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Crítica

Ana Zamora consigue levantar un Valle-Inclán histórico y nunca visto

9 de julio de 2026 22:53 h

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Valle-Inclán ha renacido en escena con el estreno de Farsa y licencia de la Reina Castiza. Un Valle más Valle que nunca y nuevo a la vez. La culpable es Ana Zamora y su compañía Nao d’amores. El texto, nada menos que una de las obras donde el teatro del gallego comienza a mutar hacia el esperpento. Una época de su teatro oscura, por poco y mal representada, que Zamora consigue iluminar.

La obra transcurre a lo largo de un día en que la Isabelona, como buena borbona, sale de juerga a un baile de candil, que era cómo los jóvenes de la época se divertían por la noche. Sería, salvando las distancias, como hoy irse de rave. Era la manera que tenía la reina de poder pescar amantes tersos y de buen ver. La correrías de Isabel II fueron bien conocidas en esta reina que se movía entre el desenfreno y su confesor, el Padre Claret y Sor Patrocinio, aquella monja de las llagas que tan bien inmortalizó Valle.

Valle utiliza esta velada para mostrar la decadencia moral y política de la corte en todos sus estamentos. Convierte la corte en un gran guiñol, tan vivo como abyecto. Cada personaje, desde los criados hasta el rey consorte, está retratado en mueca, son fantoches con alma de títere. Esa visión satírica permite al autor el retrato de una época sin concesiones, un retrato lleno de libertad crítica donde no queda títere con cabeza.

Todo eso recoge Zamora. El teatro nuevo de Valle que todavía tiene retazos modernistas en el léxico y métrica, pero que ya mira desde otro lado y está dos pasos del esperpento. El juego teatral que recoge la tradición del sainete y Valle transforma en otra cosa. La vena popular llena de vida que Zamora sabe recoger en tonadillas de la época como el Tripili, en coplillas de tradición oral castellana o en ese “trágala perro, tú que no quieres la constitución” que los españoles cantaron desde Fernando VII hasta la Guerra Civil.

Qué importante es la música en esta compañía. Y en esta ocasión, con Isabel Zamora al piano, la música vuelve a relanzar el montaje, a elevarlo al conseguir iluminar los hilos que unen la prosa de Valle con el arte popular. Y es que Zamora sabe fusionar como nadie la investigación y la creación. La combinación del rigor con una clara apuesta por la creación (tanto a nivel actoral, de vestuario, de concepción espacial y de dramaturgia) consiguen que la directora alcance hallazgos memorables.

Un pequeño ejemplo: al comenzar la obra, la Isabelona (Paula Iwasaki) reina vertical en el espacio. Y en sus faldas enormes, que se despliegan por todo el escenario, descansa el pueblo, una sarta de muñecos dormidos en su regazo. La falda construye un ruedo emulando así la serie literaria que Valle comenzó a escribir y no pudo acabar, El ruedo ibérico. Sintético comienzo, tan metafórico como pertinente, ahí está toda España habitada con sus seres de cachiporra en vertical injusticia.

El proyecto del ruedo ibérico comenzó precisamente con uno de los libros más impresionantes de este autor, La Corte de los milagros, ejemplar donde el autor acomete la autopsia más despiadada sobre, precisamente, el reinado de Isabel II. Esa ligazón que hace Zamora entre la obra narrativa y el teatro de Valle es inspiradora.

Hay que recalcar que el teatro de Valle no solo no se estrenaba por su dificultad, sino también por razones políticas. Farsa y licencia se publicó por partes en la revista La Pluma en 1920, pero tardaría once años en estrenarse. Tuvo que llegar la II República Española para que la compañía de Irene López Heredia y Mariano Asquerino la estrenasen en el Teatro Muñoz Seca.

