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ANÁLISIS

La vieja economía fósil se hace (otra vez) con las riendas de la economía y agita los ingresos de familias y empresas

2 de octubre de 2026 22:38 h

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Los combustibles fósiles vuelven a invocar a Jeff Curry y su teoría, que caló en los mentideros económicos y bursátiles de todo el mundo en el otoño de 2021 –el que precedió a la guerra de Ucrania–, en la que alertaba de que la vieja economía del petróleo y del gas volvía a ejercer su dominio sobre otro nuevo ciclo de negocios. Uno más. Ininterrumpidamente desde comienzos del siglo XX. Curry era entonces estratega jefe de Goldman Sachs, firma que dejó para asumir un cargo ejecutivo en el fondo de inversión Carlyle.

Aquella fue la primera oleada de un colapso energético en toda regla que ya se saldó con escaladas de precios y encarecimiento del dinero. Sin embargo, aquella fue originada por una ruptura abrupta del crudo circulante y agravada por el elenco de sanciones a Rusia, centradas en sus exportaciones de petróleo y gas y en el veto a realizar pagos en dólares, la moneda de cambio incuestionable en los mercados de la energía. Ahora, en su segunda versión, no existe ni problema de oferta –podría inundarse otra vez de crudo el mercado– ni cuellos de botella en la demanda, dada la creciente necesidad de los centros de datos de alimentar con todo tipo de combustibles su voracidad competitiva de la IA. Incluso con reactores nucleares. 

En consecuencia, el oro negro, símbolo de la monarquía fósil, oscila en torno a los triples dígitos. Sin que haya visos de que los petroestados del Golfo, productores como Rusia, EEUU o Brasil y mucho menos el poderoso cártel de la OPEP+ vayan a cortar sus espitas. Tampoco de que un hipotético aterrizaje más o menos forzoso de las economías globales –descartada en el horizonte cercano por las instituciones multilaterales y la banca privada– vaya a coartar los flujos petrolíferos.

Sin embargo, el barril vuelve a mandar. Por la ausencia de acuerdo en torno a Ormuz, bajo el doble control iraní y estadounidense, para impedir que opere el peaje de tránsito de Teherán y por el colapso de Ban el-Mandeb, que ha sellado el Mar Rojo hacia el Canal de Suez, obstruyendo dos de las arterias navales más utilizadas por petroleros y metaneros. Pero también por el ataque al oleoducto saudí East-West, la escapatoria de Riad para eludir Ormuz, por parte de los rebeldes yemeníes y las refinerías rusas inutilizadas por drones ucranianos.

Todo ello ha generado una paradoja casi surrealista. No falta petróleo ni gas, pero la factura de la electricidad rezuma y la inflación retorna a máximos del bienio 2023. Y el temor a que su fantasma reaparezca con fuerza y alargue la recién iniciada senda de tipos de interés altos hasta contraer las rentas familiares por el paulatino encarecimiento de hipotecas, ha retornado al subconsciente colectivo de los hogares y de las empresas, muy en especial de las pymes, que temen una fase de vacas flacas crediticias.

Los carburantes se disparan

Un buen termómetro de situación es el diésel. Porque la gran obstrucción energética se descubre ahora en el refino. Motivo de que la plana mayor de las energéticas españolas hayan puesto el grito en el cielo en varios foros recientes del sector por la carencia inversora en estas instalaciones, debido a la propensión a adquirir combustibles elaborados baratos del exterior.

El gasóleo ha contagiado el pánico por Europa a un desabastecimiento o, en el mejor de los casos, a tener que sufragar un diésel caro. El precio medio del litro de diésel en la UE ha superado los 2,226 euros y, en España, los 2 euros tras una escalada del 40% desde el inicio de la guerra en Irán. Con EEUU amenazando con no enviar más cargueros al viejo continente para tratar de aplicar paños calientes a su también desmesurado gasto en las gasolineras. Para lo cual se acaba de convocar en el Despacho Oval una cita lobista de la industria petrolera americana para prohibir la exportación de diésel y movilizar el voto republicano en las midterms. Por supuesto con el beneplácito del Grand Old Party (GOP), informa Financial Times.

