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Crítica

‘El final de Oak Street’, un sólido entretenimiento veraniego a cargo (inesperadamente) del director de ‘It Follows’

13 de agosto de 2026 22:07 h

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No es de las novelas más celebradas de Stephen King y además tiene un título penoso en castellano (Posesión), pero la resonancia simbólica de The Regulators merece ser destacada en el conjunto de su vasta obra. Publicada en 1996, The Regulators se ambientaba en uno de esos barrios residenciales (los “suburbios”) que invadieron la geografía estadounidense desde los años 50 como metonimia de la prosperidad capitalista posterior a la II Guerra Mundial. Una estampa de ensueño, esplendor nacional alineado con una contagiosa idea de paraíso inocente, que King retorcería de forma malévola al hacerla chocar con otros imaginarios considerados igualmente inocentes.

Este suburbio de Ohio era invadido por múltiples creaciones destructivas salidas del cerebro de un niño, modeladas según sus dibujos favoritos de los sábados por la mañana. La imaginación infantil, a priori tan inofensiva y encantadora como esas hileras de adosados con piscina, devenía monstruosa tras su contacto con la televisión —el electrodoméstico clave de estos escenarios, como bien había dejado ver trágicamente Douglas Sirk en Sólo el cielo lo sabe (1955)— al hacerse corpórea y colisionar con el entramado urbano, obligando a los vecinos a atrincherarse en su hogar huyendo de soldados del espacio y cowboys. Y todo podía leerse como una burla contra los diversos proyectos utópicos del alma norteamericana, las imágenes más positivas en que habría basado su identidad.

La superposición de una infancia pegada a la televisión con estos pacíficos suburbios generaba una ruidosa disonancia, capaz de impugnar la bonhomía de ambas ideas al unísono. The Regulators supone por tanto un referente útil para acercarse a lo que David Robert Mitchell quiere hacer 30 años después con El final de Oak Street. A este director le obsesiona deformar la iconografía norteamericana aunque, en esta ocasión y al menos sobre la superficie, parece haber poco de intelectual en la propuesta. El final de Oak Street es un blockbuster veraniego puro y duro, al que le gustaría que toda la familia acudiera en tropel al cine para chapotear en la nostalgia de los 80 y de Steven Spielberg. ¿Qué papel jugaría aquí, entonces, la retranca de Stephen King?

Suburbio jurásico

King, ante todo y junto a Spielberg y otros cineastas, ha contribuido como diseñador de los escenarios sobre los que vuelve Mitchell a la hora de plantear su película. Escenarios que no son tanto históricos como manufacturados, “retrolugares” que los llamaría Alberto Venegas, y que tras desplegarse con suma eficacia a lo largo de la década de los 80 han concitado una agotadora industria de la nostalgia con el paso de las décadas. Frente a la metódica regurgitación de estos motivos —que al margen de las condiciones del tejido urbano incumben a niños en bicicleta, vías de tren, contactos con seres de otro mundo, incluso una tipografía concreta—, la sátira tardía de The Regulators no ha dejado de ganar relevancia, aunque poco ha podido hacer frente al exitazo de Stranger Things, el insistente retorno de los Cazafantasmas o las nuevas adaptaciones de It.

La industria de la nostalgia ha alumbrado asimismo dos elementos socorridos para acercarse a El final de Oak Street, como serían, por un lado, el renacimiento de Parque Jurásico en forma de franquicia imbatible —por horrendas que hayan terminado siendo sus películas—, y por otro la consagración de un tipo muy listo llamado J.J. Abrams. Abrams se autoerigió heredero de esa edad de oro del escapismo hollywoodiense, de forma que no solo ha estado detrás de nuevas iteraciones de Star Wars y Star Trek, sino que allá por 2011 quiso tener sus propios Goonies —o su propio Cuenta conmigo, o su propio E.T., etcétera— con la hoy por fortuna bastante olvidada Super 8.

Super 8 y El final de Oak Street comparten ADN. Lo comparten porque la productora de J.J. Abrams, Bad Robot, está detrás de ambas, y sobre todo lo comparten por el común afán de regresar a la infancia. La industria de la nostalgia ha fluido durante años gracias a una equilibrada mezcla de cinismo e inmadurez —en la que coinciden tanto cineastas como espectadores anestesiados—, de la que si Abrams hubiera sido algo mejor director habría salido totalmente victorioso. En lugar de eso Stranger Things ha alcanzado mayor aceptación popular que su Super 8, y Mitchell ha logrado un filme mucho mejor que todo lo que haya intentado hacer antes Abrams con los mismos ingredientes.

Y justo aquí viene lo extraño. Mitchell lo ha logrado echando mano de la dinomanía que gracias a Parque Jurásico nunca ha perdido actualidad, llenando de reptiles prehistóricos un típico suburbio estadounidense. El planteamiento es así de sencillo: una familia igualmente tipiquísima y blanquísima (con Ewan McGregor y una Anne Hathaway que este año no para como padres) se topa con que su vecindario ha sido desplazado en el tiempo y ahora han de lidiar con dinosaurios letales infestando sus calles. Todo lo cual conduce a sintética hora y media de aventura escapista y virtuoso suspense, ¿pero por qué viene firmada por David Robert Mitchell? ¿Qué sentido tiene esto?

