ENTREVISTA Autor de 'Letras torcidas'
Juan Cristóbal Peña, periodista: “En Mariana Callejas no se puede separar a la agente de Pinochet de la escritora”
Mariana Callejas (Monte Patria, 1932-Las Condes, 2016) fue escritora, anfitriona de talleres literarios, una mujer que se casó tres veces y tuvo cinco hijos. Pero fue también, y quizá sobre todo, una agente pinochetista que, como integrante de la temida Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), viajó por medio mundo persiguiendo a opositores de la dictadura.
En su casa se celebraban veladas literarias mientras, en otras dependencias, se preparaban atentados. En aquella mansión, a la que llamaban Lo Curro y que estaba situado a las afueras de Santiago de Chile, convivían la poesía y el terror. Hubo invitados que lo detectaron, pero otros, prefirieron no ver.
Esa vida, la de Mariana Callejas, es la que reconstruye el periodista Juan Cristóbal Peña en Letras torcidas (Debate), una biografía trazada a partir de testimonios, entre ellos el de la propia protagonista, además de otras entrevistas y documentación judicial.
¿Cuántas vidas tuvo Mariana Callejas? Porque probablemente la suya fue más que una doble vida.
Sí. Tal vez el título de “doble vida” se queda corto. Desde muy joven exploró vidas que incluso estaban en lugares opuestos entre sí. Se aventuró a un kibutz en Israel, vinculado a un ambiente socialista y comunitario. Allí entró en contacto con el comunismo a través de un grupo de amigos chilenos y participó en la fundación de un kibutz cerca de la frontera con Gaza.
En principio, estaba en un lugar completamente opuesto al que terminaría ocupando. Por eso es una mujer de vidas múltiples y difícil de encasillar. Porque aunque acabó siendo agente de inteligencia y, junto a su pareja, participó en algunas de las principales operaciones internacionales de la dictadura de Pinochet, no respondía al patrón clásico del agente de inteligencia chileno.
No solo porque cultivara la literatura, sino porque su perfil estaba muy lejos del conservadurismo. Podría ser una mujer que estaba más cerca de los movimientos new age de los años 70, un poco más hippie incluso, liberal en lo político incluso, y en lo sexual también.
Por eso cuesta clasificarla en un solo lugar. O sea que sí, que más que una doble vida, fue una mujer de vidas múltiples.
Una agente, una escritora y también alguien capaz de matar. ¿Es posible diferenciar esas facetas?
Ella las diferenció por completo. Pero tengo la impresión de que, si uno la analiza en conjunto, es imposible leerla sin que esa lectura se infiltre por el conocimiento de su biografía, particularmente de su compromiso y responsabilidad de los crímenes de la dictadura.
No se puede separar a la agente de la escritora, ni a la escritora de la mujer, la madre y la dueña de casa. Cumplió todos esos roles simultáneamente, sobre todo a partir del comienzo de la dictadura, aparentemente sin que eso representara un gran conflicto interno.
Creo que esa multiplicidad puede llevar a hacer interpretaciones apresuradas. Por ejemplo, pensar que ejercía la literatura para construir una fachada que encubriera su actividad como agente. No era así. Ella realmente era escritora y era agente. La literatura no era un caparazón para que no se la reconociese.
¿Qué lugar ocupaba la literatura en su vida?
Era lo que más le interesaba. Si había una convicción profunda en ella, estaba puesta en la literatura. Por lo demás, jamás delató a algunos de sus compañeros de los talleres literarios en los que participó ni llevó su actividad como agente a esos espacios.
O sea, no intentaba hacer proselitismo pinochetista en los talleres.
Exactamente. Y también, a propósito de las lecturas que se pueden hacer y que se han hecho de Mariana Callejas, no es que ella oficiara de agente para explorar un mundo que no conocía para encontrar fuentes de inspiración a su literatura, que también se ha planteado. La razón por la cual terminó siendo una de las piezas más importantes de la dictadura junto a su marido, fue mucho más prosaica. Fue más bien una necesidad económica.
No tenía una instrucción formal y tampoco una profesión definida, al igual que su marido. La DINA les ofreció una fuente de financiación, una casa, servidumbre, sueldo y la posibilidad de viajar por el mundo cumpliendo misiones. Junto con eso, había en ella un ánimo de aventura.
La razón por la cual terminó siendo una de las piezas más importantes de la dictadura junto a su marido, fue mucho más prosaica. Fue más bien una necesidad económica
¿Su gran frustración fue que no se la reconociera como escritora y que terminara pasando a la historia como agente de la dictadura?
Sí. En las entrevistas que tuve con ella en 2010, volvía constantemente sobre la idea de que su verdadera condena no había sido judicial, sino literaria: la cancelación de la que había sido objeto por sus vínculos con los crímenes de la dictadura. Llegó a decirme que habría preferido pagar con cárcel antes que con la cancelación de su escritura.
