Elegir quedarse en casa en vacaciones: “Te siguen pasando cosas interesantes sin necesidad de 12 horas de avión”
Anto ha tenido dos semanas de vacaciones este verano. Su familia le propuso irse a la playa con ellos, pero prefirió quedarse en casa. “¿A quién no le gusta el mar? Pero dije: necesito estas vacaciones y necesito parar, desconectar del resto del mundo y conectar conmigo mismo”, explica. Tiene 33 años y trabaja de lunes a sábados con jornada partida en una tienda en la que acaba las semanas “muy agotado, física y mentalmente”. Necesitaba aprovechar sus vacaciones para dedicar tiempo al arte y por eso decidió quedarse en Madrid, donde vive.
No siempre es fácil tomar la decisión de pasar las vacaciones en casa. En 2025, las personas residentes en España hicieron 58 millones de viajes entre julio y septiembre. Durante esos meses de verano, Instagram suele ser una sucesión de fotos y vídeos en playas paradisíacas, paisajes impresionantes o comidas exóticas. Muchos estímulos que pueden llevar a sentir que, si no estás viviendo experiencias increíbles, no estás a la altura. ¿Viajamos porque nos apetece o porque todo el mundo lo hace?
Sylvie Pérez, psicóloga y profesora en la Universitat Oberta de Catalunya, considera que “viajamos porque queremos escapar de lo que tenemos, pero desplazarnos físicamente a según qué lugares lo hacemos más por imitación, por miedo a no haber estado o porque otros lo están haciendo que por la necesidad real de ir a ese lugar o porque realmente nos apetezca ese sitio en concreto”. Aunque ve una “necesidad psicofisiológica de escapar, de salir, de romper o de cambiar”, cree que “la manera que tenemos de canalizarlo es una excesivamente similar y compartida entre todos, que no responde realmente a la necesidad que hay detrás de este escape individual de cada uno”.
Según su análisis, las redes sociales han influido mucho en esa unificación de la manera de vivir el ocio. “Antes nos bastaba un poco con presumir con el entorno físico cercano de nuestro día a día: donde íbamos a comprar el pan, en la puerta del colegio, con los compañeros de trabajo…”, recuerda. Hacías tus fotos y a la vuelta quedabas con tu gente para mostrarles el álbum de las vacaciones. “Era una cosa más controlada, aunque la necesidad de enseñárselo a los demás y de compartir ya existía”. Ahora, en cambio, “está muy homogeneizado: todo el mundo tiene cierta necesidad de mostrarse tal y como cree que esperan los demás que se muestre”.
Viajamos porque queremos escapar de lo que tenemos, pero desplazarnos físicamente a según qué lugares lo hacemos más por imitación, por miedo a no haber estado o porque otros lo están haciendo que por la necesidad real de ir a ese lugar
Según un informe que publicó eDreams en 2024, el 49% de los viajeros españoles ha viajado alguna vez a un lugar influenciado por las redes sociales. Esa proporción se eleva al 66% entre los jóvenes de 18 a 24 años y al 57% entre los de 25 a 34. En las imágenes que se ven en esas plataformas “hay un patrón de copa de cerveza en la playa, cascadita fresca en la montaña y la Torre Eiffel o la Torre de Abu Dabi o lo que sea donde hayas ido, pero que sea reconocible para los demás”, valora Pérez. Y llama la atención sobre la diferencia entre lo que enseñamos en las redes y lo que de verdad nos llena: “Lo significativo de mis vacaciones seguramente habrá sido una tortilla de patatas en un táper, comprada en el Mercadona, y me lo habré pasado de lujo, pero lo que voy a colgar es el día que estoy en el chiringuito a pie de playa con unas gambitas que me acaban de hacer”. El informe también constata que el 43% de los viajeros españoles ven probable que publiquen en redes contenido positivo sobre un destino a pesar de no haberlo disfrutado.
Para Daniel, de 28 años, “lo guay de estar de vacaciones es que tú puedes elegir qué haces con ese tiempo, ya sea descansar en tu casa, viajar, hacerte un curso…”. Cree que “lo importante de las vacaciones es tener agencia o poder elegir sobre el tiempo, que es algo que no puedes hacer durante el resto del año”. Él en esos momentos disfruta del “lujo” de hacer actividades del día a día a otro ritmo: “Si después del trabajo voy a crossfit, a una asamblea, a un club de lectura o lo que sea, poder hacerlo sin tener que ir corriendo y agotado porque he tenido que trabajar, o poder coger otro horario que me venga mejor, o tener el tiempo para llegar a esas cosas descansado, con la mente curiosa y con ganas, y no estar simplemente en automático”.
