No hace falta tener barbacoa para una calçotada: top 3 formas de hacer calçots en casa

La imagen canónica de la calçotada es clara: fuego vivo, sarmientos, calçots ennegrecidos y manos manchadas de romesco. Pero la realidad urbana —pisos sin terraza, normativas antincendios y vecinos poco tolerantes— obliga a reinterpretar la tradición. La buena noticia es que no hace falta una barbacoa para comer bien. El calçot aguanta la adaptación mejor de lo que parece y, si se entiende la técnica, el resultado puede ser más que digno.

Estas son las tres mejores formas de hacer calçots en casa, sin trampa y sin postureo.

1. Al horno: la alternativa más fiel a la tradición

Es la opción que mejor reproduce el espíritu original. El horno permite una cocción envolvente, intensa y relativamente rápida, y respeta el dulzor del calçot si se hace bien.

La preparación es la de siempre: limpiar bien los calçots, cortar la parte más verde de las hojas y retirar la raíz. Se colocan sobre una rejilla, con una bandeja debajo para recoger el agua que sueltan durante la cocción. El horno, bien caliente: 200 °C, con calor arriba y abajo.

En unos 15 minutos estarán listos. No pasa nada si se ennegrecen por fuera: forma parte del proceso. Al sacarlos, se envuelven en papel (de horno o de aluminio) y se dejan reposar unos minutos para que se acaben de hacer con su propio vapor. El resultado es jugoso, dulce y sorprendentemente cercano al de la brasa.

2. A la plancha eléctrica: rápido, limpio y eficaz

Ideal para cocinas pequeñas y para quienes buscan una solución práctica sin encender el horno. Aquí el secreto no es el fuego, sino el tiempo y el reposo.

Una vez limpios, se calienta bien la plancha con un poco de aceite y se colocan los calçots en tandas pequeñas. Se dejan hacer 10–15 minutos, girándolos para que se quemen por fuera sin miedo. El ennegrecido exterior no es un fallo: protege el interior.

Al final, una pizca de sal, envolverlos en papel y dejarlos reposar unos minutos. Ese paso es clave: sin él, el calçot queda crudo por dentro. Con él, sorprende. No es una calçotada de campo, pero cumple con nota.

3. Rebozados: cuando la tradición se convierte en receta

La opción menos ortodoxa y, precisamente por eso, una de las más agradecidas. Perfecta para aprovechar calçots que han sobrado o para quienes buscan un formato más “de mesa” y menos ritual.

Primero hay que cocerlos con cualquiera de los métodos anteriores. Una vez fríos, se pelan, se cortan en trozos de unos 5 a 10 centímetros y se rebozan: huevo y pan rallado, panko o incluso harina de garbanzo, según el resultado que se quiera.

Se fríen en aceite bien caliente, se escurren y se sirven al momento. Crujientes por fuera, tiernos por dentro, funcionan como aperitivo o plato principal informal. No sustituyen al calçot clásico, pero lo reinterpretan sin complejos.

Calçotada sin humo, pero con criterio

La calçotada no es solo una técnica, es una excusa: para comer con las manos, mancharse, compartir salsa y alargar la sobremesa. La brasa ayuda, pero no es imprescindible. Entender el producto —su dulzor, su cocción por vapor, su contraste con la salsa— es mucho más importante que el fuego.

Así que no: no hace falta tener barbacoa. Hace falta saber qué estás cocinando. Y ganas de mancharse, eso sí, siguen siendo obligatorias.