Y hay otro elemento. Después del asesinato de Orlando Letelier, cuando Michael Townley colaboró con la justicia estadounidense, Callejas quedó en una situación muy particular. Dejó de tener un lugar no solo entre los sectores opositores, sino también dentro de la propia dictadura. Era una mujer sin territorio, sin pertenencia.
Se reunió con ella varias veces. ¿Qué impresión le produjo la primera vez que la vio?
Fue inquietante. Tenía una mirada magnética, de esas personas que te clavan los ojos y no te los sueltan. Era una mujer seductora, o pretendidamente seductora, hasta los últimos años de su vida. Y no era en absoluto la imagen que uno espera de un agente de una dictadura de derecha.
Cuando llegué a su casa estaba escuchando Dead Can Dance, tenía incienso encendido y quería conversar de literatura.
Además, cuando la contacté por teléfono me puso una sola condición: que no la tratara de usted. Me dijo: «A mí no se me trata de usted». Eso da cuenta de cierta coquetería y de su voluntad de establecer una relación directa.
¿Estaba muy sola en esa etapa final de su vida?
Sí. Ella decía que tenía amigos, pero mucha gente se acercaba por curiosidad. Provocaba cierto morbo. La invitaban a comer una vez y después dejaban de hacerlo. Era una suerte de oscuro objeto de culto.
Aun así, persistía en frecuentar salones literarios, inauguraciones, lanzamientos de libros y círculos sociales donde cada vez era más rechazada. Y también insistía en intentar publicar. Iba con sus carpetas y sus originales a grandes y pequeñas editoriales.
Hablemos de sus comienzos. Antes citaba su vida en el kibutz. ¿Es allí donde ella se familiariza por primera vez con la violencia?
Yo creo que sí, porque allí aprende a disparar. Recibe una mínima instrucción militar o, por lo menos, de defensa. Hacía rondas y guardias y participaba en las tareas comunitarias, aunque no le gustaban demasiado las labores domésticas.
Al entrar en contacto en Miami con el mundo anticastrista es cuando decide que hay que ‘hacer algo’ en Chile. ¿Ahí comienza su giro político?
Sí. Estamos hablando de fines de los sesenta y, sobre todo, del momento en que Allende es elegido. Ella experimenta un giro que en apariencia resulta inexplicable, pero que también revela una constante en su vida: la búsqueda de identidad y pertenencia con muy poca convicción política.
Cuando regresa a Chile se incorpora a Patria y Libertad, un grupo paramilitar de ultraderecha que combatía al gobierno de Salvador Allende. En parte puede explicarse por su origen familiar y por el ambiente social del que provenía, pero también por ese ánimo de aventura y búsqueda de pertenencia.
Si las circunstancias hubieran sido otras, podría haber acabado en otro lugar. De hecho, eso también explica que escribiera cuentos sobre guerrilleros latinoamericanos. Lo interesante es que algunos de sus mejores cuentos, escritos cuando ya era agente de inteligencia, están protagonizados por guerrilleros de izquierda. Los retrata con mucha precisión y empatía. No los juzga moralmente: se pone en su piel.
Es muy perturbador que alguien que combatía a esos sectores pudiera escribir sobre ellos de esa manera.
Junto a su marido se convierten en los Towley-Callejas, una pareja que no respondía al perfil del militante promedio de los paramilitares de ultraderecha. Manuel Fuentes, los definió como “ese par de locos e imbéciles”.
Bueno, él era también uno de los dirigentes locos e imbéciles. En esa descripción de la pareja aparece el ánimo de aventura que les inspiraba. Siempre querían ir más allá de lo que se les pedía y demostrar que podían hacer más.
¿Qué la lleva a convertirse en agente?
En ella veo esos dos elementos: la necesidad económica y el ánimo de aventura.
Le atraía esa imagen del agente internacional que viaja por el mundo, cumple misiones y participa en operaciones secretas. Y la DINA les ofrecía los medios materiales para hacerlo.
Callejas y Townley participaron en operaciones internacionales de enorme gravedad, entre ellas el asesinato de Carlos Prats y su esposa en Buenos Aires, el atentado contra Bernardo Leighton y su esposa en Roma y el asesinato de Orlando Letelier en Washington.
A través de ellos descubrimos el interés del pinochetismo por acabar con los opositores que habían huido al extranjero.
Que era una prioridad. Pinochet y Manuel Contreras compartían la idea de extender la lucha contra el marxismo y perseguir a opositores más allá de las fronteras de Chile.
La DINA se vinculó con grupos de extrema derecha y participó en operaciones dentro de la Operación Cóndor. En ese marco, el objetivo era perseguir a quienes habían sobrevivido a la represión y habían salido al exilio.
Y a esta pareja se le encargaron algunas de esas operaciones.
