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No ducharse para “maximizar feromonas” y ligar más: ¿reto viral pasajero o peligro misógino entre los jóvenes?

Anxo F. Couceiro

5 de octubre de 2026 23:10 h

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“Dejé de lavarme el pelo por completo y ahora, sin ironía, recibo más cumplidos sobre cómo huele y cómo se ve. La maximización de las feromonas es la clave”. Niko, el autor de este vídeo viral de TikTok, dedica su cuenta al culto al cuerpo: concretamente el suyo. Dado que la red social china no dispone, de momento, de tarjeta rascable de fragancias microencapsuladas como el Odorama que John Waters ideó para el estreno de Polyester en 1981, tiene más de 20.000 seguidores. Su contenido está volcado a la tendencia del T-maxxing (o testosterone-maxxing), un fenómeno que invita a moldear el cuerpo y a poner en práctica rutinas variopintas para “maximizar la testosterona” y elevar la autoestima masculina. Algunas pueden ser ciertamente saludables, como hacer mucho deporte; otras están a medio camino entre la astracanada y la magufería, como comer cebolla cruda.

Una de las nuevas directrices de esta pendiente viral es dejar de ducharse para “atraer más mujeres”, selvática metonimia de “ligar” que el atavismo digital ha vuelto a poner en circulación. Niko no está solo en el ejercicio del pheromone maxxing, como se ha bautizado el fenómeno. “Desde que empecé con esto, dejé de usar colonia. Y he estado recibiendo cada vez más cumplidos que nunca gracias a mi repugnante olor a cebolla. Todos haremos pheromone maxxing en 2026”, asegura Raphael, un joven estadounidense. 

Aunque da un poco de vergüenza preguntarse en serio por las condiciones afrodisíacas de la falta de higiene, siempre conviene consultar a los expertos. El deseo humano no es nunca un puzle de preguntas fáciles. La sexóloga viguesa Emma Placer organizó en el año 2015 una “fiesta de las feromonas” como colofón para unos talleres que impartía, en un intento por experimentar hasta qué punto el órgano vomeronasal, estructura quimiosensorial que en algunos animales, particularmente los roedores, sirve para detectar feromonas, podía funcionar también en los seres humanos como método en busca de una persona compatible.

Once años después, digerida ya la literatura científica que se ha ido produciendo desde entonces, admite recordar aquella experiencia con un punto de retraimiento. “Con el tiempo, hasta me parece una cosa bastante rancia. No hay una respuesta científica y no hay evidencia sobre esto. No hay nada determinante que diga que las feromonas humanas sexuales existen. El deseo es una cuestión psicológica más que química”, nos dice hoy la sexóloga. Por tanto, descarta cualquier base científica para el pheromone maxxing. “El ser humano tiene filias y gustos sexuales que, a veces, son extremos. Y por qué no: puede haber alguna mujer o algún hombre a quienes esa falta de higiene masculina, el olor a gimnasio, le ponga. Pero como hay muchos hombres a los que les pone el olor de la menstruación. Son filias, gustos personales que están ahí pese a que se salgan de la norma”.

No hay una respuesta científica y no hay evidencia sobre esto. No hay nada determinante que diga que las feromonas humanas sexuales existen. El deseo es una cuestión psicológica más que química

Emma Placer sí alerta sobre los posibles vínculos entre la filosofía maxxing y las nuevas manifestaciones de misoginia online que llevan años propagándose entre los más jóvenes. “Es un concepto muy reduccionista de la atracción. Al final, lo que te dicen es que si consigues determinados rasgos físicos, una mandíbula perfecta o un cierto nivel hormonal, pasarás a ser más atractivo para las mujeres. Y eso encaja con un sistema heteropatriarcal conectado con el mundo incel. Intentan convertir algo tan variado y complejo como el deseo en una fórmula”.

La psicóloga Vanessa Rodríguez Pousada, presidenta de Sogasex (Sociedade Galega de Sexología), es experta en la práctica clínica con jóvenes y ha desempeñado buena parte de su actividad académica y divulgativa en el estudio del cuerpo adolescente como espejo de nuestro tiempo. En su opinión, el pheromone maxxing se conecta con el movimiento incel en que “cree que el aspecto determina el éxito a la hora de ligar” y “el entendimiento de la sexualidad humana desde un posicionamiento binarista, hombre-mujer, y heterosexual, de hombres para ligar con mujeres”.