Elige no hacer viajes por defecto, sino cuando de verdad le merece la pena: “Me gusta viajar cuando siento que puede ser un proyecto guay y cuando tengo la energía y la apetencia de viajar”. También defiende que hay diferentes maneras de concebir esos desplazamientos: “Parece que viajar tiene que ser irte dos semanas a Tailandia, coger un vuelo sí o sí o tener una experiencia vital que te lo cambie todo, cuando viajar también puede ser cogerte el coche e irte a la casa del pueblo de un amigo en Segovia y pasar ahí el tiempo”.
Lo importante de las vacaciones es tener agencia o poder elegir sobre el tiempo, que es algo que no puedes hacer durante el resto del año
Daniel reconoce que a veces le puede dar fomo ver los viajes que hacen los demás: “Sientes que tu vida no está avanzando mientras otra gente está teniendo experiencias que te cambian la vida”. Pero, al mismo tiempo, piensa: “Qué pereza toda la gestión de ese viaje y tener que estar fuera de mi casa para vivir ese tipo de cosas. Uno puede quedarse en su ciudad y seguir viviendo su vida, que no tiene por qué ser una cotidianidad aburrida. Siguen pasando cosas interesantes o que uno valora sin necesidad de coger 12 horas de avión y además es mucho más barato”.
La psicóloga Sylvie Pérez cree que las redes sociales nos hacen vivir “como si estuviéramos constantemente en una adolescencia inacabada, en la que la construcción de mi imagen depende de la imagen de los demás y de lo que creo que los demás piensan de mí”. Pero eso es tramposo: “Cuando el entorno era cercano, la panadería y la puerta del colegio, más o menos acertabas en lo que los demás pensaban de ti. Ahora tu público está tan poco controlado que es muy difícil llegar a saber nunca lo que los demás piensan realmente de lo que tú has puesto”. Interpretamos qué opinan los demás a partir de un like o de la ausencia de un like, pero a menudo esas interpretaciones son erróneas.
La experta considera que detrás de esa manera de comportarnos hay una “inseguridad” relacionada con que “los lazos que tenemos con los demás no son duraderos ni fiables, son frágiles”. Afirma que esto “siempre ha sido así y nunca ha pasado nada”, pero cree que “ahora vivimos en una situación de inseguridad permanente y en esta construcción tan adolescente de poca seguridad en uno mismo y de poca construcción de la identidad propia que necesitamos la validación del otro, y esa validación se acaba resumiendo en que me pongan un like o en que mi post tenga muchísimas visualizaciones”.
Anto ve esa validación como una “voz social, sobre todo creada por las redes, que está ahí para sacar un látigo y juzgar” si tus vacaciones cumplen o no con las expectativas. “Pero yo también tengo que elegir si incorporar esa voz y darla como válida o elegirme a mí y priorizar mis necesidades frente a la opinión externa”, contrapone. Al decidir quedarse en Madrid en lugar de irse a la playa, optó por lo segundo.
Probablemente alguien que se haga su superviajecito a Tailandia va a ver muy vacías mis vacaciones, pero yo tengo mucha ansiedad en mi día a día y necesito paz
Cree que otros considerarán que con su elección no ha aprovechado sus vacaciones, pero se pregunta “qué es aprovechar”. “Es agotador ver todo bajo la óptica de la eficiencia y el aprovechamiento del tiempo”, reflexiona, aunque reconoce que a él mismo le ha pasado este verano. “Me compré un lienzo muy grande para pintar y ahí se ha quedado. No lo he tocado en estas vacaciones. He hecho otras cosas: he estado haciendo mucho collage porque me divierto. Y al principio me sentía un poco mal. Decía: me he comprado un lienzo, ahora es cuando tengo tiempo; si no, no lo voy a hacer nunca…”, cuenta. Pero fue consciente de que eso ya suponía ponerse “presión por aprovechar el tiempo” y lo frenó: “¿No me apetece? Pues no lo voy a hacer, así de sencillo. Voy a hacer lo que me dé la gana, en la medida en la que pueda, porque siempre hay que hacer cosas de la casa y todo eso, pero un poco al servicio de lo que me pida el cuerpo, dejándome llevar”. Es su respuesta frente a lo que a su juicio supone “aplicar la lógica capitalista al tiempo libre”.
“Probablemente, alguien que se haga su superviajecito a Tailandia va a ver muy vacías mis vacaciones, pero yo tengo mucha ansiedad en mi día a día y necesito paz y tranquilidad”, explica Anto. Ahora ya ha vuelto al trabajo que consume todo su tiempo a cambio del salario mínimo, pero está “satisfecho” con sus vacaciones: “¿Podría haber viajado? Sí. ¿Era esa mi necesidad ahora mismo? No. Sí he hecho muchas cosas de las que quería, sobre todo conectar con lo que me gusta hacer”.
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