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Daniel Gamper, filósofo: “A los gobiernos les interesa que la gente obtenga descargas constantes de dopamina”

Chema Seglers

Barcelona —
17 de enero de 2026 22:49 h

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Después de haber ganado el Anagrama de ensayo en 2019 con Las mejores palabras, un libro sobre el valor de la palabra democrática, Daniel Gamper (Barcelona, 1969) se inmiscuye ahora en el fenómeno de la risa, ataviado con la curiosidad, el ingenio y la lucidez del filósofo y profesor que es. Su último libro ¿De qué te ríes? Beneficios y estragos de la broma (Herder) explora los contornos de la risa, sus ángulos, su contenido; desde la risa que reconoce al otro y lo integra hasta la carcajada que lo discrimina y lo separa.

¿Cuándo fue, entonces, la última vez que se rio usted? ¿Y de qué se rio? ¿Por qué? En una sociedad que transita a la velocidad de las redes sociales, cosechada hasta la extenuación por infinidad de risas masivas a golpe de tuit, Gamper extrae la lupa, contempla y pone especial atención en la risa privada e íntima, la del hogar, la que se da sin intermediarios entre uno y otro, y que nos permite suavizar la hostilidad del mundo.

¿Por qué un libro sobre la risa?

Me interesó lo que sucedió con las caricaturas de Mahoma en un diario de amplia difusión, ese vínculo entre la broma política y la violencia. Resulta difícil escribir sobre ello cuando se combinan muertes y risas, porque se mezclan y se entrecruzan muchas cuestiones delicadas. Es un nudo complejo. Para algunos etólogos, la risa es agresividad, porque, de algún modo, indica al otro que no forma parte del grupo, y, en ese sentido, la risa es divisiva. Piensa, por ejemplo, en el miedo de los niños a ser objeto de burla en el patio de un colegio.

Puede abrir una gran herida, sí.

Claro, porque incide en la autoestima del niño. Que se rían de ti puede significar una falta de reconocimiento. Tan solo eres el objeto de la burla, de la risa de los demás. Según varios etólogos, en la mueca de la risa abrimos la boca y mostramos los dientes obscenamente, como el depredador que acaba de cazar una pieza y está a punto de degustarla. En cierta manera, la risa nos animaliza. Es placentera y al mismo tiempo puede resultar agresiva.

Curioso, sí. Pero ¿podemos burlarnos de símbolos sagrados? ¿Debemos? Pienso en revistas como Charlie Hebdo y Mongolia.

La broma se halla en el límite y normalmente la practicamos sobre aquello de lo que no se puede bromear. Si no, el humor de revistas como Charlie Hebdo, El Víbora o El Jueves no resultaría gracioso. Escenifican, en cierto modo, la transgresión, sí. En realidad, vivimos en sociedades muy secularizadas donde desacralizar símbolos sagrados, como el de la Virgen María, ya se percibe a través de un sentido común social en el que en ningún modo se pone en riesgo que los católicos sigan yendo a misa.

Es decir, que no peligra la posición social del catolicismo, ¿no?

Exacto. La burla sobre la Virgen del Rocío en TV3 no fue ninguna transgresión, porque, en realidad, ya es conformismo bromear sobre la religión católica. En cambio, reírse del islam no es lo mismo. ¿Por qué? Primero, porque se asesina y se instala el miedo. Y, en segundo lugar, deberíamos preguntarnos a quién le hace gracia una broma sobre el islam, qué efectos sociales se derivan de una broma de ese estilo. Por ejemplo, si existe la posibilidad de que una de estas bromas sea un perjuicio para los islamistas o dificulte su reconocimiento social, un humorista podría considerar no hacer ninguna broma al respecto.

Es obvio que en una democracia todo el mundo debe y debería hablar sin miedo, lo cual no implica que uno no deba asumir las consecuencias de lo que dice. Son las reglas del juego. También, el motivo por el cual un humorista puede dejar de bromear sobre grupos minoritarios no necesariamente debe de ser el miedo, sino que puede ser el buen sentido propio, como, por ejemplo, la restricción que nos imponemos a veces nosotros mismo al bromear sobre los homosexuales, las personas de color, etcétera.

Ciertas situaciones sociales también nos indican si debemos reír o no. Pienso en un funeral.

