La “horrible experiencia” de hacerse adulto o cómo los jóvenes lidian con la incertidumbre
Si el esfuerzo bastara, Miriam y Belén vivirían de la interpretación, Simón sería periodista y Lali, ilustradora. Pero Miriam da clases de teatro en una escuela concertada, Belén trabaja puntualmente en las barras de un espacio para eventos y conciertos, Simón lleva un año firmando contratos de un mes y Lali trabaja de barista para llegar a fin de mes.
Conscientes de que sus carreras no son las que más salidas laborales ofrecen, Miriam, Belén, Simon y Lali son un ejemplo extremo de algo que atraviesa a toda su generación, tengan trabajos “rentables” o no. En pleno periodo vacacional, cuando las redes se llenan de imágenes de escapadas y momentos de desconexión, la mayoría de ellos saben poco o nada de desconectar: la inestabilidad no entiende de temporada baja.
La precariedad juvenil no es nueva. Lo que ha cambiado es su naturaleza. Ya no es una fase de tránsito hacia la adultez: es la condición estructural por defecto. La generación que hoy tiene entre 25 y 34 años ha atravesado una crisis tras otra sin margen de recuperación entre medias: desde la Gran Recesión de 2008 pasando por los recortes posteriores por políticas de austeridad, una pandemia a una crisis inflacionaria que disparó la cesta de la compra sin que los salarios la siguieran para, finalmente, llegar a la actual crisis de vivienda.
El informe Habitar la incertidumbre: vivienda, juventud y malestar estructural (Oxfam Intermón, CJE y Fad Juventud, 2026) pone números a esa fractura. La emancipación se ha vuelto un privilegio minoritario: apenas uno de cada siete menores de 30 años ha logrado salir del hogar familiar, y quienes lo consiguen lo hacen como inquilinos. Un giro completo respecto a 2007, cuando la mayoría de los emancipados tenía casa propia.
Miriam Bartés estudió arte dramático e interpretación, luego un posgrado en teatro y acción social. No fue hasta que terminó un máster en gestión cultural cuando se le abrió la puerta a su trabajo actual: maestra de teatro y proyectos comunitarios en una escuela concertada, con niños de 0 a 16 años. No es lo que soñaba, pero al menos se mueve cerca. “Sentí frustración cuando me di cuenta de que la carrera que había estudiado no servía absolutamente para nada. Tener un currículum de arte dramático es lo mismo que tener un papel firmado con plastidecor”, afirma. Antes de esta relativa estabilidad fue camarera, animadora de fiestas, monitora de comedor, profesora de extraescolares, pastelera, cajera, canguro, actriz y panadera.
Javier Muñoz, responsable del área socioeconómica del Consejo de la Juventud de España (CJE), lo tiene claro: la diferencia entre los jóvenes de 2008 y los de ahora es material. “Para las personas jóvenes que ahora acceden a un trabajo, éste no es suficiente para acceder a una vivienda. Después de 2008, el problema era conseguir un trabajo, pero una vez se accedía a él, los jóvenes podían acceder a una vivienda”.
Los jóvenes no tienen por qué aguantarse con la precariedad, tienen el mismo derecho a acceder a una vivienda y a un trabajo digno. Y si posponemos la precariedad a una persona joven, parece que el problema se va a solucionar con el tiempo, y no es así
Natalia Castro Picón, investigadora cultural y autora de La fiesta del fin del mundo (Anagrama, 2025), llega al mismo sitio por otro camino: “La crisis económica ya no aparece como falta de trabajo, sino como pobreza estructural de la clase trabajadora que, de hecho, trabaja: la imposibilidad de acceder a una vivienda. Los problemas son parecidos”.
Por eso, insiste Muñoz, hace falta poner un límite a la juventud, que el CJE sitúa en los 30 años. “Los jóvenes no tienen por qué aguantarse con la precariedad, tienen el mismo derecho a acceder a una vivienda y a un trabajo digno. Y si posponemos la precariedad a una persona joven, parece que el problema se va a solucionar con el tiempo, y no es así”.
