Crítica
‘The Mandalorian and Grogu’ es la peor película de la historia de ‘Star Wars’ porque apenas es propiamente una película
Que hay algo de festiva tomadura de pelo en The Mandalorian and Grogu se intuye por el mero hecho de tener a un personaje llamado Rotta el Hutt y que la trama gire alrededor de su rescate. El bromazo autoconsciente va más allá de que esté interpretado por el Jeremy Allen White de The Bear —apenas reconocible por su aspecto alienígena, al margen de la musculatura— pues nos retrotrae a 2008, cuando Lucasfilm estrenó una película titulada Star Wars: The Clone Wars. Era el primer proyecto animado de la saga que iba a cines y su historia ya contemplaba el rescate de este mismo Rotta el Hutt. Solo que aquí los rescatadores eran Jedi, no un mandaloriano junto a su hijo.
Entonces Rotta el Hutt —hijo de Jabba el Hutt, temible gángster galáctico de aparición recurrente en Star Wars desde 1977— tampoco era un gladiador con traumas paternos tal y como lo presenta The Mandalorian and Grogu, sino un bebé. Una oruga inocente que había que proteger en el marco de las Guerras Clon, casi como un precedente contrahecho del citado Grogu. The Clone Wars, en otro orden de cosas, había tenido una acogida crítica aún más hostil que las películas previas de George Lucas —esas precuelas a la trilogía original que no iba a haber más remedio que reivindicar con el paso de los años—, pues se consideró que la obra era indigna de un estreno cinematográfico. Algo difícil de negar, ya que The Clone Wars era el episodio piloto de una serie por venir.
The Clone Wars, con su animación tosca y su limitada relevancia dentro del esquema general de la franquicia, narraba un arco introductorio para una serie de dibujos (ubicada cronológicamente entre El ataque de los clones y La venganza de los Sith) que iba a extenderse a las siete temporadas. Lo que hacía era iniciar The Clone Wars por todo lo alto, en cines, de forma análoga a como quiere ahora The Mandalorian and Grogu continuar otra serie. The Mandalorian, claro está. Lo que narra The Mandalorian and Grogu sigue a la tercera temporada que Disney+ estrenó en marzo de 2023. La presencia de Rotta el Hutt no miente así que hablamos, básicamente, de una nueva temporada. Lo dramático es que ni siquiera se trata de una temporada especialmente buena.
Estafa transmedia
Ampliando el marco a la Disney que controla Lucasfilm desde 2012, la estrategia es idéntica a cuando en 2024 el estudio estrenó Vaiana 2: una película que, aunque llegara a cines (y de hecho recaudara más de 1.000 millones de dólares), no era exactamente una película sino un ensamblado de episodios. En el caso de Vaiana 2, de una serie dedicada a Vaiana que había empezado a producirse años antes pero que, en medio del proceso, vino a reconfigurarse como un largometraje.
The Mandalorian and Grogu también es fruto de un cambio de planes. En abril de 2023 Disney y Lucasfilm habían anunciado efectivamente una película de The Mandalorian que sirviera de conclusión para el amasijo de series que habían ido llegando a Disney+ desde 2019: la propia The Mandalorian, El libro de Boba Fett y Ahsoka. La idea era construir un evento épico que precediera cronológicamente El despertar de la Fuerza (2015). Pues bien, The Mandalorian and Grogu no es esa película. De los planes de aquella película no hemos vuelto a saber nada, porque la que nos ocupa surge de lo que iba a ser originalmente la cuarta temporada de The Mandalorian. Una nueva tanda de episodios que justo iba a rodarse cuando la huelga de guionistas de 2023 entorpeció el proceso.
Jon Favreau y Dave Filoni, como creadores de la popular serie de Disney+, aprovecharon esa pausa momentánea para darle una vuelta. Llevábamos sin película de Star Wars desde las Navidades de 2019, cuando El ascenso de Skywalker había soliviantado a los fans y mostrado de forma cristalina el caos e incompetencia con que se había gestionado la marca desde que cayera en manos de Disney. En todo este tiempo, la sucesión de películas frustradas y directores huidos había alcanzado un punto paródico. La credibilidad de Star Wars —y en particular de Kathleen Kennedy como presidenta de Lucasfilm— estaba bajo mínimos, y no era difícil llegar a la conclusión de que en el tiempo transcurrido solo The Mandalorian y Disney+ habían dado motivos para la alegría.
Así que Kennedy hubo de priorizar la producción streaming. Y esto, al margen de lo bien que funcionaran las temporadas de The Mandalorian o una obra tan aclamada como Andor, terminó reforzando la figura de Dave Filoni. Filoni, discípulo de Lucas y responsable de The Clone Wars —sí, él mismo había impulsado aquel film de 2008, junto a buena parte de la posterior producción animada de Star Wars—, nunca dejó de ascender en este contexto. Su reciente nombramiento como máximo líder de Lucasfilm, después de la inevitable dimisión de Kennedy, es una noticia que se entiende mejor junto al estreno de The Mandalorian and Grogu. Un proyecto de escrupulosa continuidad con la serie, que vuelve a dirigir Jon Favreau y a encabezar Pedro Pascal.
