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ENTREVISTA

Bernardo Atxaga: “Cada vez me interesan menos las voces narradoras de humanos corrientes, como yo”

Clara Nuño

19 de abril de 2026 21:38 h

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Dice que tiene que aprender a callarse, que expresa los deseos de un momento en público y eso queda como una verdad inquebrantable a los ojos de la prensa. Aunque luego cambie de opinión. Que cambia. Porque, cuando ha pasado el tiempo suficiente para olvidarse del cansancio de la última vez, le apetece hacerlo de nuevo. Por eso, Bernardo Atxaga (Asteasu, Gipuzkoa, 1951) dijo que se despedía de la novela en 2020 tras publicar Casas y tumbas (Alfaguara), obra que le granjeó el Premio Nacional de Las Letras en 2019. Por eso, sin embargo, ha escrito otra, Golondrinas (Alfaguara, 2026), aunque esta vez dice que no. Que no se despide. Que él lleva un motorcillo dentro que le impele a escribir. A seguir escribiendo. Y que así ha sido y, sospecha, será siempre.

De ese motorcillo, una “dinamo” —puntualiza el escritor—, ha salido su último trabajo; una novela que orbita en torno a la trágica muerte de José Manuel Ibar, Urtain, el boxeador suicida que, arruinado, se arrojó desde la terraza de un décimo piso de la calle Fermín Caballero, en Madrid. Era el 21 de julio de 1992. Tenía 49 años. Había sido doble campeón de Europa y, probablemente, era la figura más carismática de su deporte en España.

“Todo el mundo tiene una historia y esta historia, la de Urtain, se presentaba como aquella que se ha contado mil veces, la del deportista que consigue la gloria y la fama y luego cae y acaba fatal, pero yo no quería hablar de eso”, explica el vasco en conversación con elDiario.es delante de un café con leche y bien de azúcar. Pero las historias, todas, tienen capas y Atxaga confiesa que no quería quedarse con la más obvia. “Yo quería hablar del círculo del desamparo, de aquellos que han perdido su lugar, que se han visto desplazados de su sitio y ya no lo encuentran”, continúa.

Compuesta en tres movimientos, Golondrinas traza un arco que va de la juventud de Urtain hasta un futuro no tan lejano, cuando la vida de Pedro, un artista que conoció y admiró al boxeador —y que es un trasunto del propio autor— llega a su fin. Son las muertes de los personajes principales, y también los 25 años que suele durar la concesión de una tumba, las que marcan los saltos temporales de esta historia.

En la narración, pasado y presente se entrecruzan al ritmo de pecados de juventud que desembocan en conflictos vecinales, enemistades no resueltas, negocios turbios, silencios inquebrantables y bandadas de golondrinas que van y vienen, sobrevolando caseríos y colinas a diez metros por segundo. Criaturas a medio camino entre lo material y lo inmaterial, las golondrinas dibujan con su vuelo una suerte de hilo serpenteante que recorre una novela que se mueve a caballo entre el realismo, la fantasía y lo poético.

Tenía clarísimo que quería un narrador no humano porque no me interesan, para contar, las voces de las personas. Cada vez me molesta más la voz del humano corriente y moliente, como yo

Los narradores, que son varios aunque predomina una voz líder, son ángeles militares que todo lo ven y todo lo oyen desde sus atalayas. Ángeles caídos, sin pudor ni (en principio) misericordia. Aunque, como todo, esto último siempre puede cambiar. “Tenía clarísimo que quería un narrador no humano”, dice Axtaga. “Lo quería porque por un lado no me interesan, para contar, las voces de las personas. Cada vez me molesta más la voz del humano corriente y moliente, como yo”, confiesa y añade que, además, jugar con seres extraterrestres, fuera de lo mundano, también le permite jugar con el lenguaje: meter faltas de ortografía, comerse todos signos de puntuación que quiera, inventarse palabras nuevas o meter muchísimos tacos en lugares en los que no caben. “Uzariel [el narrador principal] habla fatal”, revela entre risas.

Además, meter a estos seres mágicos le permite escapar de los detalles. “Cuando narras desde el realismo hay demasiado detalle, te puedes perder en ellos. Así, en cambio, no”, opina para recordar su mundo de Obaba, que lo llevaría a la fama con su novela Obabakoak (1988) donde la narración, a veces, la conducían los animales. “Si te está hablando una serpiente, pues es una serpiente. No hay ayuntamiento, no hay elecciones municipales, claro, ¡es una serpiente! El mundo de los hombres le es ajeno, ella está en otro lugar. Aquí es un poco lo mismo”, continúa.

Pero los ángeles, por muy poco humanos que quieran ser, también sienten pasión, miedo, vergüenza, deseo y desamparo. De esto último, del desamparo, no se libra ninguno de los personajes, sea cual sea su naturaleza. “La soledad me interesa tanto, esta es una novela de soledades”, sentencia. Y, entonces, Atxaga retoma un recuerdo que lo ha acompañado durante la escritura de esta obra.

La soledad me interesa tanto, ‘Golondrinas’ es una novela de soledades

Hace años, queriendo estar él solo para experimentar eso, lo que es estar solo, se aisló en una casita en un pueblo, Villamediana del Cerrato, en Palencia. Y estuvo ahí metido nueve meses casi sin salir. Hasta que le tocó ir al dentista, en Palencia capital, y entonces sí tuvo que escapar de la casa —“pobrísima” en sus palabras—, que había alquilado. “El problema es que no tenía despertador. Yo me levantaba cuando me venía, pero claro, la cita era por la mañana pronto y en un horario muy concreto”, ríe. Entonces, llamó a la puerta de su vecino, un hombre muy mayor, que le prestó un despertador grande y pesado de estos que tienen un tic tac leve que nunca deja de sonar.

Cuando se lo devolvió, el hombre le dijo que tenía que comprarse uno, que cómo no lo tenía, si hacía mucha compañía. Y aquella frase le fascinó. “Me interesa la soledad como situación, no cómo un sentimiento psicológico, sino casi como algo tangible. Una situación que son muchas, es un poco caleidoscópica. Está la soledad física, pero también la de quien ha estado militando en un partido político y, de repente, ya no cree en ese partido o lo desechan como desecharon antes a otros”, declara.

El maltrato animal y la culpa

Una de las escenas más brutales de la novela es la muerte de un buey puestísimo de anfetaminas. Su muerte y el desamparo de su dueño, que quería mucho al animal. “Esa es una historia en la que crucé dos hechos: uno real que está basado en un encuentro que yo tuve hace mucho con un pastor una mañana de paseo y lleva dos bueyes preciosos y enjaezados y, otra, que no existió pero podría haber existido”, desarrolla el vasco. Porque, explica Atxaga, situaciones como esa a la que somete al animal hay muchas. “Cualquiera que conozca un poco los mundos de los que hablo en la novela sabe a lo que me refiero”, continúa. En su novela hay mucha miseria.

“Hay muchas historias posibles ahí, pero elegí la del buey porque ahí entramos en el terreno de la culpa, que es muy importante en todas las sociedades, pero en la que retrato más”, dice.

Culpa, muerte, desamparo y belleza en forma de golondrinas sobrevolando las cabezas de los que aún viven, mientras viven, son los ejes principales de una novela que busca explorar los finales de ciclo a partir de una muerte de una persona real y de otros que no lo son tanto, pero que podrían serlo. “Esta es la historia de Urtain, el hombre que lo odiaba, el hombre que lo amaba y cómo acabaron los tres”, zanja.