Por qué los maricas necesitamos amigos maricas
Cuando empecé a salir del armario en mi adolescencia, las primeras personas con las que me abrí a manifestar quién soy se llamaban Míriam y Ángela. Las primeras amistades que hice al llegar a la universidad, Virginia y Sandra. ¿La primera persona con la que cogí confianza en el trabajo que tuve durante más de ocho años? Cristina. Si todos estos nombres son femeninos, no es casualidad.
A lo largo de mi vida, he tenido mucha más facilidad para hacer amigas que para hacer amigos. No me pasa solo a mí: diría que es un patrón bastante habitual entre los maricas. ¿Por qué ocurre? Cuando se lo pregunto a Carlos Soto, experto en psicología afirmativa LGTBIQ+, hace lo que hacen a menudo los psicólogos: llevarnos a nuestra infancia. “Imagínate a tu niño del colegio o del instituto. Los primeros insultos que recibimos, el primer insulto de ‘maricón’, no suelen venir de las niñas. Suelen venir de los chicos heterosexuales”, analiza. “Tiene todo el sentido del mundo que nos sintamos más cómodos con las chicas, que es donde nos terminamos refugiando porque suelen aceptarnos mejor desde que somos pequeñitos”, añade.
Así que desde la infancia nos rodeamos de chicas para protegernos del rechazo y de la violencia. Y cuando nos hacemos mayores, supongo, aún tenemos interiorizado que ellas en general van a ser un espacio seguro, mientras que a ellos los podemos percibir como una amenaza.
Reconozco que a mí me ha costado un poco aprender a relacionarme con hombres heterosexuales, y no sé hasta qué punto lo he conseguido. A menudo, cuando conocía a uno, inconscientemente partía de cierto miedo a que fuera homófobo y me ponía a la defensiva hasta que me demostrase que no lo era. Lo que yo llamo presunción de homofobia. E incluso ahora, cuando los conozco más y rebajo esas barreras al constatar que no hay ese rechazo, no me resulta fácil desarrollar amistades profundas. Quizá no termino de sentir que los hombres heteros y yo hablemos el mismo idioma.
Tiene todo el sentido del mundo que nos sintamos más cómodos con las chicas, que es donde nos terminamos refugiando porque suelen aceptarnos mejor desde que somos pequeñitos
¿Y con los que no son heteros? Hasta pasados los treinta, tampoco tuve apenas amigos maricas. Hay quienes sí, desde muy jóvenes, forman grupos con otros chicos del colectivo con los que comparten sus vidas y salen por sitios de ambiente, pero no fue mi caso. Pregunto a Gabriele, uno de los amigos que sí tengo ahora, y me responde que le ha pasado lo mismo: siempre se ha relacionado más con mujeres. Me cuenta que en el pueblo pequeño del norte de Italia en el que se crió “no había otros maricas, que se supiera”. Después, en la universidad, sí conoció a otras personas LGTBIQ+, pero con ninguna de ellas desarrolló una amistad estrecha. En torno a los 25 años, se acercó a un grupo de gente del colectivo, pero no terminó de encajar con ellos: “Solo se juntaban para salir de fiesta. No eran mi rollo, no me aportaban mucho, así que me alejé un poco. Nunca les consideré de verdad como amigos”.
Por la consulta de Carlos Soto pasan a menudo chicos maricas que no tienen amigos como ellos. El psicólogo lo relaciona con los prejuicios que existen sobre el colectivo, que a veces calan en nosotros mismos: “Desde pequeño no tienes referentes, no conoces a muchos chicos gays. Entonces vas desarrollando las creencias falsas y negativas que te mete la sociedad, como que son todos unos guarros, que solo buscan sexo, que no pueden formar familias…”. Nos podemos acabar creyendo parte de esa imagen estereotipada que la homofobia genera sobre nuestro propio colectivo. Y eso nos aleja de él.
También ocurre a veces que, aunque hagamos amigos maricas con los que salir y hacer planes, nos cuesta desarrollar con ellos vínculos más profundos. Pese a que no seamos heteros, los problemas que implica la masculinidad nos atraviesan. Hemos crecido en un contexto social en el que, mientras a las mujeres se les exige que sean empáticas y cuiden a los demás, a los hombres se nos dice que nos mostremos fuertes o que no lloremos. Se nos educa más en la agresividad que en el cariño. Y aunque al aceptar nuestra orientación sexual y construir nuestra identidad podemos romper poco a poco con buena parte de las normas de género que nos han impuesto, seguramente hay cosas que están grabadas en lo más profundo de nuestra mente y aún nos queda trabajo para deconstruirlas. Quizá ese es uno de los motivos por los que nos resulta más difícil construir amistades estrechas entre nosotros: se nos ha preparado para ser menos cuidadores.
Mi sensación es que a las mujeres lesbianas no les ocurre tanto esto. Tienen otros problemas: la lesbofobia combina machismo y homofobia en un cóctel explosivo que no suma estas discriminaciones, sino que las multiplica. Pero creo que, al menos, haber recibido una educación que les empuja más hacia los cuidados y hacia la inteligencia emocional les puede ayudar a desarrollar redes de sororidad más fuertes.
