Selene Martínez, psicóloga: “Muchas veces no nos bloquea la decisión en sí, sino la incomodidad de no saber qué ocurrirá”
¿Chocolate o vainilla? ¿En tren o en coche? ¿Jersey o chaqueta? Tomamos infinidad de decisiones a diario, incluso muchas veces sin dudarlo ni pensarlo dos veces, casi por instinto. Pero no todas son iguales: más allá de las decisiones más banales como las de la introducción, están las que nos cuestan, las que nos atormentan más y las que nos obligan a darle vueltas y más vueltas durante días. Quien más, quien menos, ha experimentado la frustración de sentirse incapaz de decantarse por una opción clara cuando la decisión puede tener consecuencias mayores.
Decidir un cambio de carrera o de trabajo o en una relación no es fácil. En cualquiera de ellas es normal estar sopesando todas las posibles consecuencias, algo que muchas veces nos hace sentir más inseguros que al principio. Pero, en la mayoría de los casos, lo que es difícil no es la decisión en sí, sino en cómo reaccionamos ante la incertidumbre. Comprender esto es el primer paso para tomarlas con mayor seguridad.
Por qué nos cuesta tomar decisiones
“En realidad, muchas veces no nos bloquea la decisión en sí, sino la incomodidad emocional que genera no saber qué ocurrirá después”, nos explica la psicóloga Selene Martínez. Nuestro cerebro está programado para buscar la previsibilidad y la seguridad. Por tanto, cuando nos enfrentamos a una decisión, especialmente una que puede afectar a nuestro futuro, intentamos anticipar todas las posibles consecuencias y surgen dudas como: ¿Y si elijo mal? ¿Y si me arrepiento después? ¿Es la mejor opción? Analizamos opciones para evitar errores, pero muchas veces buscamos una certeza que no existe.
Para muchas personas, el verdadero desafío a la hora de tomar decisiones es el miedo a equivocarse. “Detrás de la dificultad de tomar una decisión puede encontrarse el miedo a equivocarnos y también la necesidad de tener la certeza de que estamos eligiendo la mejor opción posible. El problema es que, en la mayoría de las decisiones importantes de la vida, esa certeza no existe”, afirma Martínez.
Otras veces, además de la dificultad para tomar decisiones, puede influir el perfeccionismo, una particularidad engorrosa e inflexible que deja poco espacio para la creatividad. Y la toma de decisiones es una de las víctimas del perfeccionismo, que suele ralentizar de manera drástica este proceso porque muchas veces nos deja atrapados en un ciclo de indecisión por sobreanálisis. El miedo a cometer errores y no alcanzar nuestros propios estándares puede llevarnos a la evasión, porque el perfeccionismo nos dice que cualquier cosa que no sea la excelencia es inaceptable.
“Cuando sentimos que una decisión tiene que ser perfecta, cualquier alternativa parece insuficiente porque inevitablemente implica renunciar a algo”, afirma Martínez, que reconoce que “a esto se suma la inseguridad, la dificultad para tolerar la incertidumbre o incluso experiencias pasadas en las que asociamos equivocarnos con consecuencias muy negativas”.
Cómo convencernos de que la decisión es acertada
Una de las partes más difíciles de tomar decisiones es aceptar que, a veces, no existe una respuesta correcta. Cada elección implica renunciar a algo, cerrar la puerta a otras opciones. Y esto está bien. Es normal sentir inquietud ante lo desconocido y tratar de encontrar la opción perfecta puede mantenernos estancados.
“Una de las trampas más frecuentes es evaluar nuestras decisiones con información que no teníamos cuando las tomamos. Es más fácil mirar atrás y pensar: ‘debería haber elegido otra cosa’, pero solemos hacerlo con la ventaja de conocer ya el desenlace”, dice Martínez.
La clave para mejorar en la toma de decisiones reside en aceptar la idea de que no siempre acertaremos, que hay que estar dispuestos a cometer errores y a no “idealizar la alternativa que descartamos, imaginando que todo habría salido mejor, porque nunca podremos saber con certeza qué habría ocurrido”, afirma Martínez. La experta sostiene, en este sentido, que “muchas veces aprendemos más de una decisión que no salió como esperábamos que de una que salió bien por casualidad”.
Tener una mentalidad adaptable es importante a la hora de tomar decisiones; así, si nos equivocamos, podemos ajustarnos en consecuencia y verlo como una oportunidad de aprendizaje. “Es importante practicar cierta autocompasión y recordar que decidir implica asumir un margen inevitable de incertidumbre. Más que preguntarnos si fue la decisión perfecta, puede ser más útil preguntarnos si actuamos de acuerdo con nuestros criterios, valores y recursos de aquel momento”, matiza la experta.
Cómo podemos tomar decisiones sin que nos cause malestar
No podemos esperar la certeza absoluta y sí puede ser útil reconocer que la incertidumbre es parte de la vida. Por mucho que analicemos y planifiquemos, no podemos predecir todos los resultados. Si aceptamos esto, nos estamos dando permiso para tomar decisiones basadas en lo que creemos correcto y alineado con nuestros deseos y valores, sabiendo que también está bien cometer errores.
Por tanto, debemos “aceptar que tomar decisiones importantes suele generar cierto grado de malestar, porque muchas personas esperan sentirse completamente seguras antes de decidir, pero esa sensación rara vez llega”, afirma Martínez.
Para la especialista, podemos preguntarnos, por ejemplo “qué información necesitamos realmente para decidir y cuál estamos buscando solo para intentar eliminar la incertidumbre. A partir de cierto punto, seguir analizando no aporta más claridad, sino más dudas”, advierte.
Tomar decisiones importantes requiere a menudo de planificación y ciertas acciones. Para tomar decisiones de forma más eficaz nos puede ayudar evaluar las opciones y “cambiar el foco de encontrar la opción perfecta a elegir una suficientemente buena y coherente con nuestros valores, necesidades y circunstancias actuales. Tomamos decisiones con la información que tenemos hoy, no con la que tendremos dentro de seis meses”, afirma Martínez.
“Una buena decisión no es aquella que garantiza un buen resultado, sino aquella que se toma de forma reflexiva y coherente con lo que sabemos en ese momento”, recuerda la experta.
La indecisión que se vuelve persistente
¿En qué momento de todo este proceso la indecisión deja de ser algo normal? ¿Cuándo deberíamos preocuparnos? Lo primero que debemos tener en cuenta es que “la indecisión es una experiencia completamente normal, todas las personas dudamos cuando nos enfrentamos a elecciones importantes o con consecuencias relevantes”, matiza Martínez.
A partir de aquí, sin embargo, hay ciertos comportamientos que actúan de alerta. “La preocupación aparece cuando esa dificultad para decidir se vuelve persistente y empieza a interferir en la vida cotidiana”, advierte Martínez. Debemos preocuparnos cuando “una persona evita tomar decisiones de forma sistemática, necesita una validación constante de los demás, dedica una cantidad excesiva de tiempo a analizar opciones o experimenta niveles de ansiedad muy elevados ante decisiones incluso pequeñas”, explica la especialista.
Se trata de casos en los que “la indecisión puede estar relacionada con problemas más amplios, como trastornos de ansiedad, perfeccionismo extremo, baja autoestima o rasgos obsesivos y merece la pena explorar qué está ocurriendo en profundidad”, afirma Martínez. “El criterio fundamental no es cuánto duda una persona, sino cuánto sufrimiento le genera esa duda y hasta qué punto limita su vida”.