Crítica

Laila Ripoll inaugura Almagro con un gótico Caballero de Olmedo que no termina de brillar

3 de julio de 2026 15:43 h

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Almagro andaba inquieto y eléctrico ante uno de los estrenos más esperados desde hace años. La directora de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, Laila Ripoll, dirigía un espectáculo por primera vez desde que fue nombrada hace dos años. Ripoll se la jugaba y lo hacía con todo un reto: El Caballero de Olmedo, una de las obras más conocidas y difíciles de Lope de Vega.

Se abrió la noche en la Plaza de Almagro con un espectáculo producido por el propio festival. La propuesta giró en torno a la baraja de cartas pintada a mano que se encontró en 1950 en una posada de la Plaza de Almagro. Una baraja que dio la pista de que bajo la posada estaba enterrado el que es hoy el centro neurálgico del festival y del teatro áureo, el Corral de Comedias.

Malabares, telas aéreas, acrobacias y contorsiones abrieron esta edición en una invitación al juego que el público supo agradecer y siguió pese a que en esos momentos jugaba España su partido en el Mundial de fútbol. Una 49 edición en que la imagen del festival, creada por Judit Canela, recrea de manera colorida y contemporánea aquella baraja que acabó siendo brújula.

Ya con la noche cerrada todos los ojos se centraron en el Hospital de San Juan, sede al aire libre de la Compañía Nacional en Almagro. Un inmenso telón rojo de tul se dejaba cimbrear por el viento. No quiere ser poética esta frase, sino señalar uno de los vectores principales de esta propuesta, en las que esas inmensas gasas juegan un papel fundamental.

Ripoll presentaba con esa imagen sintética su visión de esta obra escrita en 1620, en la que Lope de Vega se inspiró en una tragedia real que se había convertido en mito popular. Alonso, caballero de Olmedo, visitando la cercana Medina conoce a una mujer, Inés, de la que se enamora. Rodrigo, vecino de Medina y pretendiente de Inés, despechado y humillado por la brillante figura del de Olmedo, acaba matándolo.

Lope une en esta obra la trama amorosa, con cierto grado de enredo y comedia, con la tragedia de este joven agraciado que, aun viéndose correspondido en amores, tiene un final funesto. Una tragicomedia donde se unen muerte y amor, destino y fatalidad, de un modo que se adelanta dos siglos al sentir romántico.

Esa misma ha sido la propuesta de Laila Ripoll: llevar el drama al espíritu romántico del XIX. El espectáculo tiene una estética subyugante. Ese tul rojo será remplazado por otros más vaporosos y negros, que son como la niebla de otro mundo y transportan al espectáculo hacia lo fantástico. El escenario geométrico del artista plástico Arturo Martín Burgos y el vestuario de Almudena R. Huertas acaban de dar ese imaginario que tanto recuerda a la película de Gonzalo Suárez Remando al viento.

La estética del espectáculo, además, se apoya en el trabajo de vídeo de Álvaro Luna, que va enfatizando cómo la obra pasa del juego a la pesadilla, de la vida amorosa al canto fúnebre. Una pintura de un paisaje se proyecta en la escenografía metálica, un horizonte romántico que recuerda a aquel cuadro de Caspar David Friedrich, El caminante sobre el mar de nubes. Ripoll marca mucho la estética para conseguir convertir a ese Cabellero de Olmedo en un Lord Byron manchego.

La obra comienza ligera con su trama amorosa y sus versos limpios a ritmo de juego juvenil y vivo, pero la directora aprovecha cualquier ocasión para anunciar, presagiar, lo que se viene. Ya en el primer encuentro entre Alonso y Fabia (la alcahueta que interpreta una estupenda Arantxa Aranguren), la directora deja caer las primeras gotas góticas acercando todo lo que puede a Fabia hacia la brujería y lo fantástico. Esa Fabia ya no solo bebe de la Celestina de Fernando de Rojas, sino también de los cuentos de terror de E.T.A. Hoffmann.

Del romanticismo al terror

La polimetría de la obra —los narrativos romances, las sentidas décimas y las amorosas redondillas— son acometidos con más que solvencia por todo el elenco. El verso se dice claro, musical y con intención semántica. Se nota la mano de Eva Rufo y el saber de la propia directora. Se nota también la maestría de actores como David Lorente, que se divierte como nadie con los versos de Tello, el criado de Alonso.

Pero Ripoll lleva su apuesta más allá en la segunda parte y quiere pasar del romanticismo al terror, entrar en territorio gótico. La obra lo acepta, y el tercer acto tiene apariciones, fantasmas y es de claro sentir negro. Pero la alquimia teatral es caprichosa y el espectáculo no acaba de eclosionar.

La Compañía Nacional no había producido esta obra desde 1990, cuando Miguel Narros la dirigió. Es curioso que el primer director de la Compañía, Adolfo Marsillach, no decidiera montarla. No es una obra fácil y la dificultad no la dan los versos, que también, sino ese tránsito de la comedia hacia una tragedia de naturaleza moderna. El Caballero de Olmedo es la tragedia de un joven Werther manchego donde el ideal de lo bello se enfrenta a la muerte. Hoy, el recuerdo de los que la vieron el montaje de Narros es dadivoso, dicen que el Alonso que interpretó Carmelo Gómez era magnífico. Leyendo las críticas de la época, uno puede deducir que la memoria es más generosa que el juicio desde el presente.

Se podría argüir que las interpretaciones de los más jóvenes es una de las causas por las que el montaje no acaba de despegar. Pero esa razón es demasiado fácil. Tanto Víctor Saiz como Alonso, Elisabet Altube como Inés y Jorge Varandela como Rodrigo están a la altura. Aunque también es cierto que esta obra gravita sobre Alonso, sobre ese caballero que debe encandilar a los enamoradizos, subyugar a los aprendices de Rilke y hacer suspirar a los mayores.

Es lo que tienen los estrenos, son complicados, engañosos, hay que dejarlos respirar. No está dicho todo en este montaje que tras Almagro llegará a la sede madrileña de la Compañía, el Teatro de la Comedia; y que, si bien en su estreno no voló en emoción trágica, desplegó maneras, sabiduría escénica y potencia estética.

Laila Ripoll es quizá una de las personas del teatro que mejor conoce la obra de Lope de Vega. Su compañía, Micomicón, nació del brazo de este autor. Primero serían Los melindres de Belisa en 1992, luego llegarían El acero de Madrid, Mudarra… Ripoll nació con Lope, siempre anduvo con él y con él posiblemente acabe su carrera. Y este Caballero trastocado, lanzado a esa Inglaterra del XIX de los Shelley y Byron, es una enigmática rareza a paladear.