Ese pensamiento biologicista y binarista responde a una idea de la sexualidad más animal que humana, pero Pousada, pese a estas coincidencias, nos anima a no adscribir necesariamente el pheromone maxxing solo al territorio de la manosfera. “Se puede seguir esta tendencia sin que la persona que lo haga tenga nada que ver con el movimiento incel o sea machista. Es una tendencia que se ha hecho viral en TikTok, y desde ahí las personas adolescentes pueden engancharse a ella no tanto como un posicionamiento ideológico, sino por curiosidad, por hacer la broma, por presión de grupo o, incluso, por provocación. La rebeldía, la curiosidad, el querer probar cosas nuevas, son características propias de la adolescencia”.

La experta no cree que debamos llevarnos las manos a la cabeza si vemos a un adolescente de nuestro entorno seguir esta tendencia. “Los adultos nos alarmamos con mucha facilidad ante las modas adolescentes porque no las entendemos”, dice, y pone como ejemplo la fiebre therian o las batallas para farmear aura. “Aunque este caso tenga que ver con un tema de higiene, lo que hay que hacer no es alarmarse, sino fomentar el diálogo con los adolescentes, preguntarles por qué lo hacen, qué creen que van a conseguir con eso, si les están dando resultados… Hay que conversar con ellos antes que regañarles, porque eso puede ser incluso motivador: saltarse la norma es estimulante a esas edades”. 

Vanessa Rodríguez Pousada denuncia que “los fundamentos biologicistas siempre se han usado en la ciencia y los marcos de pensamiento para explicar determinadas conductas” y llama a salir de ese círculo vicioso. Del mismo modo que también hay feminismos de marcado eje biologicista, resulta natural que la reacción neomachista apunte en esta dirección. “Es importante abordar al ser humano desde un entendimiento biopsicosocial e incluso tecnológico, porque las tecnologías que van apareciendo van modificando nuestro cuerpo, nuestro pensamiento y nuestras conductas. Evidentemente, la biología influye, pero no se ampara en un marco binarista”, defiende Pousada.

La psicóloga cree que no hay una única causa que pueda explicar el efecto atrayente que el vórtex de la manosfera ejerce sobre los más jóvenes, si bien “hay rasgos de las adolescencias actuales que no había en otras épocas”. Pousada cita como uno de los más reseñables la soledad. “Los adolescentes son el grupo de edad con mayor sentimiento de soledad no deseada, por encima de las personas de mayor edad, lo cual llama la atención. Este tipo de grupos [manosféricos] quizás les ofrecen formar algo de comunidad; sentir que forman parte de algo. A veces vemos perfiles de jóvenes excluidos de otros grupos que encuentran ahí un lugar. Eso puede ser muy atrayente: somos seres sociales”.

Se puede seguir esta tendencia sin que la persona que lo haga tenga nada que ver con el movimiento incel o sea machista. Es una tendencia que se ha hecho viral en TikTok, y desde ahí las personas adolescentes pueden engancharse a ella no tanto como un posicionamiento ideológico sino por curiosidad, por hacer la broma, por presión de grupo o, incluso, por provocación

¿Anécdota o categoría?

Aunque las voces expertas tratan de mitigar la alarma ante el pheromone maxxing y evidencian el efecto perverso que el señalamiento y la exclusión pueden obrar sobre los esponjosos cerebros del florecimiento pubescente, no cuesta entender por qué el pheromone maxxing ha causado furor mediático. Salvo en aquellos entornos miserables donde el acceso al agua corriente es un lujo, la gente que no se baña hace (sí) gracia. El hecho de que la gran mayoría de la población elija bañarse, consciente de las virtudes higiénicas y cosméticas de la ablución, y sobre todo consciente del efecto social contraindicado del hedor, emborracha de soberbia a todo aquel que se encuentre con un disidente y le empuja a alzar un índice burlón.

