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El inesperado regreso del disco más bello e influyente de la electrónica española

Rafa Cervera

11 de junio de 2026 22:27 h

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A José Luis Rebollo empezó a atraerle la idea de hacer música siendo adolescente. Sus estudios ya estaban encauzados así que se las apañó como pudo para desarrollar aquel interés. “Tenía un magnetófono y cuando volvía del instituto siempre estaba haciendo ruidos y grabándolos”, cuenta desde su casa de Bilbao. “Desmontaba el magnetófono, toqueteaba los circuitos integrados y con esos cuatro cables hacía mis ritmos. Y claro, cuando descubrí a los Throbbing Gristle, dije, ¡ah! pues esto se puede hacer”, dice en relación a un referente de la música industrial.

Cuando comenzó a estudiar Bellas Artes entró en contacto con la pintura, la escultura, el dibujo, pero seguió intentando hacer música aunque “sin instrumentos”: “En casa no había ninguno y hasta que no tuve dinero, no pude ir comprándolos poco a poco”. En esta explicación se condensa la esencia de Palais, que no solo fue su primer trabajo sino un disco fundamental en la historia de la música electrónica en España.

Aparecido en 1996 y firmado como Madelman, en referencia a las figuras, el disco supuso la consagración de un autor que interpretaba a su manera estímulos de todo tipo a través de instrumentos electrónicos. Palais fue una de esas obras que no necesitan vender decenas de miles de copias para convertirse en un título fundamental. El suyo fue un aterrizaje perfecto. Apareció cuando en España se establecía la electrónica como una nueva escena: los clubes y los dj ganaban presencia, la tribu indie iba perdiéndole el miedo a los sintetizadores. Con solo dos ediciones, el festival Sónar había empezado a apuntalar Barcelona como punto de fuga de esta corriente, mientras que sellos como Cosmos –que lanzó el disco– y publicaciones como Disco 2000 contribuyeron a esa consolidación.

Han pasado tres décadas de aquello, pero la idea de darle una nueva vida al álbum rondaba la cabeza de su autor desde hacía tiempo. “Lo notaba un poquito como abandonado y me hubiera gustado hacer algo ya en 2006, cuando cumplió diez años, y también cuando cumplió veinte...”. En 2015, mientras se formaba como profesor del método Feldenkrais —una técnica de movimiento corporal para mejorar la coordinación del sistema nervioso—, la profesora le pidió que eligiera alguna canción suya para los ejercicios de la siguiente clase.

“Llevé una de las de Palais, y cuando empezamos a movernos, funcionaba muy bien, no sentí que fuera una canción vieja. Conectaba con mí yo de ese momento, justo cuando estaba comenzando una nueva etapa profesional. Y me sentí muy satisfecho”. Ahí fue cuando Rebollo empezó a pensar seriamente en cómo recuperar el disco, que este 12 de junio sale en una edición limitada en vinilo, acompañada de un póster, a través de una colaboración entre el reactivado sello Cosmos y Austrohúngaro, la independiente que ha publicado todos los discos de Chico y Chica, la otra ocupación musical de Rebollo.

Esta nueva versión se titula Idem Palais y es, tal como lo define su autor, “un director’s cut del álbum”: “En estos casos, las versiones resultantes de las películas suelen ser más largas, mientras que lo que he hecho aquí es acortar el disco”. La idea principal era no repetir lo que ya estaba hecho, y aplicar una mirada actual de autor a un trabajo a priori intocable. Frente a los casi 63 minutos del original, Idem Palais dura 40, sin que esa reedición le reste ni una brizna de disfrute a la experiencia de penetrar en este viaje imaginario en el que se fusionan estilos electrónicos diversos, un álbum idóneo tanto para imaginar que flotas en el espacio exterior como para flotar dentro de uno mismo. “Tenía pendiente reencontrarme con estas grabaciones. Había varias tomas y finales alternativos que no fueron al cedé original, así que pude elegir. Se aprecia la nueva edición, el nuevo montaje, las nuevas progresiones”.

Muñeco articulado

Volviendo al principio de Palais, estos son sus orígenes. En su casa de Bilbao, aislado de todo, Rebollo había aprendido a hacer sus propias canciones. Sobre ellas cabalgaban sus gustos y las obsesiones que daban forma a su mundo. El más obvio quizá sea el nombre de Madelman, que viene del muñeco articulado que lo mismo podía venir equipado como astronauta que como buzo o pirata. Además, está la huella de los viejos festivales de Eurovisión donde no existía el voto telefónico. “En los noventa Eurovisión no le interesaba a nadie, pero para mí era la conexión con mi yo de los años setenta. Mi conexión con [el grupo belga] Tèlex, que cerraron el festival de 1980 y se clasificaron de los últimos, pero yo me quedé flipado viéndolos”.

Eurovisible, el tema inspirado por todo esto, es uno de los que reaparece revisado en Idem Palais. Tampoco se puede omitir el ascendente francófilo del disco, que va más allá de su título. Rebollo reconoce su debilidad por lo francés. “Un amigo mío dice que eso es porque a mí Francia me da mucho morbo. Tiene algo que me parece muy sexy, atrayente, casi de piel, muy sensual. Aquí también está muy presente una pieza fundamental de mi catecismo, La piel dura, de Truffaut, que es una película sobre la infancia”.

