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Análisis

La tensión entre turismo y vida cultural: ¿las ciudades necesitan más estadios para macroconciertos?

8 de junio de 2026 21:58 h

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La directiva del Real Madrid está haciendo todo lo posible para que el Estadio Santiago Bernabéu vuelva a acoger macroconciertos cuanto antes. El Ayuntamiento de València suspendió este fin de semana el Festival de les Arts en la Ciutat de les Arts i les Ciències, un recinto afectado por una sentencia que instaba a cancelar o reubicar las actividades musicales. Los vecinos de Getafe y del barrio madrileño de Villaverde y hasta el delegado del Gobierno en la Comunidad de Madrid cuestionan que el recinto Iberdrola Music sea idóneo para acoger el macrofestival Mad Cool y la docena de conciertos de Shakira. En Barcelona, la Plataforma Stop Concerts sigue presionando para que el Parc del Fórum reduzca el número de macroeventos que alteran el descanso del barrio de Besòs-Maresme.

Todo estos casos evidencian una problemática creciente generada por los macroeventos musicales: la tensión entre quien quiere disfrutar de los conciertos y quien desea descansar. Es una problemática tan antigua como la música misma. No obstante, las molestias que pudieran causar un concierto en un local para 80 o 200 personas son incomparables con las que provocará un macroconcierto o un macrofestival para 80.000. Ahí ya no se generan solo problemas de volumen sonoro, que llegará muchísimo más allá del vecino del piso de encima, sino de riadas de público, de jornadas de montaje y desmontaje, de colapso en los accesos y servicios... A partir de determinado aforo, lo que queda alterado ya no es el descanso nocturno, sino el día a día de toda la gente que vive alrededor.

Esta problemática ya existía en los años 80 y 90, pero era muy ocasional. Un año actuaba Madonna, al siguiente era Bruce Springsteen, dos años después se reunían los Rolling Stones, U2 retomaba el oficio de estrellas de estadios al verano siguiente... Había tan pocos artistas capaces de llenar un estadio que más que un problema, era una anécdota. Y, por supuesto, no existían los macrofestivales. En la última década, la industria del ocio musical ha pisado con tal fuerza el acelerador de los macrofestivales y los macroconciertos, que cada temporada se celebran más macroeventos que la anterior. Por consiguiente, cada año hay más gente afectada por ellos en España. Y cada año lo está durante más días.

Más grandes, más habituales, más molestos

Por si todo esto no fuera suficiente, empieza a asentarse en España el modelo de residencias: lotes de cuatro, seis, ocho o diez macroconciertos en el mismo recinto. De Coldplay, Karol G, Taylor Swift, Bad Bunny… Y, claro, la paciencia de los vecinos afectados empieza a agotarse. Los que viven cerca de un festivalódromo intuyen que la política de explotación del recinto irá a más. Los vecinos del estadio de fútbol empiezan a asumir que este ya no volverá a usarse solo cada dos fines de semana, cuando haya partido, sino en cuanto lo solicite una promotora de conciertos. Y los clubs los alquilarán siempre que puedan. Son ingresos adicionales para unos recintos que están inutilizados 13 de cada 14 días.

Las remodelaciones del Bernabéu o del Camp Nou suponen inversiones millonarias que habrá que amortizar cuanto antes y ahí entra en juego el alquiler para eventos. Ya hay proyectadas reformas en los estadios Sanchez Pizjuán y el Benito Villamarín; ambos en Sevilla. Y también en Europa se planifican obras faraónicas. El New Trafford sustituirá el viejo estadio del Manchester United y acogerá hasta cien mil espectadores; un aforo altamente atractivo para promotores de grandes giras. En 2028 debiera inaugurarse el nuevo estadio de la Roma, para 61.000. En África también se están proyectando grandes estadios como el marroquí Rey Hassan II, a las afueras de Casablanca y con capacidad para 115.000 espectadores, o el del club egipcio Al-Haly de El Cairo, para 60.000.

La industria del ocio musical, liderada desde Estados Unidos, está exportando e imponiendo una forma de consumir la música en vivo cada vez más enfocada a los estadios y pabellones, en detrimento de las salas. En España se está viviendo también un boom en el sector de los pabellones. En 2025 se inauguró el Roig Arena de Valencia (con capacidad para 20.000 personas) y el Gijón Arena (cuyo aforo de 3.000 espectadores permite acoger en la ciudad asturiana giras de Anastacia y Love of Lesbian). En Barcelona, el Sant Jordi Club ampliará su aforo de 4.500 personas a 9.000, pese a estar pegado al Palau Sant Jordi (con capacidad para 18.000). Y Madrid ha consumado la ampliación del Movistar Arena a 20.008 localidades para superar por ocho butacas al Roig Arena y ha anunciado su nuevo Arena para 20.000 espectadores junto al Estadio Metropolitano del Atlético de Madrid, en asociación con Live Nation.

