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Omri Boehm, filósofo: “La defensa de los derechos de un grupo no puede justificar que se pisotee la dignidad del otro”

Emma Reverter

24 de octubre de 2026 22:25 h

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Defender los derechos de un pueblo nunca puede justificar que se pisoteen los de otro. El filósofo Omri Boehm (Israel, 1979) sitúa esa exigencia en el centro de Universalismo radical. Más allá de la identidad (Taurus), un ensayo que reivindica la igualdad absoluta de las personas y cuestiona las lealtades políticas o identitarias que nos llevan a aceptar para otros lo que consideraríamos intolerable para los nuestros. Tres textos sustentan su reflexión: la Declaración de Independencia de Estados Unidos, ¿Qué es la Ilustración?, de Kant, y el relato bíblico del sacrificio de Isaac.

Boehm, profesor de Filosofía en la New School de Nueva York, ha participado en la Bienal de Pensamiento 2026 del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB).

Sus posiciones incomodan a distintos sectores: critica el sionismo y el uso de la memoria del Holocausto para justificar las políticas israelíes, pero también a los sectores de la izquierda que, a su juicio, no han condenado con suficiente firmeza los ataques de Hamás contra civiles israelíes. Su universalismo no busca un punto medio entre bandos: exige que ninguno pueda negar la humanidad del otro.

En su ensayo, Boehm intenta abrir una vía alternativa al debate de la identidad e indica que el universalismo radical puede ser —como sostiene a partir del caso de Israel, que conoce de cerca— la mejor manera de proteger la identidad nacional, ya que intentar preservarla sin esa premisa puede conducir a su destrucción.

En abril de 2025, su intervención en la conmemoración de la liberación de Buchenwald fue cancelada tras las presiones de la Embajada de Israel en Alemania. Pero, por otro lado, también ha cuestionado a sectores de la izquierda por lo que considera una condena insuficiente de los ataques de Hamás del 7 de octubre. Los posicionamientos que defiendan un universalismo radical no parecen contentar a nadie en este contexto.

Los posicionamientos universalistas son percibidos como un problema por muchos sionistas, por el Gobierno israelí y por personas como el embajador israelí en Berlín. De hecho, él ha afirmado que este universalismo solo pretende diluir la memoria del Holocausto y cuestionar el derecho de Israel a la soberanía. Llevo años siendo crítico con determinadas formas del sionismo. Mi crítica no se limita al Gobierno de Netanyahu: creo que debe ir más allá.

También he sido muy crítico con algunas de las formas en que se ha abusado de la memoria del Holocausto en contra del universalismo. Sin embargo, también me posiciono muy claramente contra el llamado “otro bando”: quienes consideran que los palestinos tienen derecho a resistir de cualquier forma y, por tanto, también a atacar a civiles israelíes, como si fueran meros colonos. Eso supone, en definitiva, negarles sus derechos humanos y su derecho a la protección. Me he opuesto muy claramente a ambas posturas.

¿Qué ofrece el universalismo frente a esas dos posturas?

Quienes conocen mi trabajo saben que no hago concesiones ni resto importancia, por ejemplo, a los crímenes israelíes o a las críticas al sionismo. No creo que un Estado judío pueda ser una democracia, y no necesitaba lo que ocurrió después del 7 de octubre para afirmarlo. Por otro lado, tampoco creo que atacar a civiles israelíes pueda ser legítimo. Así que sí, defender el universalismo supone cuestionar ambas posturas. En mi opinión, ambas posturas comparten una misma falacia: creer que la defensa de los derechos de un grupo puede justificar que se pisotee la dignidad humana del otro. Creo que muchas personas que se sienten atrapadas entre esas dos posturas encuentran en el universalismo una alternativa muy saludable. Pero eso no significa que sea una posición moderada.

No quiero dar a entender que la situación actual sea simétrica. No lo es. La situación en Gaza y Cisjordania es aterradora. Pero esa asimetría no justifica que la izquierda no condenara con firmeza los ataques de Hamás del 7 de octubre, incluidas las violaciones y los asesinatos de personas civiles israelíes. Ese error no es esencialmente distinto de los que hemos presenciado en el centro liberal a la hora de adoptar una postura clara contra los ataques israelíes contra los palestinos.

