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Entre silencios

11 de julio de 2026 21:52 h

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Hace tres años, el departamento de comunicación de la fundación AISGE, que gestiona los derechos de actores, bailarines, dobladores y directores de escena, publicó un informe bastante representativo de lo que sucede en todo el ámbito de la creación cultural, incluido el más importante en términos económicos y de influencia internacional, el del libro. Entre otras cosas, afirmaba que sólo el 23% de los profesionales gana más de 1.000 euros brutos al mes, que el 44% está por debajo de la línea de la pobreza y que, en consecuencia, más del 50% se ve obligado a ejercer empleos no relacionados con su profesión, con lo que eso implica (Estudio sociolaboral, 2023). El objetivo de “vivir dignamente de su trabajo se halla más cuestionado que nunca” —se decía en ese momento— y, por si eso fuera poco, la “degradación de las condiciones laborales” y la derivada “sobreoferta de productos” conducían a una “pérdida de valor de los mismos” que haría “insostenible” gran parte del sector.

Esta semana, ACE Traductores ha puesto en marcha la encuesta de su nuevo Libro blanco de la traducción editorial en España, que cuando esté concluido será el tercero de los que haya elaborado. Quien no esté informado al respecto, puede pensar que, hasta entonces, no hay forma de saber en qué situación se encuentra ese grupo de trabajadores de la cultura, que también son autónomos en su mayoría; pero, teniendo en cuenta que la precarización no ha dejado de aumentar desde la publicación del texto anterior (del año 2010), es difícil que sus conclusiones se alejen positivamente de lo que sabemos hoy: “tarifas estancadas o a la baja”, “trivialización y devaluación de la producción social”, indefensión generalizada, imposibilidad de verificar las ventas de libros (de las que dependen las liquidaciones de derechos) y lo que se definía en suma, quizá con excesiva suavidad, como “alto grado de incumplimiento de la ley de propiedad intelectual por parte de los editores”. Como resultado, más del 70% no se podía dedicar en exclusiva a su oficio cuando se publicó el Informe de valor económico de la traducción editorial (2017).

Por si les parece que los ejemplos anteriores son excepciones a la norma, añadiré algunas de las afirmaciones de la Encuesta de análisis del sector profesional de la ilustración (2025), que será la base de otro tercer libro blanco, el correspondiente a las circunstancias actuales de los ilustradores e ilustradoras de nuestro país: “ocho de cada diez” trabajadores “han visto congelados o reducidos sus ingresos desde 2019”, un 70% tiene problemas de “demora o impago por sus servicios” y una “amplia mayoría ingresa menos de 1.000 euros al mes”, lo cual explica que en el año 2005 ya se diera el caso de que el 17% de los encuestados ni siquiera ganaran lo suficiente “para cubrir los gastos de la Seguridad Social”.

Como se ve, es el mismo brete, y prácticamente en la misma gama de cifras; con dos agravantes que quizá habrán imaginado: la brecha histórica de género, imposible de cerrar con sueldos cada vez más bajos y la aparición de la IA, que está expulsando a miles de profesionales y dañando la calidad de las obras sin más utilidad real que la de aumentar los beneficios de las grandes empresas y de cuatro multinacionales.

Algunos de los que pertenecemos a dichos sectores —no cito más por falta de espacio— somos muy conscientes de que nada de lo planteado aquí tiene solución si no rompemos el silencio, nos movilizamos y desvelamos la imagen de la cultura en España, que desde luego no es la de un puñado de famosos televisivos; y al tratarse de ocupaciones tan diversas, tampoco se puede avanzar mucho si los actores, traductores, escritores, ilustradores, músicos y demás seguimos luchando estrictamente en nuestro campo, por la sencilla razón de que la propia disgregación nos resta fuerza y, de paso, impide un más que necesario intercambio de experiencias, algo particularmente grave cuando se trabaja en el mismo sitio, como sucede a menudo en el teatro. Pero, por supuesto, falta un factor esencial, el motivo de que se haya llegado a semejante situación: el desinterés de las administraciones públicas españolas, que a diferencia de casi todos los países de nuestro entorno, ni siquiera han sentado las bases de una verdadera política cultural, que pasa por conceder un tratamiento específico a los creadores y creadoras.

El grandísimo Peter Brook declaró en Between two silences que él nunca había tenido problemas de dinero a la hora de dirigir, y no porque fuera rico —que no lo era—, sino porque puenteaba la cuestión por el procedimiento de limitarse a “usar los medios disponibles”, es decir, lo que hubiera, por poco que fuese; de hecho, es lo normal cuando la creación es una forma de vida. Lamentablemente, el mundo donde dijo eso no es el mundo en el que estamos: aunque la UNESCO insista en recordar que la cultura es la clave del futuro de la humanidad (Informe mundial sobre políticas culturales), los hechos dicen que la creación ya no da ni para pagar medio alquiler en una ciudad media. Estoy seguro de que, al final, se caerá en la cuenta del tremendo error que se está cometiendo. Esperemos que no sea demasiado tarde.