Manchester inauguró en 2024 el Co-op Live, cuyo aforo para 23.500 espectadores lo convierte en el mayor recinto cubierto de Reino Unido, superando por 500 al Manchester Arena, y segundo de Europa. El primero sigue siendo el Paris La Defénse Arena de Nanterre, inaugurado en 2017 a diez kilómetros de la capital francesa y con aforo para 30.000 personas. En 2021 y 2023 se estrenaron dos pabellones en Budapest y San Petersburgo con aforo para 20.000 personas. No hay gran ciudad europea que no tenga o que no planee tener cuanto antes su pabellón y estadio para macroconciertos; mejor aún, dos de cada. Las más ambiciosas también aspiran a construir un festivalódromo para macrofestivales.

Hacia un nuevo urbanismo pop

Empieza a asentarse un discurso sospechoso: una ciudad de verdad necesita macrorrecintos. Pero esta no es una demanda ciudadana. Los vecinos, si acaso, reclaman mejores servicios sanitarios, mejor transporte público, una recogida de basuras eficaz o escuelas con más recursos y más personal. Igual que no considerarán una prioridad ampliar el aeropuerto o atraer más turismo, tampoco exigen recintos más grandes para poder ver en su ciudad a las grandes estrellas pop del momento. Y si lo exigiesen tampoco podrían sostener estas peticiones bajo el argumento de que solo defienden sus derechos. La cultura es un derecho, por supuesto. Pero ver en directo a Beyoncé, Foo Fighters o Bad Bunny no lo es.

Esta fiebre por ampliar estadios, construir pabellones y habilitar festivalódromos es una ‘necesidad’ inducida por la industria del espectáculo, la del deportivo y la del musical, en tanto que sectores estratégicos de la madre de todos los motores económicos del país: la industria turística. Una ciudad con atractivo turístico ya no solo debe ofrecer ocio, gastronomía y monumentos, sino también una agenda de macroespectáculos que eternice la temporada alta para así disparar el potencial ya no cultural sino turístico y económico que estas giras puedan reportar a las ciudades. El caso del Movistar Arena es clarificador. En 2024 acogió 213 eventos; su récord hasta la fecha. Según el gabinete de Isabel Díaz Ayuso, el recinto generó un impacto económico en la Comunidad de Madrid de 577 millones de euros. El récord quedó pulverizado un año después, ya que en 2025 acogió 230 eventos. El Roig Arena ya estima que en su primer año de funcionamiento generará un impacto económico superior a los 150 millones de euros.

Todas estas cifras son más que cuestionables. Sobre todo, porque el supuesto impacto económico nunca beneficia al conjunto de la población sino principalmente al sector servicios vinculado a la actividad turística. Sin embargo, dejan entrever que lo que justifica que una ciudad necesite pabellones, estadios y festivalódromos es su condición de gancho turístico. Si tu ciudad no tiene un gran recinto no atraerá grandes giras. Si no acoge grandes giras, otra ciudad lo hará. Ante esta disyuntiva, siempre hay quien apunta que el único lugar donde disfrutar de grandes artistas son los grandes recintos. Es el enésimo chantaje de la industria musical. Resumen: estas son nuestras condiciones porque este es el modelo de negocio que más nos conviene y, por lo tanto, más vale que tu ciudad tenga un recinto adecuado para nuestros artistas porque nos hemos cansado de pasearlos por ocho salas pequeñas y preferimos una sola fecha a lo grande.

Falso dilema, eterno debate

A la industria del espectáculo le interesan recintos muy grandes para vender más entradas y obtener más beneficios por noche. A las ciudades les interesa tener recintos capaces de acoger giras que aumenten el flujo de turistas. A los recintos les interesa acoger el máximo número de eventos para rentabilizar la infraestructura. Pero, ¿dónde quedan las necesidades de los habitantes de las ciudades? El debate que genera la intensificación del uso de estos grandes recintos es un falso dilema impulsado por una industria del ocio musical que pretende que las ciudades se ajusten a su estrategia empresarial. Es el eterno debate entre un modelo de ciudad concebida como maquinaria para atraer turismo y dinero (para unos pocos) y otro modelo de ciudad pensada para satisfacer las necesidades de sus habitantes. Demandas entre las que, por supuesto, estará el ocio musical. Pero no forzosamente a gran escala. Ni, por supuesto, a cualquier precio.

La mayoría de obstáculos que dificultan al público disfrutar de la música son presuntas soluciones a problemas generados por la propia industria musical: pantallas para ver el concierto porque la mitad de las entradas no garantizan la visibilidad, actuaciones solapadas para dispersar al público hacinado en el recinto, zonas VIP para estar cómodo en espacios manifiestamente incómodos... Hasta hoy, estas problemáticas afectaban solo al público del macroevento. Ahora incluso vecinos que ni siquiera irán a esos eventos deberían aceptar sin rechistar las molestias que genera ese nuevo tipo de consumo musical impuesto por la industria. Y a la ciudad no le queda otra que acatar la nueva orden del capital.

En 1973 abrió el primer hipermercado en España y en 1977, el primer centro comercial. Hoy apenas podemos imaginar nuestro quehacer como consumidores de alimentos y complementos sin esos grandes recintos. El capitalismo de concentración ha alterado por completo nuestros hábitos mientras exterminaba el pequeño comercio y nos empujaba a comprar, a menudo, a las afueras de las ciudades. Con la música en directo estamos viviendo un proceso similar.