Simón (26 años) es un periodista argentino instalado en Madrid. Actualmente, trabaja en el área de base de datos de una empresa de salud. “Hace un año que la misma empresa me hace contratos de mes, mes y medio o dos meses como máximo”, explica. El último contrato es de cinco semanas y lo firmó casi diez días después de empezar a trabajar. El año pasado cubrió una baja que le renovaban mes a mes. Entre medias, se presentó al proceso de selección para el puesto fijo, “pero se lo dieron a un externo”, lamenta, y “ahí me sentí totalmente destratado”.
No sé definir en palabras lo que me generaba la incertidumbre. No podía planificar nada
La empresa, una multinacional que subcontrata parte del proceso a través de una ETT, no promete nada: las renovaciones dependen de qué laboratorios contraten sus servicios. “Siempre dicen que a los que tenemos experiencia nos llaman primero, pero nunca se sabe”. A compañeros les ha pasado de entregar ya sus cosas, y camino al metro que les llamen para renovar.
“No sé definir en palabras lo que me generaba la incertidumbre. No podía planificar nada”, confiesa. Este verano, mientras las redes se llenan de fotos de gente de vacaciones, a Simón el descanso le alcanza para unas semanas en Alicante con su hermana, o poco más que escapadas de un día.
Planes que se cancelan solos
La investigadora Picón cree que la generación Z “es bastante consciente de que parte de su identidad está marcada por esa idea de fin del mundo, extenuación de recursos, del medio ambiente o de la bonanza económica”. Hija de los jóvenes de la Gran Recesión, recuerda que entonces “ser una generación abocada al paro nos daba tiempo para estar en la calle. Ahora la gente joven tiene que trabajar y estudiar y no puede permitírselo”.
La incertidumbre, dice Picón, siempre ha formado parte de los contextos de crisis porque “las crisis son cíclicas”. Lo distinto ahora es que ya no llegan una detrás de otra, sino todas a la vez: “Eso genera la sensación de que todo va a cambiar en cualquier momento. Pero eso no es incertidumbre, sino anticipación. Hemos aprendido a anticiparnos desde el pesimismo. Las cosas que están pasando no invitan al optimismo, en ningún caso”.
Antes de hablar con este periódico, Belén (27 años) estaba desayunando con su hermano. “A ver cuándo nos vamos los cuatro a Portaventura. Pero por ahora no puedo, es que no puedo”, lamenta. Como Miriam, Belén también sueña con ser actriz y, tras más de cuatro años como dependienta en marcas de lujo, vive su mejor momento profesional: escribió y dirigió su propio cortometraje, una productora sigue apostando por ella, se está formando en guion para un segundo proyecto.
Es, en teoría, la recompensa a años de espera. La estabilidad económica no ha llegado con ella. “Cuando estaba en la tienda de lujo tenía mucho dinero, pero nada de tiempo, y ahora que tengo tiempo no tengo dinero. Es una mierda, ya empezando por ahí”. Sus ingresos dependen de proyectos puntuales; en los meses sin trabajo, son cero. Lo compensa en las barras del Movistar Arena. Si su economía aprieta, sabe que sus padres la ayudan con el alquiler: “Sin esa opción estaría mucho más agobiada. Mi única preocupación es el dinero”, como es el caso de Miriam.
Emancipada desde los 20, hace un año Miriam se sintió en una crisis completa. “De un modo inconsciente creo que alargué la ruptura con mi exnovio porque no sabía adónde ir”. Vivían juntos en Barcelona, ciudad donde ella “lo tiene todo”. Pero al dejarlo, se tuvo que ir y, “sinceramente, me niego a pagar un pastizal para vivir en un zulo”. Es por eso que ahora vive en un pueblo a unos 25 kilómetros de la ciudad. “Un pueblo que no me gusta nada y que no conozco de nada, pero que por lo menos estoy bien y puedo llegar bien al trabajo”, un factor que agradece y padece.