Tras una crisis de los 30 bastante significativa, empecé a quedar mucho con un amigo de una amiga. Comenzamos a ir juntos a shows drags, a compartir viajes… pero también a escucharnos, a apoyarnos, a acompañarnos en los bajones
Otro obstáculo para establecer vínculos profundos es la propia homofobia, que a veces nos lleva a construirnos un caparazón que luego nos cuesta romper. Carlos Soto me explica que, al sentirnos diferentes a los demás y sufrir rechazo o incluso acoso, tendemos a desarrollar “una baja autoestima y un miedo muy intenso a mostrarnos vulnerables”. “Y claro, ¿cómo voy a generar una intimidad si me da miedo mostrarme vulnerable? La base de la intimidad es la vulnerabilidad. Si he aprendido desde pequeño que al mostrarme vulnerable y ser quien soy me agreden, me pongo una capa de protección para evitar todo eso”, analiza.
Esa barrera que nos hemos construido dificulta que, cuando ya somos adultos, desarrollemos vínculos sanos: “No soy capaz de mostrarme como soy y empiezo a hacer un montón de estrategias para que no me dejen, para mostrarme superseguro... Entonces no se termina de generar esa intimidad real y las relaciones son más superficiales”, valora el psicólogo. Imagino que esto sí nos puede ocurrir a toda la comunidad LGTBIQ+ y no solo a los maricas.
Eso no quiere decir que estemos condenados a no tener amigos cercanos. “Que arrastremos esas heridas desde la infancia no significa que no se pueda trabajar ni que esto sea para toda la vida”, defiende el especialista. Pone en valor que “dentro del colectivo hay mucha resiliencia y mucha introspección”. Y destaca que “haber vivido todo lo que hemos vivido nos lleva a no ir por la vida sin cuestionarnos las cosas” y a “una introspección a la que a lo mejor alguien heterosexual a quien le han dado todo en la vida no llega”.
En mi caso, mi falta de amigos maricas ha cambiado en los últimos dos años. Tras una crisis de los 30 bastante significativa, empecé a quedar mucho con un amigo de una amiga. Comenzamos a ir juntos a shows drags, a compartir viajes… pero también a escucharnos, a apoyarnos, a acompañarnos en los bajones. Ahora es una de las personas más importantes para mí. También en esa época decidí apuntarme a una escuela de bachata y salsa sin roles de género, orientada a la comunidad LGTBIQ+. Unos meses después, ya había hecho ahí un grupo de amigos maricas que compartimos el disfrute de bailar y que, a la vez, nos cuidamos.
Hay muchas cosas de mi vida que, al compartirlas con otras personas, no las pueden entender de verdad porque no las viven. Si las comparto con mis amigas chicas, me van a dar apoyo, pero no conocen las dinámicas
Para Gabriele, que es parte de ese grupo, también es la primera vez que desarrolla amistades estrechas con otros chicos gays, y es algo que necesitaba: “En los últimos años, empecé a pensar que hay muchas cosas de mi vida que, al compartirlas con otras personas, no las pueden entender de verdad porque no las viven. Si las comparto con mis amigas chicas, me van a dar apoyo, pero no conocen las dinámicas”, me explica.
Y me recuerda un momento que vivimos hace poco algunos de esos amigos, en un largo viaje en coche en el que volvíamos de pasar un fin de semana bailando juntos en un festival de bachata y salsa. Ahí tuvimos una conversación profunda sobre problemas que vivimos específicamente los maricas. A todos nos reconfortó poder hablar de eso con gente a la que le pasan cosas parecidas. Gabriele lo agradece así: “Al encontrar a gente como vosotros me di cuenta de que es posible tener amistades verdaderas y compartir aficiones que no sean tóxicas con gente del colectivo. Es algo nuevo que descubrí y que no sé si veía posible, pero no lo daba por hecho o lo veía como algo difícil”.
Que estas amistades son importantes no solo lo pensamos Gabriele y yo: también lo dice la ciencia. “En la psicología, tener amigos del colectivo se define como un factor protector: algo que es beneficioso para nuestra salud, como hacer deporte o comer saludable”, me explica Carlos Soto. Señala que “hay estudios que demuestran que favorece nuestra salud de muchas formas”. Una de ellas es que “reducimos la homofobia interiorizada”, ya que conocer de cerca la realidad de otras personas ayuda a desmontar los prejuicios que nos crearon sobre las personas LGTBIQ+. Otra es que esas amistades contribuyen a proteger nuestra salud sexual: “Cuantos más amigos del colectivo, más acceso a información sexual”.
En la psicología, tener amigos del colectivo se define como un factor protector: algo que es beneficioso para nuestra salud, como hacer deporte o comer saludable
El psicólogo también destaca que esas otras personas “han vivido lo mismo que tú”, en referencia a procesos como la salida del armario, el miedo a contarle a tu familia quién eres o a perder amistades, el rechazo o el bullying. Apunta que compartir esas vivencias “genera una sensación de validación muy potente que no te puede generar alguien que no pertenece al colectivo y no lo ha vivido”. Y añade más beneficios psicológicos de tener amigos del colectivo: la existencia de referentes diversos que te abren la mente a imaginar diferentes maneras de vivir, que es “importante para la autoestima”; el sentimiento de pertenencia a una comunidad, algo que “todos los seres humanos necesitamos”; y la sensación de “poder ser tú mismo y expresarte como quieras sin ser juzgado ni seguir arrastrando esa fachada desde la adolescencia, lo cual se traduce en un mejor autoconcepto”.
Yo no conocía esos estudios científicos, pero sí he descubierto con mi propia experiencia que la llegada de estos amigos maricas a mi vida la ha mejorado sin duda. No sustituyen a mis amigas mujeres, esas mariliendres a las que intento cuidar tanto como me cuidan a mí y que siguen siendo una parte esencial de mi círculo. Más bien las complementan. Me permiten compartir risas, dramas y vivencias con quienes son como yo, hacen lo que yo y les pasa lo que a mí.
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