De esta reunión salió una ocurrencia de lo más grotesca. Chris Wright, el zar energético de Trump, ha pedido a Europa --en concreto, a Alemania y Francia-- que los socios de la UE liberen 120 millones de barriles de diésel de sus stocks durante seis meses --un tercio de sus existencias-- en un intento de aumentar la oferta global y aliviar los precios. Francesco Sassi, profesor en la Universidad de Oslo, advierte de que una interrupción del diésel americano a Europa “provocaría suministros más caros con costes adicionales a familias y empresas” y que la medida “obligaría a los gobiernos de la Unión a emplear más escudos sociales” sobre los carburantes. El director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), Fatih Birol, también rechazó la propuesta, aduciendo que todavía hay un tercio de las reservas globales de emergencia para colocar en el mercado.

Las próximas entregas de diésel se han encarecido en un 120% de su valor respecto a febrero. La UE y Asia, con meses de subsidios a la energía y cada vez más protestas sociales son, una vez más, las cabezas de turco de la tensión energética por el voltaje geopolítico en Oriente Próximo.

¿Crisis energética o solo vientos huracanados?

Puede que aún no se pueda proclamar que haya otro energy-crunch como en 2022. Pero suscita pocas dudas entre los expertos que Europa vivirá un otoño y un invierno con riesgos de que se interrumpan bruscamente los envíos de gas licuado y diésel estadounidenses y de que su mostrada capacidad de almacenaje abra grietas de consumo y de producción. Por mucho que los traders del sector barajen desde hace semanas rutas navales alternativas que garanticen el flujo del petróleo y del gas. El mercado energético --recitan algunos—“cada vez se parece más a una red de carreteras en la que existen desvíos, pero con menos itinerarios despejados”.

La Agencia Internacional de la Energía (IEA) ha emitido una de las señales más reveladoras de este escenario. Los inventarios mundiales de petróleo han disminuido en 507 millones de barriles desde febrero, a un ritmo medio de 2,8 millones diarios. Sólo en agosto cayeron otros 95 millones. Mientras la oferta mundial se redujo ese mes en 1,6 millones de barriles al día y en más de 10 millones de barriles si se comparara con la capacidad plena de los productores del Golfo de colocar crudo en el mercado. Toda una revelación de que aún existe un excedente fuera de servicio por los riesgos de seguridad. Pero, por encima de todo, la constatación de que el petróleo no revela síntomas de agotamiento, sino que exhibe una brecha entre las tensiones geopolíticas y el equilibrio económico.

McKinsey Global Institute lo explica en términos comerciales. Dos tercios de los flujos energéticos mundiales atraviesan estrechos marítimos estratégicos y el 95% de la población global vive en regiones que dependen de sus importaciones de carburantes. La economía ha resistido hasta ahora gracias a inventarios, cambios de proveedores, rutas alternativas y capacidad excedentaria. “Pero resiliencia —alertan— no significa inmunidad”, aunque explica que esta crisis es la primera que no necesita generar colas en las gasolineras, como en los años setenta o, en menor medida, en décadas recientes, porque puede manifestarse de forma más silenciosa, con un barril por encima de los 100 dólares que impulsa la inflación al alza, propulsa los tipos de interés que hacen más caras las hipotecas y reducen el consumo y, en consecuencia, provocan rémoras de crecimiento y empleo. 

Es como si la energía entrara en las economías familiares por las visitas a las gasolineras y terminar recorriendo todas las habitaciones del hogar. En septiembre, el euríbor ha alcanzado al 3,25% en España. Porque Europa es aún muy sensible a este mecanismo de la Vieja Economía. Los socios de la Unión siguen adquiriendo buena parte de los hidrocarburos que consume. Entre otros motivos, porque conserva una industria intensiva en energía y afronta este nuevo shock con un dinamismo modesto y unas finanzas públicas menos holgadas que en la Gran Pandemia. Y la oligarquía petrolífera global es maestra en impulsar subidas sostenidas del petróleo y el gas, como enfatiza Curry, y en propiciar transferencias de rentas desde consumidores y empresas a firmas de energía.