Muchos lectores conocimos a Mariana Callejas indirectamente a través de Roberto Bolaño y Nocturno de Chile. Allí aparece una mujer que organiza talleres literarios en una casa donde también se tortura.
Creo que Bolaño recoge una serie de relatos y mitos que circulaban en el ambiente cultural chileno. Algunos estaban muy cerca de la realidad y otros tenían imprecisiones.
Lo que yo intento hacer es contrastar esos relatos con las evidencias y determinar qué vieron realmente los escritores y artistas que pasaron por aquella casa.
¿Por qué cree que tantos no se dieron cuenta de lo que allí ocurría? ¿O prefirieron no verlo?
Hay que diferenciar entre quienes pasaron ocasionalmente por la casa y quienes participaron de manera más permanente en los talleres. En aquella época había pocos lugares donde cultivar la literatura y divertirse, así que mucha gente podía acabar allí.
Lo más difícil de entender es que algunos escritores que permanecieron vinculados a la casa no repararan en las señales. Había vehículos con antenas y radiotransmisores, militares que hacían guardia, un laboratorio electrónico y otras evidencias de que aquel no era un hogar convencional. Pedro Lemebel llamó a ese lugar “el centro cultural de la DINA”.
Y, sin embargo, muchos escritores pasaron por allí.
Sí. Algunos testimonios indican que no repararon en lo que ocurría. Otros escritores que fueron alguna vez a una fiesta o a los talleres sí detectaron que había algo extraño. Situaciones en las que alguien se extravía buscando un baño y termina encontrándose con instalaciones de la DINA.
También era extraño que algunas personas pudieran desplazarse allí durante el toque de queda.
Eso explica, en parte, el interés posterior de Lemebel y Bolaño por esa casa: era un lugar donde la literatura convivía físicamente con la maquinaria represiva de la dictadura.
Su literatura fue premiada en tiempos en que no se conocía quién era. O sea, fue leída sin ese sesgo con el cual va a ser leída en adelante
Mariana Callejas recibió premios literarios incluso durante la dictadura. ¿Era una buena escritora?
A mí me parece que sí. Justamente los mejores cuentos son los que hablan de la gente a la que combatió. Son los cuentos que ella produjo al tiempo que era gente de inteligencia. Y hay que recordar que parte de su literatura fue premiada cuando todavía no se conocía públicamente su implicación con la DINA. En 1981 ganó el concurso de cuentos de La Bicicleta con un texto presentado bajo seudónimo. El jurado no sabía quién era la autora.
Eso permite evaluar, al menos en parte, esos textos sin el conocimiento posterior de su biografía. Además, gran parte de su obra fue autoeditada. No tuvo un proceso editorial regular, con alguien que trabajara los textos con ella.
Por eso creo que sus cuentos podrían haber sido mejores. Incluso en esas condiciones, me parece que está por encima de la media de la literatura chilena de su época.
Hay muchos buenos escritores que son malas personas.
Claro, pero distinto es ser criminal, ¿no? Ser un terrorista de Estado o el servicio de una dictadura.
Sí, eso es un paso más.
Ella excede esas definiciones de maldad o de corrección política. Ya estamos hablando de otra cosa.
También hay que considerar dos cosas. Su literatura fue premiada en tiempos en que no se conocía quién era. O sea, fue leída sin ese sesgo con el cual va a ser leída en adelante.
¿Debería publicarse su obra?
Es una discusión interesante. He escrito un libro sobre ella y reproduzco algunos fragmentos de sus cuentos, así que sería difícil que dijera que no se la puede publicar.
Pero creo que cualquier publicación debería incorporar el contexto de quién fue Mariana Callejas y de las circunstancias en las que escribió.
No es lo mismo publicarla en los años noventa, cuando todavía había enormes dificultades para abordar judicial y públicamente los crímenes de la dictadura, que hacerlo décadas después, cuando existe otra perspectiva histórica.
¿En algún momento pensó que podía haber gente que interpretase que con este libro se estaba blanqueando la figura de Callejas?
La gente que ha dicho eso, en general, no había leído el libro. ¿Por qué hablar de la vida amorosa de Michael Townley y Mariana Callejas? ¿Por qué contar la vida doméstica de una pareja de agentes de una dictadura?
Porque ha pasado el tiempo. La denuncia de los crímenes ya está hecha. Este libro también contiene elementos de denuncia, pero busca añadir capas de comprensión.
Ellos no dejaban de tener una vida doméstica por ser criminales. Tenían hijos, discutían, cocinaban, organizaban fiestas, tenían relaciones de pareja. Todo eso coexistía con los crímenes.
Ahí encuentro un paralelismo con Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt, o La zona de interés, y con la idea de la banalidad del mal: no se trata de convertir a estos criminales en monstruos incomprensibles, sino de entender cómo una vida cotidiana puede coexistir con actos de una violencia extrema.
Eso, para mí, es lo verdaderamente inquietante.