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En primera persona

Lo que pienso como gallega del “verano en el norte” del que presumen las influencers

22 de julio de 2026 21:26 h

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Alerta. Nueva tendencia vacacional detectada online: el pantallazo al termómetro del móvil marcando 20 grados o el atardecer en sudadera ocupan ya el lugar que en su día perteneció a las #LegsOnTheBeach, aquellas piernas bronceadas fácilmente intercambiables por salchichas. La nueva imagen del verano aspiracional parece estar asociada al “fresquito” y al “qué gusto dormir tapado”.

Después de ver durante semanas cómo las temperaturas van alcanzando un récord tras otro y el país –y medio mundo– se ahoga en un mar de olas de calor, a causa de una crisis climática cada vez más grave, es entendible el anhelo de encontrar un poco de aire fresco más allá del centro comercial. Cómo no empatizar, empezando por no votar a partidos que niegan o minimizan el cambio climático. Incluso en Galicia se están alcanzando este verano temperaturas más propias de Andalucía o Castilla-La Mancha.

Lo que cuesta un poco más digerir es la postal completa que se vende por parte de quienes acumulan cientos de miles de seguidores dado el nivel de banalidad. “El norte como concepto abstracto”, denunciaba en un vídeo la creadora de contenido Celimonde, siempre crítica con el universo influencer. “Es como cuando África de repente es un país”, comparaba la asturiana, harta de esa simplificación insultante hacia regiones tan diversas. ¿Por qué nadie se refiere a “veranear en el este” cuando viaja a Denia o Menorca?

¿El norte es León?, ¿Comillas?, ¿Bilbao?, ¿es Soria?, ¿es la sierra de Madrid? Basándonos en la evidencia empírica, el norte al que se refieren –especialmente personas madrileñas– no tiene por qué ser geográfico, ya que no considera Ponferrada y sí Pontevedra, es más bien un misterio sociológico que implica a Galicia, Asturias, Cantabria y Euskadi.

Todo se reduce a un puñado de tópicos infantiles que incluyen días lluviosos, vacas –no has estado de verdad en “el norte” si no has hecho foto a una vaca– o un jersey en la playa. “Verano en el norte significa no poder llevar el pelo suelto”, “el norte y esa sensación de vivir sin prisas”, “vístete conmigo norte edition”, “lo que más me gusta del norte es no tener que peinarme ni que maquillarme” son algunas perlas con las que me tropiezo en una búsqueda rápida por TikTok que prefiero no comentar. De quienes se enfadan porque no pueden llevar el coche hasta el propio arenal o porque sube la marea y les roba la playa mejor tampoco hablamos.

En Galicia, con una cultura migratoria tremendamente arraigada, la tradición turística está históricamente ligada al Camino de Santiago y a la acogida de peregrinos. El problema llega cuando el turismo masificado obvia culturas e identidades históricas y se relaciona de manera abusiva, condicionando la vida local; la ciudad se convierte en un escape room de calles cortadas, plazas por la que es imposible pasar, no se generan vínculos, los servicios están saturados y los precios inflados.

Todo se reduce a un puñado de tópicos infantiles que incluyen días lluviosos, vacas –no has estado de verdad en “el norte” si no has hecho foto a una vaca– o un jersey en la playa

Si Portonovo, Sanxenxo o Compostela tienen experiencia en las complicaciones derivadas de un turismo cada vez más agresivo, el problema se agrava en lugares que no están acostumbrados ni preparados para determinadas cifras de visitantes. Una amiga de Moaña me cuenta estos días que a su hermana, que quería independizarse, le fue imposible alquilar un piso en su propio pueblo. El problema ya no era el precio, sino que directamente, como ya pasa en más pueblos o zonas rurales, no existe la opción de un alquiler que no sea el vacacional, más rentable. Proyecto de vida not found.

En la misma comarca do Morrazo, Cangas multiplica por tres su población cuando suben las temperaturas y, como muchos otros ayuntamientos en situaciones similares, pone a prueba al personal sanitario, que denuncia cada año la falta de refuerzos. También el consumo de agua se incrementa y obliga a racionar el uso diario por vivienda. Podríamos mencionar la gestión de una basura que también se multiplica, los atascos en una comunidad con un transporte público más bien deficiente o los vecinos que ya han dado por perdidas ciertas playas o chiringuitos de donde poco a poco han sido desplazados por quienes se sorprenden si un café cuesta menos de dos euros. “Solo hay valientes aquí en la playa, si tienes miedo, mejor no vayas”, canta Rodrigo Cuevas al respecto en su último disco.

¿Quién sostiene a quién?

Hace más de un siglo el sociólogo y economista Thorstein Veblen ya acertaba a definir lo que hoy podría denominarse el turismo de Instagram en su Teoría de la clase ociosa, en la que defendía que el ocio y el consumo de las clases acomodadas están más motivados por el reconocimiento social o la ostentación que por una voluntad o necesidad real. Estos hábitos de consumo, a su vez, influyen en otras clases sociales, que tratan de imitar ese estilo de vida. Tanto San Sebastián como Santander han sido lugares vacacionales de la monarquía en los siglos pasados; ni Instagram ni María Pombo son responsables de haberlos puesto en el mapa como destinos ligados al estatus.

Lo que sí favorecen las redes sociales es la aceleración de tendencias que antes tardaban años en consolidarse. La viralidad alcanza velocidades de vértigo a golpe de like y fomenta un tipo de turismo basado en hacer checks o cumplir con una lista de experiencias superficiales que otros miles de personas han hecho antes. Es el fast food del viaje: no hace falta hablar con nadie local ni para pedir una dirección y mucho menos plantearse cómo viven cuando acaba septiembre, basta con conseguir la foto y pasar al siguiente punto de la lista.

Este modo de consumo de lugares, convierte pueblos y ciudades en decorados, y a sus vecinos en meros figurantes, o quizás ni eso con las opciones que ofrece la IA para eliminar todo rastro de presencia humana de las fotos. Lo que todavía no han conseguido los desarrolladores es poner a la IA a fregar platos, limpiar pisos turísticos, hacer camas en hoteles o poner copas de madrugada, porque el turismo no se hace solo, “lo hacen trabajadores a cambio de miseria”, como asegura la periodista Anna Pacheco en Estuve aquí y me acordé de nosotros (Anagrama, 2024), ensayo en el que se infiltra entre el personal de un hotel de lujo en Barcelona.

Llegados a este punto todavía es pertinente preguntarse si vivimos del turismo o el turismo vive de nosotros. En Galicia, con el sector primario y la industria enfrentándose constantemente a problemas estructurales, el turismo representa ya alrededor del 10,5% de toda la ocupación, según el informe anual de 2025. Conviene reflexionar sobre si merece la pena invertir en el modelo económico que se consolida: temporal, feminizado –que suele ser sinónimo de precarizado– y estacional, porque aquí todavía no han llegado los inviernos de la Costa del Sol y los visitantes se concentran masivamente en verano.

Seguiremos viendo outfits imposibles por la playa, opiniones sobre lo bucólico de vivir “en la nada” y paseos por la aldea con bolsos más caros que contratar a la Panorama un sábado de agosto. ¡Ah!, y en cinco meses estrenamos nuevo año Xacobeo, algo tan especial en Galicia que solo pasa catorce veces cada siglo. Es urgente que hablemos de algo más que del tiempo.