¿Cree que el electorado está preparado para un político que defienda el universalismo radical? ¿Cree que un partido político que apostara por el universalismo radical en unas elecciones podría ganar?

Sí lo creo. Creo que alguien que defendiera esa postura podría ofrecer una alternativa real frente a los discursos violentos que nos rodean. Un ejemplo interesante es Zohran Mamdani, el alcalde de Nueva York. Mucha gente me pregunta qué opino sobre Mamdani porque vivo en Nueva York. Por un lado, siempre ha habido dudas sobre la relación de la comunidad judía con Mamdani. Por el otro, la mayoría de la gente me identifica como un firme aliado de la causa palestina. Pero dado que Mamdani parte de una cierta posición poscolonial de izquierda muy progresista, la gente siempre me pregunta: “¿Qué opinas de Mamdani?”.

La verdad es que al principio no daba por sentado que fuera tan maravilloso como mucha gente de la izquierda suponía. Tampoco daba por sentado que no lo fuera. Simplemente, me mantuve neutral y lo observé. Y considero que las posiciones que ha adoptado, especialmente desde que se convirtió en alcalde, responden a un universalismo radical. Y está siendo muy coherente.

Por ejemplo, en su discurso del 4 de julio, Mamdani reivindicó los ideales de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, un documento que algunos sectores progresistas rechazan por sus vínculos con la esclavitud. Él, en cambio, lo defendió como una promesa de igualdad todavía pendiente. Esa lectura del potencial radical de los documentos históricos influye en su política.

Las posiciones que Mamdami ha adoptado, especialmente desde que se convirtió en alcalde, responden a un universalismo radical. Y está siendo muy coherente

Otro ejemplo es su posición ante una posible visita de Netanyahu a Nueva York: defendió que debía cumplirse la orden de detención de la Corte Penal Internacional y, al comprobar que su administración carecía de autoridad para ejecutarla, reclamó la intervención del Gobierno federal. También dejó claro que ese criterio debía aplicarse a los dirigentes de Hamás, cuyos ataques del 7 de octubre calificó de crimen de guerra atroz. Ambas posiciones, explicó, responden a un mismo principio: la universalidad de lo humano. Son palabras contundentes que echo en falta en buena parte de la izquierda progresista, donde incluso provocan indignación.

¿Qué nos dicen los recortes en ayuda humanitaria sobre nuestro compromiso con los principios universales? ¿Estamos renunciando a la idea de una responsabilidad compartida más allá de las fronteras?

Creo que los recortes que estamos viendo, también en la financiación de la ONU y de la ayuda internacional, son muy lamentables. Forman parte de una tendencia más amplia: el retroceso de unas relaciones internacionales basadas en el derecho.

Estados Unidos está atacando abiertamente a la Corte Penal Internacional y a la Corte Internacional de Justicia. La ONU también está siendo objeto de numerosos ataques. Y parte del problema es que quienes antes la apoyaban y creían de verdad en su misión ya no la defienden necesariamente con la misma convicción.

Los países de lo que hoy se denomina el “Sur Global” —un término que no me gusta— solían mostrarse muy escépticos ante proyectos como la ONU. Habían visto cómo esa cooperación podía utilizarse de forma cínica y abusiva. Por otro lado, los Estados del llamado “Norte Global”, especialmente los europeos, querían apoyar ese proyecto con una voluntad de contribuir al bien común, y no solo de promover sus propios intereses.

Pero ahora esos países también se están alejando de ese proyecto. Creo que debemos reconocer que este no es solo un momento de decadencia: también puede ser una oportunidad.

¿Oportunidad en qué sentido?

El orden mundial que se construyó tras la Segunda Guerra Mundial fue profundamente imperfecto. Hubo mucho cinismo y dejó sin protección a muchas de las personas que necesitaban su amparo. Pero la retirada de algunas de las grandes potencias que lo han sostenido plantea una pregunta fundamental: ¿no es precisamente ahora cuando debemos reivindicar sus principios y exigir que se cumplan de verdad?

Esa retirada puede abrir un espacio para las potencias medias, los Estados del llamado Sur Global y otros actores; organizaciones como Amnistía Internacional o Greenpeace. Todos ellos pueden hacer oír su voz e impulsar reformas en las normas y las instituciones internacionales, incluido el Consejo de Seguridad de la ONU.

