Manuel Rivas publica un ensayo sobre cambio climático y tecnoligarquía: “Conviene leer a Shakespeare y ver 'El Padrino' a la vez”
Todo se acelera pero en dirección contraria. O en dos direcciones opuestas. Y en medio, el ser humano. “Es una aceleración regresiva”, explica Manuel Rivas con una de esas paradojas entre profundas y divertidas con las que alimenta su estilo. “Y distópica”, añade. De lo que habla el autor gallego es de una época sometida al “progreso ilimitado” en la que “lo que menos importa” son las personas. Sobre esa idea base teje su último ensayo, A revolución dos vagalumes (Xerais, 2026; en castellano La revolución de las luciérnagas, Debate), un texto híbrido entre el manifiesto sociopolítico y la literatura periodística en el que reflexiona sobre la tecnoligarquía y el cambio climático. Y en el que, para entender lo que sucede, recomienda leer a Shakespeare y ver El Padrino a la vez.
“El libro es de la estirpe de Contra todo isto y Zona a defender [publicados en 2018 y 2020 en Xerais], son como los anillos de un árbol que va creciendo”, explica a elDiario.es con una de sus metáforas predilectas, la del árbol y los anillos. “Nace de la necesidad de pensar en qué tiempos estamos viviendo. Porque sentimos que todo se envilece, pero tenemos que pensar lo que pasa, no solo dejarnos arrastrar. La aceleración aturde”. A revolución dos vagalumes –el insecto remite a uno de los últimos artículos de Pasolini, que entendía que su desaparición indicaba un cambio de época– entiende que lo que pasa lo determinan, sobre todo, dos circunstancias: el calentamiento global y las multinacionales tecnológicas en manos de empresarios ultra.
“El cambo climático es el may day máximo al que nunca habíamos llegado”, se extiende Rivas (A Coruña, 1957): “La vida está en riesgo, en un trance dramático”. El escritor es ecologista de larga data, uno de los fundadores del capítulo español de Greenpeace a comienzos de los 80, y la preocupación ambientalista no solo informa sus ensayos, también su ficción. Por ejemplo, la última de sus novelas, Tras do ceo (Xerais, 2024; Alfaguara en castellano). Pero algo ha cambiado y en ello ahonda. “Por un lado, está ese máximo riesgo. Por otro, el solucionismo tecnológico mágico”, dice, “esa contradicción nos sitúa en un mundo de incertidumbre total”. Él aboga, en todo caso, por incorporar los derechos de la naturaleza a la Declaración Universal de Derechos Humanos. Y añade: “No se habla de ellos pero no porque los hayamos superado, sino porque están hibernando y no interesa que estén en boca de la gente”. La Asamblea General de las Naciones Unidas la adoptó en diciembre de 1948.
La ubicua sombra de Carl Schmitt
El caso es que el planeta se aproxima a un punto de no retorno, si es que no lo ha superado ya. La tecnología aspira a controlar hasta los sueños. Y la ultraderecha niega la realidad y avanza. Rivas ve la tenebrosa sombra de Carl Schmitt, el jurista nazi, por todas partes. Su figura responde a una vieja obsesión del autor: en su monumental novela Os libros arden mal (Xerais, 2006; Alfaguara en castellano) narraba su relación con España, primero durante la dictadura de Primo de Rivera, después bajo el franquismo, donde Schmitt se exilió. “Pero es que está en la mesilla de noche de Peter Thiel [magnate de extrema derecha, fundador de Paypal] y lo entiende como un profeta”, señala. A su juicio, algunas de las tesis más difundidas del alemán son de uso corriente entre las derechas: la dialéctica amigo/enemigo, el estado de excepción permanente, el decisionismo. “Es la cara de Aznar la que está ahí, la de Aznar es una cara decisionista”, apunta.
La reacción en curso va más allá de la Revolución Conservadora de Thatcher y Reagan. “Existe una larga directriz”, considera, en cuyo núcleo se encuentra lo que define como “bloqueo de la compasión”. El desahucio de Maricarmen Abascal en Madrid, producido el día anterior a esta conversación, como ejemplo. “La compasión desaparece de los discursos políticos. Es difícil escuchar discursos que no sean expulsivos”, afirma. El del sionismo sobre los palestinos es quizás el más estruendoso, argumenta a partir del crítico francés de cultura judía Georges Steiner. Y es que A revolución dos vagalumes está poblada de los sospechosos habituales en el pensamiento de Rivas: Steiner, sí, pero también John Berger, el marxismo antipositivista de Walter Benjamin, el citado Pasolini, o Karl Popper, “un liberal de verdad y no un narcisista tirano, como son la mayoría de los que ahora se dicen liberales”.
O Howard Zinn, el ensayista que redactó la mítica Otra historia de Estados Unidos (primera edición en 1980) y en el que se apoya el escritor para no caer atrapado por el pesimismo absoluto. “Él decía que el problema no era la desobediencia civil, sino la obediencia civil”, dice, “recordé esta idea a raíz de Maricarmen”. También por lo que denomina caso escandaloso y que recoge en el libro: los juicios a activistas climáticos en el Estado español, a los que piden penas de prisión por manifestaciones pacíficas. “Las varas de medir son diferentes, está claro, mira lo de Montoro, que yo comprendo que debe ser complicado pero...”, ironiza.
Custodiar el sentido de las palabras
A revolución dos vagalumes opera en un territorio mestizo. Su origen último fue una conversación con los editores de Debate, que lo animaron en la empresa. Bricolaje de citas y una escritura poética, Rivas explica que le interesa escribir como “un trabajo contra la extinción del aura, el brillo de la vida que portan las palabras”. “Es un trabajo ecológico recuperar esa aura de las palabras. Humildemente, sigo la estela de Berger o Galeano, alguien tiene que custodiar su sentido”.
Rivas no se fía finalmente de la contraposición entre imaginación y realismo. No en sus ensayos, tampoco en su literatura. “La imaginación es un medio de conocimiento de la realidad. Lo que pasa en Tras do Ceo”, admite, “está muy relacionado con A revolución dos vagalumes”. Ahora trabaja en una suerte de continuación de esa novela. En espíritu más que en trama. Sitúa su próxima obra, “aun en fase de exploración”, en los inicios del siglo XX, pero trata sobre el presente. El presente recordado. Al fin y al cabo, concluye, lo que busca una vez más es “desentrañar el poder” y sus manifestaciones armamentísticas, la esclavitud, el despotismo. Desde la perspectiva de las voces bajas, por supuesto, remata.
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