Lo lógico habría sido entonces que este difícil desarrollo condujera a un producto mucho más definido por obras previas. No es el caso. La apatía que, por ejemplo, ha terminado generando Marvel puede explicarse por la sobredosis de series que hay que tener presentes con cada nuevo estreno, y es algo que Favreau (curiosamente, exdirector de Marvel que además hace apariciones esporádicas como el personaje Happy Hogan) ha decidido esquivar. The Mandalorian and Grogu es una película que puede disfrutarse sin un conocimiento amplio de Star Wars. Ni siquiera hay que llevar la serie al día. Algo que de entrada suena bien, pero que también explica su total inanidad.
La conquista de Disney+
Es lo que sorprende en un artefacto por lo demás alérgico a las sorpresas: no ocurre absolutamente nada importante en las más de dos horas que dura The Mandalorian and Grogu. Es una cuarta temporada de The Mandalorian con todas las de la ley —que solo consta de cuatro episodios, sí, aunque podamos distinguir dónde empezaba y acababa cada uno en el plan original con aún mayor virulencia que cuando los distinguíamos en Vaiana 2—, a la vez que es una cuarta temporada con los énfasis dramáticos al mínimo. En instancias previas, mientras hacía múltiples guiños a obras aledañas, la serie gustaba de involucrar a los protagonistas en peripecias de mayor o menor escala: escaramuzas contra los restos del Imperio, la recuperación de Mandalore, etcétera.
Esto no es así en The Mandalorian and Grogu. Una vez la relación de los personajes titulares se ha oficializado como la de un padre y un hijo adorable —que, como no crece ni habla ni hace otra cosa que invocar el meme, más bien deberíamos considerar una mascota—, el argumento se limita al rescate de Rotta el Hutt en el marco de la colaboración de este cazarrecompensas con la Nueva República. Y eso es todo. Hay una apuesta decidida por el minimalismo que indudablemente remite a los inicios de The Mandalorian, no por casualidad los más apreciados por los fans.
Y alguna virtud queda de ahí. La imponente banda sonora de Ludwig Göransson —que en este filme crece más allá del tema principal, probando sintetizadores futuristas o nuevas melodías acordes a cada planeta por el que pasan los protagonistas—, en contrapartida a la agradable sensación de no hacer otra cosa que vagabundear entre monstruos alienígenas. También, es de justicia admitirlo, se percibe un sano entusiasmo al ejecutar las escenas de acción. No el suficiente como para justificar la proyección en salas IMAX de la que tanto está presumiendo Disney, pero sí basta para poner en cuarentena la asunción de que el molde televisivo es indisociable de lo barato.
Porque The Mandalorian and Grogu demuestra que, para que una película sea propiamente una película, no es suficiente con que lo parezca porque haya habido cierto despliegue de medios y las escenas de acción estén mejor planificadas que la norma actual en Hollywood. No habría que llevarse a engaño porque The Mandalorian and Grogu se acerque en algunos tramos a ser espectacular —una secuencia concreta, planteada como un homenaje chalado a unas criaturas aparecidas momentáneamente en Una nueva esperanza, tiene bastante gracia—: esto, como ya lo era Vaiana 2 u otro producto tan mediado por el influjo Mandalorian como Predator: Badlands, es puro contenido de plataformas. Su hogar natural es Disney+, de donde nunca debería haber salido.
La mayor evidencia está en lo que le queda al artefacto si lo apartamos de todos sus fuegos de artificio —ya sean la música, los efectos prácticos o las cucamonas de Baby Yoda— y solo hallamos un vacío abigarrado, que entre los diálogos bochornosos y la cantidad de marionetas se parece más a Barrio Sésamo que a Star Wars. Todo un simulacro narrativo, presto a descartar cualquier intento de sentido de la maravilla —ese intangible que habría constituido el embrujo primario de la saga antes de convertir a todos los fans en dóciles perros de Pavlov— para conformarse con chispazos de disfrute episódico y recompensas emocionales momentáneas, llamadas a evaporarse al segundo. No hay argumento, no hay personajes, no hay inquietudes discursivas ni emocionales. Solo juguetes.
La marca Star Wars se ha fundido con la de Disney+ y ambas son indisolubles: es lo que demuestra The Mandalorian and Grogu de cabo a rabo. Han bastado siete años para ello y nada mueve a pensar que cambien las cosas en el futuro. Difícilmente pasará con Filoni de presidente de Lucasfilm y pendiendo el estreno de una nueva película para 2027 a cargo de Shawn Levy: el director de Deadpool y Lobezno, nada menos. Porque las cosas siempre pueden ser aún más deprimentes.