Sí, lo que pasa es que en un funeral se da una situación real y auténtica, en cierta forma, teatralizada, y, a veces, de la misma manera que no podemos contener las lágrimas, no podemos retener la risa. Ante la intensidad de un momento, se remueven las hormonas y puede producirse una risotada. En este sentido y en este caso, se muestra, en gran parte, la ambigüedad del ser humano.

Pero ¿qué es la risa?

La risa se puede abordar desde diferentes ángulos. Existe la risa vinculada a determinadas situaciones cuya finalidad es motivarla, despertarla, sugerirla, como las de los programas de humor; pero, también, aparece la risa que surge de una interacción, sin la presencia del humorista. En el libro, me interesa la función comunicativa de la risa dentro del ámbito privado e íntimo, es decir, aquella que se da dentro del hogar. Uno de los elementos cruciales en la educación de un niño, por ejemplo, es cuando le reprimes y le indicas que, no, de esto, en casa, no se ríe.

Sí. Todos lo hemos experimentado.

Claro, porque la relación entre moral y risa es muy estrecha. Henri Bergson escribe que la risa es una llamada de atención a alguien que no se está comportando con la flexibilidad que exige el mundo. Por ejemplo, si alguien cae al suelo, casi que el primer impulso es reírse, porque debería haber andado correctamente y no caerse, según lo esperado del acto de caminar.

¿Se trata de la incongruencia?

Exacto, pero Bergson no participa del todo de la teoría de la incongruencia, aunque se acerca. Nos reímos de ti porque te caíste y no se trataba de caer, sino de caminar. Te recordamos, riéndonos de ti, que no estás cumpliendo con las normas sociales.

La libertad de expresión no consiste tanto en decir lo que quieres como en elegir aquello que quieres escuchar

Hace años, hubo una polémica alrededor de un tuitero que bromeaba sobre Irene Villa, víctima de ETA que perdió ambas piernas en un atentado. Sorprendió mucho que la misma Irene Villa restara importancia a esas bromas en contraste a la indignación que despertaron en redes las bromas del tuitero.

Irene Villa, lo que ella demuestra, es una madurez enorme, como si restando importancia a la broma viniera a decir que más dolor que la amputación de las piernas ya no se le puede causar. Hace poco, un australiano se rio de un niño con deficiencia y le penalizaron; o Natalia Valdebenito, una humorista chilena, se la denunció porque había bromeado sobre unos mineros fallecidos.

¿No se da en exceso una risa blanda y facilona que vulgariza, para entendernos, el aspecto más grave de la existencia?

La risa aligera la vida, nos hace sentir bien y los médicos la recomiendan. La persona que no ríe suele tener algún problema. Jesucristo, al menos en la Biblia, no ríe, aunque yo diría que en algún momento tuvo que reír. Pero aquí hay que mencionar los medios de comunicación, la radio y la televisión, porque, a veces, uno quiere aproximarse con seriedad al mundo y se hace difícil escuchar algo que no sea ligereza y risa facilona. Sin embargo, me da la impresión de que a los gobiernos les interesa que la gente obtenga descargas constantes de dopamina, que es lo que sucede al reír.

Ríanse y vayan riendo, que, de paso, les vamos apretando las tuercas, ¿no?

Sí, exacto. Por un lado, la risa, y, por el otro, el látigo. Es que nosotros somos el campo de cultivo de las plataformas, ¿no? ¿Dopamina? Sí, claro, y así nos mantienen entretenidos, porque reduce el peso y la gravedad de nuestra vida, nos la hacen más llevadera. Como te dije antes, el libro defiende la idea de reírse con las personas que viven con nosotros. Dirigirse con una sonrisa mejora el vínculo.

Raúl Gabás, filósofo, dijo que bromear es una forma de apelar a la inteligencia del otro.

Sí, y además es una de las estrategias de los comediantes. El oyente se siente inteligente descubriendo el entramado del chiste, de la ironía o de la broma.

Pero también está la frase de Francis Bacon, el pintor: “Y entonces el bufón comenzó a bromear en serio”.

La broma tiene un lado serio, y lo serio es interesante reflexionarlo, sin duda, aunque no está claro en qué consiste lo serio. En filosofía solo lo abordó Kierkegaard. El bufón es una figura que cuestiona el poder, sí, pero, está atrapado en la corte, es un elemento del engranaje. No pone en peligro la jerarquía del rey. Por eso, al bufón no se le debe perseguir, porque, si no, se convierte en mártir.