Otra referencia fundamental es Planeta prohibido. “Es una película que lo tiene todo. Tiene un cielo que es verde y un robot que viste a la protagonista con un vestido, con pedrería, con esmeraldas, todo, un robot que es una maravilla. Esa película es cien por cien mariquitismo y eso también tiene que ver con lo nuevo, lo desconocido. Nada de lo que hay en Planeta prohibido existe en la Tierra, por eso es pura ciencia ficción. Lo imposible está contenido en ella y eso es algo que tiene en común con la música electrónica”.

A continuación, Rebollo recuerda el día que, viendo la tele, se le apareció Steve Strange, el fallecido cantante de Visage. “Cuando lo vi por primera vez en Aplauso, él solo, haciendo cuatro movimientos con dos bailarinas, dije, ”madre mía, yo quiero eso“. Fue lo que me impulsó a crear un personaje que hiciera música electrónica. No había muchas más personas que hicieran ese tipo de música en solitario. Más tarde, Víctor Nubla [músico fallecido, miembro del grupo experimental Macromassa] me habló de un concepto acuñado por Robert Fripp, las pequeñas unidades portátiles e inteligentes. Seguí ese concepto a rajatabla. En Bilbao no había nadie a mi alrededor haciendo esa música”.

Entonces llegaron los noventa y trajeron el bakalao. Mientras, él escuchaba a Anna Domino, Kraftwerk, Yellow Magic Orchestra, Pet Shop Boys. Contactó con Servando Carballar (Aviador Dro) y participó en un recopilatorio de nuevos artistas electrónicos, Tecnobit, coordinado por él. Luego aportó el tema Eurovisible a la recopilación Disco 2000, donde también estaba Fangoria versionando a Cecilia en colaboración con los donostiarras Le Mans. “Estar en ese recopilatorio con Fangoria y Le Mans fue como decir, ”ya me han hecho caso“. Hasta entonces había estado solo y aburrido en Bilbao y de repente un sello como Cosmos te dice que lo que haces pega perfectamente con lo que estaba ocurriendo en Barcelona, la escena que ellos llamaban dance”.

A partir de ahí, todo fue una progresión ascendente. Concierto en el Sónar en horario estelar, la publicación de Palais, críticas laudatorias, conciertos en Francia, Alemania y Buenos Aires. “Fui a tocar a clubs, a sitios donde todo estaba programado de aquella manera, lugares que en algunos casos eran para salir corriendo. En general, no disfrutaba con mis conciertos, estaba deseandito volver a casa. A mí lo que me gustaba era que viniera la Liga Humana [Human League], con la Jo y la Susi, eso me gusta a mí, la gente un poco pintada. Por eso una de las cosas que más me impactaron fue conocer a Alaska y a Nacho Canut, que tenían un punto de vista similar al mío y podías hablar con ellos sin ningún tipo de tapujo. Fangoria era otro mundo, mucho más divertido. El resto eran siempre tíos con camisetas negras; ellos, en cambio, eran más travestis. Bueno, también estaban Cocó y Silvania, y Prozack, así que igual había más diversidad de la que creo”.

 Ese es parte del motivo por el que, a pesar de la buena acogida de Palais, no hubo más discos de Madelman. Otra razón es el tiempo. Paralelamente a Madelman, Rebollo creó el dúo tecnopop Chico y Chica con su amiga Alicia San Juan. “Fue una bocanada de aire fresco. Toda la orfebrería que quería hacer como Madelman, en Chico y Chica no era necesaria. Todo se hacía rápido, era divertidísimo, y encima, estaba acompañado. Porque no es lo mismo estar solo, cargando con unos aparatos que pesan un montón, en un pueblo perdido, que te dan ganas de tirarlo todo y salir corriendo, que compartir eso con otra persona”.

Durante los últimos 26 años, Chico y Chica ha ocupado el tiempo artístico de Rebollo. Un grupo de culto con una congregación de seguidores (Astrud hablaban de ellos cuando escribieron “todo nos parece una mierda menos lo vuestro”) que, más que fans podrían denominarse devotos, aunque no son tan numerosos como merecen las canciones del dúo, melódicas, pegadizas, con letras extravagantes. “La gente que me habla de Madelman, habla con desprecio de Chico y Chica. Y al revés. Es terrible, porque tú eres tú. Es como si te dijeran, ”ay, me gustas más sin pluma“ o, ”no te pongas tan serio, que tú tienes pluma“. Y no, para mí Madelman no es más serio que Chico y Chica”.

Durante estos años, Rebollo ha hecho música por su cuenta para exposiciones. ¿Habrá algún día disco nuevo de Madelman? “Lo único que hace falta es que lo haga, que me ponga a trabajar en ello. Se necesita tiempo, y un poquito de recursos. Pero, sobre todo, tiempo. El tiempo es dinero también”.