Son horas invisibilizadas porque no se cobran, pero no paro. Si llego a los 30 y algo y veo que estoy igual, tendré que cambiar y estudiar algo. Pero quiero pensar que esta opción no va a llegar
Por su estabilidad al final alcanzada, Miriam se puede permitir irse de vacaciones, pero no es el caso de Simón o Belén –quien, si se escapa, pero a costa de sus padres—. Los planes del verano de esta actriz se han ido cancelando uno a uno: un viaje con su pareja, salir a cenar. El rato libre lo llena de proyectos, formación, correos a representantes. “Son horas invisibilizadas porque no se cobran, pero no paro. Si llego a los 30 y algo y veo que estoy igual, tendré que cambiar y estudiar algo. Pero quiero pensar que esta opción no va a llegar”.
¿Dónde queda la esperanza?
Lali (27 años) se hizo ilustradora por descarte, no por vocación. Autónoma desde hace año y medio, compagina su carrera con ser barista para llegar a fin de mes: “Intento que esto no supere el 49% de mi trabajo”. Sabe que cuando le suban la cuota de autónomos “voy a tener que dedicarme a otra cosa”. Buscar clientes, ir a ferias, hacer contactos, pulir el porfolio: todo eso la frustra. “Siento que estoy presa, que ya no sé por dónde seguir”, asegura, y al mismo tiempo persiste porque ha encontrado lo que realmente le gusta, pero no, no es feliz.
El coste de la incertidumbre de los jóvenes no es solo económico. Según el informe de Oxfam, el malestar psicológico se dispara entre los jóvenes golpeados por la crisis de vivienda y se duplica entre quienes destinan más de la mitad de sus ingresos a pagar un techo. La “generación inquilina” no solo paga más por vivir peor: ha interiorizado la inestabilidad como horizonte permanente. El VI Informe Mundial de Salud Mental de AXA, publicado en junio, confirma que entre los jóvenes de 25 a 34 años los principales motivos de ansiedad son la incertidumbre sobre el futuro (52%), la inestabilidad financiera (51%) y el malestar social y político (45%).
Yo no tengo ahorros. Cuando no me queda dinero, porque hay clientes que tardan en pagar, me voy unas semanas a casa de mi madre
“Mi manera de sobrellevar la incertidumbre es hacer ver que no está, aunque es todo falso”, se ríe Lali. Cuando ve que le queda poco en la cuenta, se autoimpone un límite de gasto semanal. “Yo no tengo ahorros. Cuando no me queda dinero, porque hay clientes que tardan en pagar, me voy unas semanas a casa de mi madre”.
Remedios Zafra, que ha estudiado a fondo la precariedad de las profesiones creativas, respondía en Frágiles (2021) a la pregunta que le lanzó una periodista autónoma tras leer El entusiasmo (2017): “¿Adónde queda la esperanza?”. Zafra habla del malestar de los trabajadores creativos frente a la exigencia de autoexplotación constante, y propone algo concreto: reconocer los límites compartidos es la única vía para construir un refugio común y sostener la esperanza frente a la precariedad.
Picón lo resume en un lema que repite a menudo, heredado del 15M: “Defender la alegría y organizar la rabia”. Aquella generación, recuerda, tenía mucho que perder —era mayoritariamente de clase media— y aun así salió a la calle como si no tuviera nada que perder. Algo parecido se reconoce en la respuesta social a la dana: una ola de solidaridad que no surgió de la nada, sino de organizaciones sociales con años de conocimiento acumulado, capaces de activarse en cuestión de horas.
Preguntada por qué le diría a un joven que hoy vive con esa misma incertidumbre, Picón no duda: “Que no tenga miedo, que los derechos se conquistan, que tiene derecho a ser feliz”.
Por el momento, el sistema de Miriam Bartés (y el de muchos otros jóvenes) es reírse para no llorar. Guarda varios stickers para los días en que no puede más. Uno dice: “Si sale mal, luego anécdotas”. Otro: “5% de posibilidades, 300% de esperanza”. Y otro para aceptar que, hasta que no cambie, la situación es la que es cuando el contexto socioeconómico no te acompaña: “Ser adulto: horrible experiencia, no lo recomiendo”.