Es lo que pasó con la denuncia al rapero Valtònyc. Él no pretendía ser un mártir, quería ser un bufón, un travieso a través del contenido de sus letras. Pero, la unidad de España no es ninguna broma. Me da la impresión de que durante el procés se creyó que lo era. El programa de humor Polònia de TV3, al explicar lo que pasaba mediante el humor, se presentaba como si estuviera explicando, en cierta manera, la verdad de lo que sucedía, y así fue percibido por muchos televidentes catalanes.

Del procés no se podía bromear. El ánimo estaba muy caldeado.

Sí. España tampoco tiene mucho sentido del humor, no se ríe mucho de sí misma, aunque dudo de si algún país tiene sentido del humor sobre algún elemento crucial de su identidad. En cualquier caso, algunas bromas también son formas de respeto. En Catalunya no había ningún político que no deseara aparecer en Polònia. Si aparecías, estabas consagrado. Es un programa inteligente, hábil y en algún momento hace gracia. Eso está bien. Pero lo que cuestiono es que demasiada risa facilona pueda llevar a ciertas personas a creer que la política se resuelve bromeando sobre la realidad del otro.

Demasiada risa facilona pueda llevar a ciertas personas a creer que la política se resuelve bromeando sobre la realidad del otro

Hay un caso sobre la risa especialmente impactante. En los campos de concentración, es decir, en el infierno sobre la tierra, los propios prisioneros bromeaban. Se decían entre ellos que para qué debían despedirse si iban a encontrarse en las estanterías en forma de jabón.

Una manera de sobrevivir en un régimen totalitario, en el horror. Durante la dictadura franquista, y lo recojo de un libro de Vázquez Montalbán, se hacían chistes sobre el dictador, y la libertad de bromear sobre él se instrumentalizaba por parte del régimen. Un amigo mío rumano me comentaba que las bromas sobre Ceausescu eran omnipresentes durante el régimen del dirigente rumano, pero que debías tener cuidado a quien se las contabas, porque luego tu interlocutor podía delatarte a ti. De todos modos, diría que no existe un sistema al que no le interese que la sociedad tenga válvulas de escape.

¿Una sociedad más libre se abre sin reservas al humor? ¿Es más madura democráticamente?

No lo sé. Si tuviera que definir qué es Europa o lo que quería ser en su momento, diría que Europa pretendía ser un espacio que dotara a cada persona de suficiente seguridad y tranquilidad como para ser objeto de bromas y ser ridiculizada sin que peligrara o perdiera su valor y su posición en la sociedad. Es decir, que una broma no implicara una falta de prestigio o la pérdida de un papel en la sociedad.

El humor también se hace con palabras. ¿La democracia debe canalizar las mejores palabras?

Sí, sin duda. Lo que pretende la democracia, si miramos gran parte de la tradición de la filosofía política, es que la fuerza y la violencia no se expresen sin límites, es decir, que se encuentre un canal civilizado y pacífico y que las discrepancias se resuelvan mediante interacciones comunicativas decentes y potables. Por eso, la democracia debería cultivar una actitud de relación entre los ciudadanos basada en argumentos y razones, en la que se escucharan los unos a los otros. Este tipo de conversación social se presupone más o menos en el ideal democrático.

Pero la toxicidad de las redes sociales se esparce como una marea de aceite.

Sí, la extrema derecha las está colonizando y parece que los medios no pueden frenar esta dominación de las redes.

¿Cómo enfrentarse, entonces, a la extrema derecha?

No lo sé. Es muy posible que una parte de la sociedad, en concreto los más jóvenes, se sientan influenciados por estos mensajes tan pobres en argumentos, ¿no? Mensajes de antagonismos, de simplificación, de provocación… Es como estar en manos de la propaganda. Yo propondría la abstinencia de las redes, o el intento buscar fuentes fiables, con garantías.

¿Apostar por la vía cultural?

Sí, aprender a no reaccionar ante la provocación, limitarse a no escuchar. La libertad de expresión no consiste tanto en decir lo que quieres como en elegir aquello que quieres escuchar. Es decir, la libertad de expresión debe observarse desde el punto de vista ‘aparentemente’ pasivo, el de la escucha, que, en realidad, es el lugar activo. Elegir que no quiero escucharte. Y así ejerzo mi libertad de expresión. Escuchando y no tanto hablando. Elegir a quién le otorgas autoridad. De hecho, hay ya quien intenta desplazar el logocentrismo hacia el audiocentrismo.