas prácticamente desde los primeros minutos tras el consumo”, asegura el doctor Alexandre Olmos Torres, médico internista. “A nivel cerebral, modifica neurotransmisores como el GABA, que aumenta la sensación de relajación, y el glutamato, fundamental para la memoria y el aprendizaje”, explica el médico. “Por eso, inicialmente muchas personas sienten euforia o menor percepción del riesgo, pero conforme aumenta el consumo aparecen problemas de coordinación, dificultad para pensar con claridad y lentitud cognitiva”. 

Más allá de la resaca

El gran damnificado por una gran ingesta de alcohol en el cerebro es el hipocampo, la región encargada de formar recuerdos, confirma el médico, que añade la corteza prefrontal, relacionada con la toma de decisiones, y el cerebelo, responsable de la coordinación. Cuando los niveles de alcohol en sangre suben con rapidez, el denominado binge drinking o “atracón”, el hipocampo se bloquea y “aumenta mucho el riesgo de sufrir amnesia parcial o completa”, apunta Olmos Torres, que subraya que el efecto “no depende solo de la cantidad total de alcohol, sino de la rapidez con la que sube su nivel en sangre”.

“Las conocidas lagunas mentales o blackouts ocurren porque el alcohol interfiere directamente en la capacidad del cerebro para consolidar recuerdos nuevos. La persona puede seguir hablando, caminando o interactuando aparentemente de forma normal, pero el cerebro no consigue almacenar correctamente esa información en la memoria a largo plazo”, explica el especialista. Este fenómeno es una señal de alerta que a menudo se subestima, señala el médico: “Estos episodios son una señal de toxicidad cerebral aguda y no deberían considerarse algo normal”. 

Existe la falsa creencia que el daño cerebral derivado del alcohol está reservado a consumidores crónicos, pero “incluso un consumo ocasional puede afectar de forma transitoria a la memoria, la atención y la velocidad de procesamiento mental, especialmente si la cantidad ingerida es elevada”, desmiente el doctor Olmos Torres. “Algunos estudios muestran que después de una noche de consumo intenso el cerebro puede tardar tiempo en recuperar completamente ciertas funciones cognitivas, aunque la persona ya no tenga síntomas físicos”, advierte el facultativo, que se refiere a horas e incluso días.

Los efectos a largo plazo

A largo plazo, por supuesto, el panorama es todavía peor, ya que el consumo habitual se asocia con deterioro cognitivo progresivo. “Puede afectar la memoria, la concentración, la velocidad mental y las funciones ejecutivas, es decir, aquellas relacionadas con la planificación, el autocontrol o la toma de decisiones”, enumera el especialista. “También sabemos que el alcohol favorece procesos de neuroinflamación y estrés oxidativo, dos mecanismos relacionados con el envejecimiento cerebral”, prosigue, y detalla que en grandes consumos “puede aparecer atrofia cerebral, reducción del volumen del hipocampo y mayor riesgo de demencia”.

“Además, el alcohol puede producir déficits nutricionales importantes, especialmente de vitamina B1 o tiamina, fundamentales para el sistema nervioso. En casos graves esto puede derivar en trastornos neurológicos severos como el síndrome de Korsakoff, caracterizado por alteraciones profundas de la memoria”, incide el médico. 

Está claro que no todos los cerebros responden igual ante una copa, en la vulnerabilidad, aclara Olmos Torres, “influyen factores genéticos, la edad, el sexo, la salud metabólica y hepática, el estado nutricional, la calidad del sueño e incluso el nivel de estrés crónico”.

El cerebro adolescente y joven es especialmente sensible porque todavía está en proceso de desarrollo, especialmente en áreas como la corteza prefrontal y el hipocampo, según el especialista, que destaca que “también las mujeres, debido a diferencias en composición corporal y metabolismo, suelen alcanzar concentraciones más altas de alcohol en sangre con la misma ingesta”.