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¿Feliz verano? Mi propuesta como psicólogo para no convertir las vacaciones en otra obligación

7 de agosto de 2026 22:13 h

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Agarro la taza y doy el primer sorbo al café. Después abro el correo. Uno de los últimos correos que ha entrado en mi bandeja de entrada termina con un simple: “Feliz verano”. Esas dos palabras activan automáticamente un mecanismo ansiógeno en mi cabeza. Sin darme cuenta, empiezo a imaginar la posibilidad de llegar a septiembre con la sensación de no haber aprovechado las vacaciones lo suficiente. Como si el descanso pudiera medirse en términos de rendimiento y productividad y existiera una manera correcta de vivirlo.

De alguna forma, hemos terminado asociando el verano con la felicidad, mientras que el resto del año queda relegado al margen de cualquier despreocupación o bienestar, como si la felicidad pudiera programarse para un mes concreto del calendario y esta época hubiera monopolizado para siempre esa promesa y, con ella, la obligación de aprovechar cada uno de sus días.

Con la llegada del verano, el merecido descanso estival está a la vuelta de la esquina. Después de todo el curso, me resulta imposible no imaginar esos días de pausa. Parar máquinas, zambullirme en las aguas del Atlántico, reencontrarme con amigos y familiares a los que hace meses que no veo y, sobre todo, desconectar por completo de cualquier actividad relacionada con mi trabajo. Y es precisamente esa idea la que me produce ansiedad.

Aparece la sensación de estar desperdiciando un tiempo valiosísimo, de no estar aprovechándolo de cara a empezar el próximo curso con menos carga, más liviano y con esas cosas pendientes resueltas, eso sí, a costa del tiempo libre

Quizá debería aprovechar las vacaciones para ponerme al día, avanzar en alguna lectura de trabajo o completar una formación que llevo meses posponiendo. También podría dedicar tiempo para avanzar en ese texto en el que llevo trabajando tanto tiempo. Sin embargo, cuanto más pienso en ello, más ansiedad me produce no saber si realmente debería hacer todas esas cosas o, por el contrario, simplemente permitirme descansar. Porque si elijo lo segundo, aparece de inmediato la sensación de estar desperdiciando un tiempo valiosísimo, de no estar aprovechándolo de cara a empezar el próximo curso con menos carga, más liviano y con esas cosas pendientes resueltas, eso sí, a costa del tiempo libre. Es así como aparece la culpa y se dispara todo un sistema de creencias irracionales que parece que tienen por intención invalidar la posibilidad de descansar sin mayor expectativa que esa.

Y si finalmente decido no hacer ninguna de esas cosas relacionadas con el trabajo, entonces aparece otra exigencia, la de aprovechar al máximo las vacaciones. Una casa rural en Portugal con mis hijos y mi pareja, una escapada a Coruña para ver a unas amigas, una parada en El Bierzo para bañarme en sus ríos y reencontrarme con mi familia. Las fiestas de Palacios. También debería llamar a ese amigo con el que el verano pasado no pude quedar porque estaba demasiado ocupado terminando un trabajo. Navegar por la ría de Vigo. Pienso en todas las personas a las que aún me falta por ver, a los que apenas he tenido tiempo de encontrarme durante los últimos meses, en todos los lugares que quiero compartir con mi familia. Y, mientras hago esa lista mental, ocurre algo extraño: todas esas posibilidades acaban produciendo el efecto contrario. En lugar de ilusionarme, siento un bloqueo. Hay tantas cosas que supuestamente debería hacer que termino sin saber por dónde empezar.

Así que abro Instagram y empiezo a hacer scroll. Ese mecanismo de huida, tan habitual en nuestro día a día, que aparece cuando nos enfrentamos a tareas que requieren un esfuerzo cognitivo y nos generan incertidumbre. La materialización de cómo la búsqueda de recompensa inmediata termina imponiéndose sobre aquellos procesos que exigen un mínimo de planificación y toma de decisiones. Durante unos minutos, el malestar parece desaparecer. Pero, al cerrar la aplicación, todo sigue exactamente igual, con un añadido: la sensación de haber perdido el tiempo.

Seguir trabajando durante las vacaciones disminuye claramente los beneficios psicológicos. Los beneficios de las vacaciones no dependen tanto del destino o del número de actividades que hagamos como de la capacidad para desconectar mentalmente del trabajo. Sabine Sonnentag, catedrática de Psicología del Trabajo y de las Organizaciones en la Universidad de Mannheim y especializada en estrés laboral y recuperación psicológica, apunta a distinguir entre dejar de trabajar y dejar de pensar en el trabajo. Cuando seguimos respondiendo correos, planificando proyectos o anticipando la vuelta, el cerebro permanece en un estado de activación que dificulta la recuperación psicológica. Estos estados se asocian con una menor reducción del estrés acumulado, una peor desconexión psicológica y una menor sensación de relajación, una menor recuperación de recursos cognitivos y emocionales, y unos beneficios más efímeros sobre el bienestar, lo que hace que la persona vuelva al trabajo con niveles de agotamiento más elevados.