Sin embargo, detrás de esta bufonada puede haber movimientos profundos en el mundo de la masculinidad. ¿Qué ha pasado entre los creadores de contenido bro para que se estén viralizando conductas grotescas como no lavarse para ligar? “Con total sinceridad digo que la estupidez y el narcisismo masculino han existido siempre”, explica el sociólogo especializado en teoría crítica feminista y masculinidades Olmo Morales. “Es verdad que hoy en día se reproducen como el micelio si se crean las condiciones necesarias y, desgraciadamente, las hay. El viraje biologicista que estamos observando y que torpemente intenta justificar la desigualdad entre hombres y mujeres está siendo impulsado por estudios neurocientíficos cuestionables en su diseño, pero que de la mano de las noticias falsas caminan con cada vez menos pudor entre las cabezas pseudopensantes que los reproducen en la barra del bar o en vídeos que se viralizan”.

Aquí nos adentramos en el verdadero pantano de esta problemática. Porque sí, todos tenemos claro que un adolescente que deja de bañarse guiado por los consejos tiktokeros de un gurú de la seducción es un fenómeno fácilmente empaquetable dentro del cajón de “Lo Machista”, pero ¿hasta qué punto se trata de una anécdota que, amplificada por el jijí-jajá, opaca la categoría de otras opresiones más severas? El hombre que renuncia al baño para autoafirmarse es una figura grotesca, casi monstruosa, de la que podría reírse una amplísima mayoría de la población. Con todo, cuesta imaginar, de verdad, al columnista más misógino de la derecha preconizando las bondades de la falta de higiene, lo que nos lleva a cuestionar hasta qué punto es perverso poner el foco en estos fenómenos virales extremos. ¿Corremos el riesgo de favorecer que se sigan perpetuando vicios patriarcales complejos y difíciles de tratar mientras nos reímos de las gansadas de TikTok que, en el fondo, no son hegemónicas?

Olmo Morales cree que sí: “Mientras el feminismo señala la inequidad estructural que sufren las mujeres y la explotación cotidiana que hacemos los hombres de ellas, la sociedad sigue mirando el dedo en vez de la luna y se queda con estas tontadas ridículas”, apunta el sociólogo. “Que haya personajes masculinos teniendo este tipo de prácticas individuales, además de inocuo para las mujeres es totalmente residual. Más que inocuo, constituye en sí mismo un aviso a navegantes de ‘por ahí no es’. El problema es que desviar el foco hacia estos casos nos supone al resto de hombres que estamos a las antípodas de ello un salvaguardo. Los hombres comunes, los del machismo sutil y no por ello menos efectivo sino en todo caso más efectivo, y los machistas violentos que no caen en estos retos ni tendencias, estamos encantados con que se dediquen páginas a estos seres grotescos”.

El problema es que desviar el foco hacia estos casos nos supone al resto de hombres que estamos a las antípodas de ello un salvaguardo (...) Se genera esa figura del monstruo que nos sirve para desidentificarnos con el machismo y que lejos de promover que los hombres nos cuestionemos nos lleva a acomodarnos porque ‘yo no soy como ese'

Por más que el pheromone maxxing sea caricaturesco y minoritario, es un trend que tiene como foco a los más jóvenes. ¿No es acaso posible refutar o contextualizar algo así sin hacerle el caldo gordo a la maquinaria misógina que pone en marcha estos retos? ¿O supone siempre una pérdida de tiempo y energía que encima ayuda a dar relevancia a una anécdota y a que muchos hombres se sientan reafirmados en su aliadismo porque, vaya, a ellos nunca se les ocurriría dejar de bañarse (mientras siguen perpetuando otras conductas cuestionables más complejas)?

Olmo Morales insiste en que “a los hombres nos conviene que se viralicen este tipo contenidos porque señala tendencias absurdas que responden a un modelo de masculinidad esperpéntico”. Especializado en los peligros del discurso beatífico sobre la nueva masculinidad, el académico teme que esta insistencia en la caricatura del hombre cavernario –y apestoso– ayude a sostener el mantra de que el motor de la inequidad que los hombres reproducen es la ausencia de contacto con la propia vulnerabilidad o la falta de autoconocimiento a nivel emocional. “Estos dos temas, cuando se juntan, son tremendamente peligrosos para las mujeres y tremendamente beneficiosos para nosotros. Por un lado, se genera esa figura del monstruo que nos sirve para desidentificarnos con el machismo y que lejos de promover que los hombres nos cuestionemos nos lleva a acomodarnos porque ‘yo no soy como ese”.