La cuestión es qué queremos conseguir con esas reformas: ¿abandonar los ideales que dieron origen a ese orden o hacerlos realidad? Renunciar a ellos me parecería terrible. Creo que debemos defenderlos y exigir que se apliquen. Si la aspiración se limita a decir «ahora nos toca a nosotros imponernos y ejercer el poder», habremos desperdiciado una enorme oportunidad. La verdadera oportunidad consiste en ofrecer una alternativa que lleve esos ideales a la práctica.

Hace apenas unos días, en una entrevista con elDiario.es, la periodista y escritora paquistaní Fatima Bhutto, que también ha participado en la Bienal de pensamiento del CCCB, señalaba que la mirada centrada en Occidente deja fuera a miles de millones de personas. ¿Cómo podemos construir un orden internacional que dé voz y capacidad de decisión a esa mayoría?

Exacto. El llamado Sur Global reúne a la gran mayoría de la población mundial. Pero esas categorías también son difusas. ¿Pertenezco yo al Sur Global? Si fuera palestino, probablemente dirías que sí; como soy israelí, quizá dirías que no.

El artículo 109 de la Carta de las Naciones Unidas permite, bajo determinadas condiciones, convocar una conferencia de los Estados miembros para revisar ese documento fundacional. Existe, por tanto, una vía para intentar reformar la organización. Y hay iniciativas en este sentido. Creo que, en nombre del universalismo y del cosmopolitismo, deberíamos apoyar esas iniciativas con un objetivo claro: salvaguardar los ideales que la ONU debe defender. Precisamente para hacerlos realidad, algunas de sus instituciones necesitan una reestructuración.

Y el objetivo no debería ser simplemente transferir el poder al Sur Global ni sustituir los ideales de Occidente por los de otros. Cuando hablas con líderes de esos países que reclaman cambios, reconocen sin dudar que comparten los principios que sustentan ese marco. Y eso me da cierta esperanza.

¿Es optimista?

El hecho de que crea que lo conseguiremos o no es independiente de la cuestión de si creo que deberíamos intentar hacer algo. Y creo que incluso podríamos conseguirlo si lo intentamos.

Necesitamos un orden jurídico que proteja la dignidad humana: sin leyes, y sin un compromiso de respetarlas incluso cuando discrepamos de ellas, no podemos preservarla

En Universalismo radical plantea la posibilidad de negarse a cumplir una ley si va en contra de la dignidad humana ¿quién decide cuándo una ley es tan injusta que debemos dejar de cumplirla? ¿Cree que hoy en día los ciudadanos tienen la capacidad de pensamiento crítico necesaria para decidir qué es justo?

Es una pregunta difícil, y me alegro de que la plantees. En Universalismo radical exploro la tensión entre la autonomía —nuestra capacidad de pensar y juzgar por nosotros mismos— y la autoridad que exige obediencia. De esa tensión no se deduce que podamos desentendernos de las leyes. Significa que debemos comprender por nosotros mismos por qué tenemos el deber de respetarlas.

Para mí, la razón es nuestro compromiso con la dignidad humana. Necesitamos un orden jurídico que la proteja: sin leyes, y sin un compromiso de respetarlas incluso cuando discrepamos de ellas, no podemos preservar esa dignidad. Por tanto, no respeto la ley simplemente porque me convenga. La respeto porque considero que tengo el deber de hacerlo, incluso cuando va contra mis intereses e incluso cuando la considero injusta.

Pero ese mismo compromiso con la dignidad humana puede imponernos, en situaciones extremas, el deber de negarnos a cumplir una ley. Eso ocurre cuando llegamos a la conclusión de que la ley ha dejado de ser un instrumento para proteger esa dignidad y se ha convertido en un instrumento para aplastarla. Podemos discrepar sobre cómo contribuyen las leyes a proteger la dignidad humana. Pero concluir que las leyes de un Estado están dirigidas a destruirla es algo muy distinto. Es una situación extrema, y ahí puede surgir el deber de desobedecer.

Creo que uno de los logros de las constituciones europeas modernas es que aspiran a defender la dignidad humana y establecen mecanismos para protegerla. En ese marco también se reconoce un margen para la objeción de conciencia. Así es como caracterizaría mi postura.