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Análisis

“Alerta flequillo”: el corte de pelo que ha pasado de insulto machista a reivindicación feminista

29 de septiembre de 2026 22:31 h

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“Alerta flequillo”, “tu flequillo te delata”. Estos son algunos de los comentarios que Virginia Mendoza, diseñadora, ilustradora y un tercio del podcast feminista Radiobajeras estaba acostumbrada a recibir al publicar vídeos en su perfil. Este verano, al sumarse a un trend de redes que consistía en grabarse cortándose el flequillo precisamente como burla a esos insultos, recibió acoso online durante semanas. “Se unieron los incel, los misóginos y los fascistas y, de repente, mi post era ForoCoches”, cuenta.

Lo que le ocurrió a Mendoza no es una experiencia aislada. “La primera vez que vi un vídeo sobre la 'alerta flequillo', no lo podía creer” explica Inma T., peluquera y creadora del fanzine punk Murcia Tropikal. “Me di por aludida y sentí que a mí, y a muchas mujeres, se nos señalaba y ridiculizaba de una manera que nunca había vivido. Y, sobre todo, con un apoyo en red desorbitado”.

La “alerta” apunta a los flequillos más cortos que dejan las cejas a la vista y desafían la feminidad normativa. El pelo, como la investigación feminista especializada ha estudiado, funciona como una señal de género sometida a vigilancia que persigue un canon de docilidad y deseabilidad para la mirada masculina. La burla y el señalamiento a los flequillos que rompen con ese canon es, por tanto, una forma de disciplinarlos. Como explica la peluquera Inma T., esto se produce en un contexto de desaparición de este tipo de flequillos a favor de la proliferación de las estéticas de las clean girls (chicas limpias, de aspecto depurado) o las tradwives que popularizan las redes. El fascismo estético convive así con la aparición del fenómeno “alerta flequillo”, retroalimentándose.

Pero, ¿qué más ha pasado para que un corte de pelo transforme un espacio digital como el Instagram personal de una mujer en un foro de la manosfera?

De Argentina a España: viaje por la manosfera internacional

En sus visitas recientes a Argentina, especialmente tras la llegada de Milei al poder, activistas e investigadoras españolas como Alicia Valdés y Anita Fuentes, veían con sorpresa cómo sus flequillos eran motivo de conversación. Sus compañeras les preguntaban si recibían ataques por su corte de pelo bajo el llamado “alerta flequillo”. Esta expresión se había extendido en redes para señalar y ridiculizar a mujeres identificadas como feministas.

En el contexto español, lo más parecido era la asociación de los flequillos cortos “borrokas”, sin embargo, estos códigos no habían alcanzado tanta capacidad de penetración y, sobre todo, no se habían convertido en un código específicamente dirigido contra las feministas.

La periodista argentina Celeste Murillo explica que buscó con entusiasmo esa relación directa entre feminismo y flequillo que anunciaba la manosfera. Lo que descubrió es que el origen de esta asociación se encuentra en los ataques que desde hace más de diez años reciben las participantes de las movilizaciones de Ni Una Menos contra la violencia machista y de la Marea Verde por la legalización del aborto. No encontró que ese peinado fuera mayoritario entre ellas, lo que descubrió es que se les había atribuido una asociación con los flequillos cortos desde posiciones antifeministas para caricaturizarlas mediante códigos estéticos de desobediencia de género.

En los últimos años, de repente, de manera impuesta y de manera externa, se me ha dicho que llevar el flequillo de determinada manera indicaba o implicaba una serie de aspectos de mi personalidad o de mi posicionamiento político

¿Cómo llega al contexto español? “Tiene que ver con el modelo de negocio de las redes”, responde Anita Fuentes, investigadora de la Universidad Complutense especializada en misoginia online, feminismo y capitalismo digital. “Al compartir idioma con los países latinoamericanos, los algoritmos de plataformas como TikTok o Instagram tratan el espacio hispanohablante como un único mercado de atención y acaban recomendando aquí contenidos que han tenido éxito en países como Argentina”.

“La extrema derecha de ambos lados del Atlántico está estrechamente conectada y, a su vez, Argentina se ha convertido en un centro de producción intelectual del movimiento ultraconservador”, añade Fuentes. De este modo, el “alerta flequillo” recala en nuestras pantallas como parte de una red internacional de ideología reaccionaria, cargada del imaginario argentino del actual gobierno que se articula en términos de una batalla cultural donde las feministas y “zurdas” son uno de los principales objetivos a batir de forma que el marcado de las primeras fue rápidamente extensible a cualquier mujer de izquierdas.

En nuestro contexto se encontró con un terreno abonado: códigos propios que ya asociaban determinados flequillos con posiciones políticas y una misoginia online que ya venía castigando la participación de las mujeres en la esfera pública digital.

Cómo se construye un código antifeminista

La asociación no necesita ser cierta para funcionar: necesita repetirse hasta que determinados flequillos puedan ser leídos como feministas o de izquierdas sin necesidad de explicar la relación. “Es en los últimos años, cuando de repente, de manera impuesta y de manera externa, se me ha dicho que llevar el flequillo de determinada manera indicaba o implicaba una serie de aspectos de mi personalidad o de mi posicionamiento político”, comenta a este medio Alicia Valdés, investigadora, directora de la escuela de pensamiento La·grima y autora del reciente ensayo Auge. Género, juventud y extrema derecha (Debate).

Elisa García-Mingo y Silvia Díaz Fernández introducen en su investigación Jóvenes en la Manosfera. Influencia de la misoginia digital en la percepción que tienen los hombres jóvenes de la violencia sexual el concepto de “polinización” para explicar esta capacidad de los discursos antifeministas de extender sus marcos y códigos. A través de la circulación y del uso repetido en espacios digitales, estos códigos pueden llegar a ser reconocibles sin necesidad de explicar su origen o significado en profundidad.