El origen del término

Las advertencias de Morales, ciertamente severas, enlazan con la siempre golosa polémica de la risa cómplice: ese reír que antes de satirizar, legitima. En los últimos meses, las piezas periodísticas no han dejado de sucederse sobre el pheromone maxxing, siempre con un deje de guasa. Cuando la moda de no lavarse el pelo para ligar fue tratada en Antena 3 Noticias, la cadena lo anunció con uno de esos chascarrillos tan vinculados al carisma de su presentador más histórico: “A Matías Prats no le mola un pelo esta nueva tendencia”. Este mismo reportaje que encara ahora su recta final no es inocente tampoco. De igual modo, la industria de la creación de contenido se está aprovechando del valor al alza del pheromone maxxing en la economía de la atención para “desmontar” sus preceptos, desde farmacéuticos a enfermeros. ¿Hundimos nuestras narices aquí por responsabilidad informativa o por oportunismo? No será la primera vez en la historia de la comunicación que la respuesta tome un poco de ambas, pero para entender la pertinencia de abordar cómo un fenómeno puede escalar del disparate a la autoayuda, conviene ir a la raíz de todo.

Las primeras señales que Internet emite sobre el pheromone maxxing nos llevan hasta la cuenta de TikTok de un usuario llamado FluffDumpster. En 2024, publicó un vídeo que puede entenderse como el manifiesto fundacional de esta tendencia. “No apesto, estoy maximizando mis feromonas. Los chicos de clase no lo entienden, así que no me sorprende que vosotros, los de TikTok, tampoco lo hagáis”. El físico de Isaac –nombre real del joven detrás de esta cuenta– no está, a diferencia de los de otros profetas feromónicos como los que abrían este reportaje, tallado en el gimnasio: es un joven desaliñado.

Sus vídeos, muchos de ellos grabados en sorprendente colaboración con su madre, abordan la odisea del pheromone maxxing con un ángulo más o menos humorístico: la madre riñendo al hijo por no lavarse, etcétera. Hay vídeos en los que afirma haber pasado períodos semanas sin ducharse y otros en los que presume de hacer experimentos con heces y orina para maximizar su química masculina. No está claro cuánto hay de creencia genuina y cuánto de sátira o rage bait en la línea editorial de Isaac; tampoco si el pie afectado por una enfermedad similar a la escarlatina que muestra en una de sus publicaciones es real u obra de un sofisticado maquillaje.

La última publicación de la cuenta en la que sale Isaac es de febrero de 2025. En diciembre, su madre publicó un vídeo disfrazada de Charlie Kirk y, ante la insistencia de sus seguidores, impacientes por ver de nuevo a su hijo en acción, escribió: “Informo con gran pesar de que Isaac falleció hace siete meses. Pensé que esto [la publicación del disfraz] es algo que él hubiera querido”. En la página de Reddit de Fluffdumpster, un usuario ahondaba en la cuestión hace solo cuatro meses: “Lamento tener que decir esto, pero Isaac falleció a finales del año pasado debido a una infección contra la que había estado luchando durante algún tiempo. Todos han guardado bastante silencio, tratando simplemente de seguir adelante”.

Por supuesto, es posible que el propio Isaac esté detrás de esta performance; que, agotada la vía de provocar mediante el asco, haya optado por fingir su muerte. De hecho, la falta de información real y verificable en la prensa estadounidense sobre el asunto hacen que esta sea la opción más verosímil, porque cualquier otra alternativa resultaría incalificable. ¿Quién en su sano juicio honraría la muerte de su hijo disfrazándose del cadáver baleado de Charlie Kirk? Ahora bien, incluso asumiendo que el origen del pheromone maxxing es una trolleada de un joven de la América profunda y su madre sedientos de atención, es necesario entender cómo su pantomima puede deturparse a golpe de reel hasta conseguir que chulos de gimnasio pongan en práctica sus métodos, ellos sí, completamente en serio.

Puede que dentro de unos meses nadie se acuerde del pheromone maxxing. Probablemente, tampoco importe demasiado cuántos jóvenes decidieron pasar unas semanas sin ducharse siguiendo los consejos de un desconocido de TikTok. Lo que sí merece atención es la facilidad con la que una ocurrencia así encuentra audiencia, se desprende de la ironía marginal con la que nació y termina convertida en una explicación aparentemente seria sobre el deseo y la masculinidad. El olor, en este caso, no viene solo del cuerpo: también emana de las ciénagas del algoritmo.