La efectividad de las recompensas inmediatas consigue que no nos enfoquemos en lo que queremos, la satisfacción automática que nos producen esas acciones suele interferir con los objetivos a medio-largo plazo que nos proponemos

Esta conclusión desmonta la idea productivista del capitalismo asociado a las vacaciones de que, cuanto más hagamos mejor lo pasaremos, o de pensar que podemos compaginar el trabajo, aunque sea en menor grado, con el descanso. Observar el vuelo de las golondrinas durante horas sentado en un banco de la plaza del pueblo puede resultar profundamente reparador, no solo para nuestro organismo, sino para el de las personas que nos acompañan. Afortunadamente, podemos entrenar nuestro sistema nervioso para sentirnos seguros. Podemos hacerlo mediante la compañía y el contacto –físico– de otras personas. Todos tenemos un sistema nervioso que se comunica constantemente y sintoniza con nuestro entorno. Las personas reproducimos automáticamente los estados de las personas que nos rodean, esto es a lo que llamamos corregulación. Ocurre igual en las manadas de los animales. Si un animal percibe peligro todo el grupo se pone más en alerta y ello aumenta las posibilidades de supervivencia. Las personas funcionamos exactamente igual. Cuando compartimos tiempo con personas que están estresadas, enfadadas o deprimidas, nos sentimos peor. Por el contrario, cuando compartimos nuestro tiempo con personas tranquilas y felices esto nos hace sentir que conectamos mejor con las personas.

La efectividad de las recompensas inmediatas consigue que no nos enfoquemos en lo que queremos, la satisfacción automática que nos producen esas acciones suele interferir con los objetivos a medio-largo plazo que nos proponemos. Es precisamente mediante las funciones ejecutivas –la memoria de trabajo, el control inhibitorio y la planificación– como regulamos nuestro comportamiento y conseguimos mantener la dirección cuando surgen alternativas más apetecibles a corto plazo. La buena noticia es que estas funciones pueden entrenarse. Reducir las distracciones, establecer rutinas, planificar con antelación o diseñar un entorno que facilite la conducta que buscamos son estrategias mucho más eficaces que confiar única y exclusivamente en la motivación.

Muchas de las tareas que nos hacen sentir mejor pueden ayudar a que nuestro sistema nervioso se regule. El trabajo y la hiperplanificación no cumplen esos requisitos. Los mayores beneficios surgen cuando no planificamos en exceso y nos vamos con esa sensación de dejar la casa sin barrer, aunque eso a corto plazo nos suponga una tensión porque no cumplimos lo que se supone que tendríamos que cumplir.

Descansar también conlleva renuncias. Implica revisar aquellas expectativas que hemos depositado sobre nosotros mismos y cuestionar aquellas que creemos que los demás esperan de nosotros

La tarea más importante de nuestro cerebro es garantizar nuestra supervivencia. Digamos que está preparado para detectar amenazas. Al enfrentarnos a un peligro, las personas segregamos automáticamente hormonas para aumentar la resistencia y escapar. El cerebro y el cuerpo están programados para correr hacia un lugar seguro, donde se pueda restaurar la seguridad y las hormonas del estrés puedan descansar. Cuando los niveles de las hormonas del estrés permanecen elevados, se estimula el miedo, la rabia y la enfermedad de forma continua.

Por eso, los entornos naturales suelen ofrecer estímulos previsibles y de baja intensidad. Observar la naturaleza, por ejemplo, dirige nuestra atención hacia señales no amenazantes y eso facilita que disminuya la activación fisiológica. Quizá por eso el descanso suele asociarse con lo previsible, con recuperar la sensación de control sobre el entorno y permitir que nuestro sistema nervioso reduzca su estado de alerta. Pero descansar también conlleva renuncias. Implica revisar aquellas expectativas que hemos depositado sobre nosotros mismos y cuestionar aquellas que creemos que los demás esperan de nosotros.

Cierro el correo y camino hacia la ventana. Levanto la vista y observo una bandada de pájaros. Me pregunto cómo nos verán y qué seremos nosotros para ellos. Somos especies que conviven, compartiendo el mismo mundo, aunque quizá solo nosotros nos empeñemos en convertir la felicidad en una meta. Termino el café.

Sin más, feliz verano.