La película previa más famosa de Mitchell es It Follows. Un film de terror de prestigio rotundo, al que se le atribuye haber motivado desde 2014 el empuje del género en direcciones de lo más ambiciosas y variopintas. Es un film de terror que discurre, por lo demás, en un estado anímico entre lo árido y lo melancólico, atendiendo a la directriz fundamental que podría hacernos entender en conjunto toda la obra de Mitchell: la pérdida de la inocencia. Su debut, El mito de la adolescencia (2010), ya la exploraba previamente alrededor de varios jóvenes confusos, antes de que esta acogiera la forma de un terror abstracto en It Follows. Para, por último, tomar formas aún más esquinadas en Lo que esconde Silver Lake, que antecede a El final de Oak Street por ocho años.

Resulta inevitable pensar que el fracaso de Silver Lake, su película de mayor escala entonces, dificultó a Mitchell armar nuevos proyectos durante un tiempo prolongado, y que incluso su asociación con Abrams obedecería a la necesidad de hacer una película más impersonal y comercial. Pero, con cuatro películas tan distintas entre sí, no parece prudente aseverarlo. Tiene que haber algo más en El final de Oak Street, más allá de esas escenas de acción impecablemente planificadas —sacando los colores a casi todo lo que ha hecho Parque Jurásico desde 1993—, ese emotivo dibujo de personajes o esa eufórica música de Michael Giacchino emulando a John Williams.

Los fósiles del sueño americano

Para hurgar en ello podríamos volver a Silver Lake. Esta suerte de thriller absurdista ya no estaba protagonizado por un adolescente, pero sí por un hombre sumamente inmaduro (Andrew Garfield en un acierto de cásting antológico) empeñado en resolver tanto su desorientación vital como el misterio que investigaba a través de una compleja entidad que, de forma equivalente a los suburbios, había nacido en los años 50 gracias a la reciente hegemonía de EEUU: la cultura de masas. El personaje de Garfield trataba de descifrar el caso a través de citas, canciones, productos de consumo, prefigurando en 2018 el éxtasis conspiranoico, pero, sobre todo, hablando de una enfermedad que el mismo Mitchell debe de sufrir: la incapacidad de vivir sin la guía de la ficción.

El final de Silver Lake está dedicada al padre de Mitchell, fallecido recientemente, con lo que habría que despejar del todo la duda de si esta película es un bromazo sofisticado al estilo de aquella novela visionaria de King: no lo es. El final de Silver Lake es una película honesta, que se ambienta en un suburbio de los años 80 no tanto porque quiera desarrollar una reflexión sobre constructos culturales como porque el mismo Mitchell debió vivir en uno de niño, y en algún momento se imaginó lo increíble que sería verlo rodeado de dinosaurios. Esta honestidad es la que garantiza, al final, que sea una película tan efectiva, comunicando orgánicamente con los esfuerzos de Spielberg y la factoría Amblin sin que la nostalgia tenga por qué ser una losa desagradable.

Ahora bien, Mitchell sigue siendo un inteligente pensador de la cultura popular, de ahí que sea consciente de la potencia que entraña combinar dinosaurios con la imagen primordial de bonanza estadounidense. Svetlana Boym, en El futuro de la nostalgia, aseguraba que el dinosaurio es “el unicornio americano”, y “el animal más perfecto de la industria de la nostalgia porque nadie sabe cómo era”. El dinosaurio, entonces, traza con el suburbio una relación similar a la que trazaba la imaginación infantil/televisiva en The Regulators —¿no son los dinosaurios los animales favoritos de los críos, por otra parte?—, y la colisión vuelve a ser estruendosa y revulsiva.

Porque aquí también la corporeización de una mitología deja al descubierto las carencias e imposturas de otra. Los dinosaurios que invaden Oak Street revelan una comunidad completamente atomizada —los vecinos apenas si se plantean colaborar mutuamente para frenar la amenaza, recordando a cuando Jorge Dioni López proponía en su ensayo La España de las piscinas que estas urbanizaciones aislacionistas eran un potencial hervidero de votantes de Ciudadanos—, mientras que el hogar familiar se resquebraja al mismo tiempo. El hombre oculta que ha perdido su trabajo y tiene que repartir pizzas por las noches, el ama de casa odia la rutina y sueña con dejarlo todo. Los dinosaurios vienen a destruir el escaparate de la familia nuclear, a pisotear el sueño americano.

La lástima es, entonces, que todos estos apuntes solo se traduzcan en notas de humor negro. Mitchell enuncia todo lo podrido que pudiera haber dentro de la ideología estadounidense —es graciosísimo también cómo el derecho a portar armas en el país, de forma que se preserve la propiedad privada, deviene vital para defenderse de invasores jurásicos— para, sin embargo, apartar la mirada en el último momento, y permitir que imperen los buenos sentimientos. El final de Oak Street sublima entonces todas sus contradicciones con un espectáculo sólido y bien medido, pudiendo decepcionar si buscábamos algo con más mordiente hasta que caemos en la cuenta de que es verano, hay que pasarlo bien, y esto es justo lo que le seguimos pidiendo a Hollywood.