A su favor, sorprendentemente, también juega un inesperado impulso de la actividad económica. En EEUU y en el Viejo Continente —incluido Reino Unido— el ritmo del primer semestre supera las expectativas privadas y la confianza empresarial augura otro trimestre, el tercero, de dinamismo creciente. Factor que aleja a todas las potencias industrializadas, prácticamente, de la temida estanflación. La inflación de la zona del euro ha escalado hasta el 3,8% en septiembre, seis décimas más que en agosto, y la cota más alta en tres años. Con datos del 3,3% en Alemania, del 3,4% en Francia, del 4,1% en Italia y del 4,9% en España. La inflación de las cuatro mayores economías de la divisa europea lejos del 2% del límite estatutario que gobierna el BCE.

Otoño caliente, invierno helado

El mes de septiembre ha encendido el carburador inflacionista y vuelve a añadir presión a Fráncfort para que decrete al menos otra subida de tipos antes de que finalice 2026. El consenso del mercado también se decanta por uno o, incluso, dos movimientos alcistas de la Reserva Federal en el último tramo del año.

Aunque todo está en el aire. Porque, pese a que hubiera bandera blanca en Ormuz y se superara el desacuerdo entre Washington e Irán para otro alto el fuego con tregua naval antes de las elecciones de medio mandato en EEUU quedaría sin resolver la obstrucción en los flujos de los productos de refino. La gasolina, el queroseno y, sobre todo, el diésel, mantienen un 50% menos de buques a flote por las dificultades para movilizar cargas de estos carburantes. En gran medida, porque una decena de refinerías del Pérsico fueron atacadas al inicio de la contienda bélica contra Irán y todavía no están a pleno rendimiento. 

Si el shock energético fuera más intenso y persistente y se transmitiera con mayor fuerza a salarios y precios internos, la inflación de la eurozona podría llegar al 5,4% en 2027, mientras el dinamismo del PIB retrocedería al 0,4%. No es la previsión central del BCE, sino su escenario severo. Pero no es descabellada su predicción sin un horizonte inflacionista despejado. De modo que la autoridad monetaria se enfrenta a una coyuntura que simultáneamente sube precios y resta vigor al PIB.

En EEUU, el panorama no es mucho más alentador. Su economía sigue revelando resistencia, lo que permite a la Fed dedicarse a combatir los precios. Pero el cóctel de petróleo caro, actividad resistente y expectativas de IPC persistentes, aunque más moderadas en agosto de lo previsto, siguen dando alas a la rentabilidad de los bonos y, en consecuencia, dejan en perspectiva una senda de dinero excesivamente caro.

Rob Kaplan, vicepresidente de Goldman Sachs y expresidente de la Reserva Federal de Dallas, observa ya una economía americana a dos velocidades. Mientras la inversión en IA y defensa continúa avanzando con enorme fuerza, sectores especialmente sensibles al precio del dinero, como la vivienda o el automóvil, acusan mucho más el endurecimiento financiero. “El shock energético amenaza con recetar más tratamiento de choque, que empieza a tener efectos secundarios sobre el consumo”, avisa. Aunque este factor de la demanda interna se ha mostrado vigoroso en agosto. Al igual que la productividad asociada a la IA, que ha generado 4 décimas al PIB cada trimestre de este año, convienen en calcular varios estudios recientes.

Mientras Seema Shah, estratega jefe de Principal Asset Management, detecta nubarrones sobre los beneficios empresariales con tipos al alza si las billonarias inversiones en IA --en especial, de las bigtechs– empiezan a generar dudas e insuflan volatilidad. A escasos días del inicio de la campaña de resultados del tercer trimestre. Shah llama la atención del binomio tecnología-IA. Porque el desenfreno por crear centros de datos, adquirir chips y asegurar capacidades eléctricas reivindica cantidades extraordinarias de capital y los llamados hiperescaladores (Amazon, Alphabet, Meta, Microsoft y Oracle) podrían emitir más de un billón de dólares de deuda adicional en los próximos años para financiar esa expansión.

Greg Peters, codirector de PGIM, tilda de histórico el volumen de deuda que llega al mercado. Y no solo desde las tecnológicas; también desde compañías que están readaptando sus emisiones para captar inversores. De modo que la IA promete, por un lado, abaratar costes y aumentar la productividad futura, pero, por otro, sus entramados exigen, en la actualidad y a priori, capital y energía a raudales; precisamente, cuando ambos se encarecen sin remedio.