El “alerta flequillo” encontró en las comunidades antifeministas digitales un espacio especialmente propicio: aportaba un nuevo código de señalamiento misógino con un funcionamiento extremadamente simple, la conversión de un rasgo estético en un marcador político e identitario, que permitía tanto atacar a las feministas como aplicar un disciplinamiento a todas aquellas mujeres que participaban del espacio público y/o tenían una estética subversiva.

Gracias a ese código compartido, quienes encuentran la contraseña —porque la buscan o porque aparece en su pantalla— pueden identificar un objetivo sin necesidad de contexto y sumarse al acoso sin necesidad de coordinación previa

Cada vez que Celeste Murillo postea o cuelga un vídeo considera que hay altísimas probabilidades de que un varón le comente “alerta flequillo” como una forma de oponerse a su opinión. “Creo que el contexto de un ecosistema digital antifeminista le otorga una lógica interna al insulto 'alerta flequillo', todos entienden de qué están hablando porque en sus foros circulan argumentos, ideas e imágenes que alimentan sus discursos en las redes”.

Para los espacios digitales de la manosfera el “alerta flequillo” encajaba perfectamente en su repertorio de actuación. Lionel Delgado Ontivero y Alejandro Sánchez-Sicilia en la investigación Subversión antifeminista: análisis audiovisual de la Manosfera en redes sociales los describen como espacios digitales con capacidad para transformar debates políticos complejos en contenidos sencillos, reconocibles y fácilmente reproducibles en redes sociales. Ese mecanismo que facilita la difusión y asimilación convive con el señalamiento, la demonización y la ridiculización del feminismo y de las feministas a través del humor ofensivo, los memes, la descontextualización o la cultura del “zasca”.

A ello se suma la propia arquitectura de unas plataformas donde cuanto más sencillo y virulento es el mensaje más premiado y difundido resulta porque genera más interacción y, por tanto, más ingresos. Esta posibilidad de monetización es la que hace tan lucrativo el acoso a mujeres y lleva a afirmar a Anita Fuentes que “la misoginia online está en el ADN del modelo de negocio de las plataformas de Silicon Valley”. Así, el fenómeno “alerta flequillo” no solo encontró las puertas digitales abiertas: le habían puesto una alfombra roja.

Una contraseña para la manosfera

La potencialidad del código “alerta flequillo” reside tanto en su capacidad de difusión y de polinización, como en su capacidad para condensar diferentes formas de señalamiento y castigo en solo dos palabras.

Por un lado, atacar a las mujeres de izquierdas mediante insultos que se reducen a la dimensión estética no es únicamente un disciplinamiento de códigos de género, tiene además “la finalidad de infravalorar o quitarle peso y valor a nuestra capacidad cognitiva en términos políticos”, señala Alicia Valdés.

Pero además su facilidad de activación y su referencia al repertorio más clásico de la manosfera: las burlas sobre el aspecto de las mujeres y su hostigamiento buscando silenciarlas y expulsarlas lo han convertido en una herramienta muy útil para movilizar el acoso misógino más allá de las feministas y las mujeres de izquierdas. Celeste Murillo ha documentado casos en Argentina en los que también se ha dirigido contra mujeres de derechas porque, afirma, “ante todo, funciona para invalidar la voz de las mujeres”.

Por otro lado, al reducir movimientos sociales o corrientes políticas a determinados elementos estéticos, posibilita tanto su simplificación y ridiculización como facilita su identificación. De esta forma se reducen los esfuerzos necesarios para perseguir determinados posicionamientos, marcos y expresiones: el conocimiento feminista y la agenda de izquierdas en particular, y la participación de las mujeres en general.

Pero la estrategia no acaba aquí. Como identifican tanto Alicia Valdés como Anita Fuentes, el “alerta flequillo” opera como una estrategia de marcaje de objetivos, una contraseña de la manosfera que llama al ataque. Gracias a ese código compartido, quienes encuentran la contraseña —porque la buscan o porque aparece en su pantalla— pueden identificar un objetivo sin necesidad de contexto y sumarse al acoso sin necesidad de coordinación previa, sabiéndose además participantes de un ataque compartido.

Militancia capilar

La viralidad y la virulencia de estos ataques refuerzan el sentido de pertenencia a un grupo de quienes comparten la contraseña. Pero el código también opera en sentido contrario. Al marcar a las feministas por un rasgo estético, la manosfera ha contribuido a convertirlo en un símbolo reconocible. Llevar un flequillo corto puede ser ahora, para algunas feministas, una elección subversiva y una forma consciente de identificarse con el movimiento.

Para Celeste Murillo, esta reapropiación ya se encuentra asentada en Argentina, donde las feministas han establecido una relación identitaria con el flequillo. Un ejemplo es la performance de Lala Brillos en la última marcha de Ni Una Menos, donde como una suerte de ritual de iniciación en los feminismos, iba cortando con una máquina de afeitar el flequillo de las asistentes. 

En España parece que se está recorriendo un camino similar. Las cómicas y creadoras de contenido la Prados, Adela por Dios y Lu Antimorbo han nombrado a su nueva sección en Carne Cruda sobre feminismo, clase y humor precisamente “Alerta flequillos”, en el vídeo mencionado al principio de este artículo Virginia Mendoza viralizó la expresión: “El flequillo es trinchera”, mientras que la creadora de contenido Estupenda Márquez había hecho lo propio un año antes con “militancia capilar”. De tanto repetir que el flequillo nos delataba, puede que hayan terminado por conseguirlo. Solo que no exactamente como esperaban.