La obra recoge una época que dista 60 años del momento en que Valle lo escribió. Pero la intención es clara: hablar del pasado reciente y afrontarlo con furibunda mirada de presente. Valga una anécdota que ilustra esta voluntad. El historiador Melchor Fernández Almagro contó que Valle Inclán hizo llegar a Alfonso XIII la primera copia de la obra con este dedicado: “A S. M. el Rey D. Alfonso XIII. Señor: Tengo el honor de enviaros este libro, estilización del reinado de vuestra abuela Doña Isabel II, y hago votos porque el vuestro no sugiera la misma estilización a los poetas del porvenir”.

Durante la dictadura de Primo de Rivera, y bien que lo intentó con denuedo Cipriano Rivas Cherif, no fue posible. Alguien debería escribir un libro sobre la vida truncada, tanto política como teatral, de este madrileño. Lo tiene todo. Este montaje es en cierto aspecto un acto de justicia hacia él. Rivas Cherif siempre quiso montarla incluyendo las acotaciones líricas, como ahora ha hecho Zamora.

Hay cierta emoción histórica cuando los actores las dicen. Zamora las incorpora todo lo que puede a la acción dramática. Es increíble cómo encajan, cómo podemos oír a Valle describiendo con escalpelo a sus personajes. Un ejemplo es la descripción de Isabel II cuando flirtea: “Ríe la comadre feliz y carnal, y un temblor cachondo le baja del papo al anca fondona de yegua real”. Maravilla que desvela la mirada de Valle a sus personajes, desde la reina hasta el general Narváez (Rafa Ortiz) o el codicioso Soplón (Aisa Pérez).

Pero los hallazgos caen uno detrás de otro. Quizá el mayor esté en la manera de tratar actoralmente lo guiñolesco sin que se llegue a robotizar la mecánica del actor, sin caer nunca en la caricatura, salvando al personaje siempre. Incluso permitiéndose un homenaje como el que se hace con Jorobeta (Alejandro Pau), quien de repente sale de registro para acometer unas hermosísimas palabras —“Mi reino fue una nube de verano…”— con toda la dignidad del pueblo llano.

El secreto de este montaje está en la medida. En tratar todo con equilibrio, con mala leche, pero sin llegar a la caricatura que reste vida y juego. Un gran ejemplo es cómo está tratado el rey consorte, Francisco de Asís y Borbón (Miguel Ángel Amor), de quien cantaba el pueblo lo siguiente: “Paco Natillas es de pasta y flora, y mea de cuclillas como una señora”. Zamora lo dibuja blando y afectado, un tanto histriónico y melifluo, pero sin ensañarse nunca.

Un elenco que brilla

Todo el elenco está magnífico. Un elenco muy joven que significa también una renovación de la compañía. Por último, señalar la escenografía y el vestuario a cargo de Deborah Macias y David Faraco. Son descomunales. Y lo son porque están entregados al juego escénico al mismo tiempo que a la metáfora. El juego con los sombreros, que servirán para que el actor cambie de personaje, no puede ser más efectivo. Pero, además, esos sombreros se construyen con los tabloides de la época que al principio están esparcidos por el espacio.

Los personajes surgen de esas letras impresas, de esa época, la de Isabel II, donde nacieron más de 600 periódicos. Una prensa que se leía en voz alta en cafeterías y ateneos. Combativa, parcial y punzante donde el trampantojo y la caricatura iba vistiendo a este país de carnaval funesto. Y qué decir de esas faldas de la Isabelona, que unas veces son ruedo ibérico, otras campo de lenocinio y otras palacio.

Este montaje debería girar por toda España y que el pueblo pueda mirar a su autor renacido, con fuerza, tan teatral como vanguardista, tan barriobajero como excelso. Cómo suenan hoy esas últimas palabras en este Madrid recalentado hasta la médula: “En el reino de Babia de la Reina Castiza rueda por los tejados la pelota del sol”.

Decía Manuel Machado que esta era la pieza más importante de las tres farsas que Valle publicó bajo el título Tablado de marionetas para educación de príncipes. Y en este último agraciado trienio teatral, en el que hemos visto tres muy buenos valles —Luces de bohemia, Los cuernos de Don Friolera y este montaje—, destaca sobre manera esta farsa, por innovadora, valiente e iluminadora.