La portada de mañana
Acceder
La conjura de la derecha judicial contra el Gobierno y la amnistía fracasa en Europa
Qué puede cambiar en el Reino Unido con el nuevo primer ministro
Opinión - 'Justo en vísperas del 18 de julio', por Rosa María Artal

Crítica

Pepe Viyuela encarna a un furibundo, anticapitalista y estupendo Timón de Shakespeare

Mérida —
17 de julio de 2026 21:41 h

0

La fuerza actoral de Pepe Viyuela pudo de nuevo con el Teatro Romano de Mérida. Pero en esta ocasión no fue gracias a un papel cómico, sino galopando a lomos de un personaje amargo, bien negro y resentido. Viyuela es Timón de Atenas, un noble de una generosidad desmedida que cuando se arruine y nadie lo ayude se transformará en un anacoreta lleno de odio hacia sus congéneres. En un protoanarquista cabreado.

Timón de Atenas es una de las obras “raras” de Shakespeare. Nunca la estrenó en vida. Los teóricos creen que está en cierto modo inacabada, que el inglés la abandonó cuando se le cruzó otro proyecto, nada menos que Coriolano. Timón es una de sus obras menos representadas. En España, la llevó a escena Ariel García Valdés con Lluís Homar en los noventa. Francisco Suárez la dirigió en este mismo festival en 2008 y el último montaje, de la compañía La Brutal con Julio Manrique a la cabeza, fue hace doce años.

Ahora le ha llegado el turno al argentino Hernán Gené, director ya senior que además es teatrero de raza. Hernán es hijo del gran Juan Carlos Gené, uno de los hombres de teatro más relevantes del siglo XX latinoamericano. Desde que este director se quedó a vivir a principios del siglo XXI en nuestro país ha dado buena cuenta en numerosos montajes de su saber y buen hacer. En esta ocasión tampoco ha decepcionado. Es un director con olfato y aunque es un especialista en el clown y el teatro físico, Gené no se ha perdido en vericuetos cómicos y ha sabido centrarse en la naturaleza negra de la obra, que es donde reside su verdadera fuerza.

La escenografía, que firma Mónica Florensa, da ya muchas pistas de la orientación que este director ha querido dar al montaje. Una escenografía simple, mínima, que aparece cubierta por una tela negra al comienzo de la pieza. Gené, en ese ambiente funesto, incluso gótico, se atreve a comenzar por el final de la obra, con Timón ya muerto. Una declaración de intenciones donde el director deja bien claro que no es la trama lo importante.

La trama de la obra, por otro lado, es bien simple. Timón, noble y rico ateniense, vive rodeado de los que cree son sus amigos. Con ellos es de una generosidad tan grande como inconsciente. Todos se aprovechan. Al final, de tanto dar se verá en la ruina. Pedirá ayuda a sus amigos, nadie se la dará. Desilusionado del mundo se irá a vivir a las afueras de la ciudad, donde comerá raíces y dormirá a la intemperie.

Shakespeare “anticapi”

Es ahí, ya en el tercer acto, cuando Timón sufre una metamorfosis. Un cambio total de personalidad. El resultado es un ser desengañado que luchará con todas sus fuerzas contra la sociedad, el ser humano e incluso la vida misma. Por su boca saldrán, quizás, las palabras más duras que escribió Shakespeare contra el género humano. Timón se convierte en un eremita descreído y 'anarca' que despotrica contra todo: la amistad, el amor, la justicia y, especialmente, contra el dinero, en el que ve el elemento corruptor por excelencia. Pero no es el enfado lo que motivan esas palabras, sino la profunda convicción de que ha descubierto el verdadero rostro de la vida. No se bajará nunca de la burra y llevará sus ideas hasta las últimas consecuencias.

Es increíble cómo acoge ese cambio Viyuela, que se transforma en un verdadero Mr. Snoid, ese personaje de cómic que creó Robert Crumb al que Kortatu dedicó una canción, aquella que decía: “Odio a todo el mundo / estoy lleno de mezquindad / y rezo para que llegue / una guerra nuclear”. Viyuela, de igual modo, se convierte en un ser furibundo. Un anticapitalista de tomo y lomo que incluso cuando encuentra oro buscando raíces para comer lo utiliza para destruir Atenas. Dinero con el que financiará a las prostitutas, a los ladrones y al militar golpista Alcibiades (Miguel Uribe) para que así reine la confusión que acabe con todo.

La totalidad del elenco juega a favor de la propuesta. La obra inicialmente está pensada para 40 personajes. Aquí no son tantos, pero hay unos cuantos y los actores tienen que ir desdoblándose con agilidad y juego. Aparte de su fiel sirviente Flavio (Esther Acevedo) y del filósofo cínico Apemanto (Tomás Pozzi) los demás personajes son más secundarios. Un aparte merece Pozzi, actor que da vida a ese filósofo que sirve a Shakespeare para dar réplica argumental al protagonista. La batalla dialéctica entre Pozzi y Viyuela es canela fina.

Pero lo dicho, todos están muy bien. Es un gusto volver a ver a Pepa Zaragoza con esa fuerza o al hijo del propio Viyuela, Samuel, que dibuja con tino el personaje del poeta. Completa el elenco una Beatriz Melgares llena de brío, actriz que hace dos años estuvo en este mismo teatro justamente con Coriolano.

Gené ha utilizado la versión que del texto hiciera Joaquín Hinojosa, versión que también ha podado con inteligencia para que el montaje no sobrepase las dos horas. En la primera parte de la obra, cuando la vida todavía es una fiesta, Gené dinamiza ciertas escenas con música de los Beatles o Madonna. Este recurso, de amenizar a los clásicos con música contemporánea para mover la escena y mantener entretenido al público, se ha convertido hoy en lugar demasiado común.

También se permite Gené la licencia de meter un periodista que nos narra la muerte de Timón como en un reportaje televisivo. No le hacen bien a la obra este tipo de recursos tan manoseados, alejan más que suman. El montaje, que está lleno de buenas soluciones teatrales, se sostiene por sí solo. Los diferentes registros que se utilizan, cercanos al clown y la Comedia del Arte, como esos senadores tan risibles como melifluos, son estupendos.

Pero no hay que engañarse, la obra es de Pepe Viyuela. En los dos últimos actos, se come la obra construyendo un Timón que más que trágico es terrorista. Timón es uno de los personajes más desconocidos de Shakespeare y merece mucho la pena. El inglés lo hará morir fuera de escena, no sabemos si se suicida o cómo acaba sus días, tan solo lo vemos hacer mutis por el fondo deseando la peste y el contagio a sus congéneres. Timón es de una modernidad aberrante, es el comienzo de la desobediencia civil, es un “anticapi” del siglo XVII en esa Inglaterra que comenzaba a “florecer” al capital. La obra, que estará hasta este domingo en el Festival de Mérida, llegará el 23 de julio al Festival Olmedo Clásico.