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VIDA ONLINE

La tiranía de lo predecible: el peligro de convertir nuestra vida en un algoritmo perfecto

Juanjo Villalba

1 de septiembre de 2026 21:22 h

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El despertador de Max Hawkins, un ingeniero de software de Google de San Francisco, sonaba cada día a las siete en punto de la mañana. Lo apagaba, se vestía y salía de casa hacia el café de especialidad de su barrio que tenía mejor puntuación en Yelp.

Minutos después, subía a su bicicleta para realizar un trayecto de exactamente 15 minutos y 37 segundos por la ruta que Google Maps determinaba como la más óptima. Tras ocho horas de trabajo, terminaba la tarde con sus amigos en una cervecería artesanal también con buena puntuación o en el césped de Mission Dolores Park.

Su vida era buena, cómoda, envidiable. Sin embargo, un día leyó un estudio académico que acabaría cambiando su vida por completo. En él se analizaban los movimientos de 100.000 usuarios de telefonía móvil durante seis meses y se concluía que sus movimientos eran completamente predecibles.

Él mismo se sintió así: programado. ¿Dónde quedaba el libre albedrío? Fue entonces cuando tomó una decisión radical: delegar sus decisiones en una serie de algoritmos aleatorios creados por él mismo para romper con todo eso.

Diseñó aplicaciones para determinar los lugares a los que iba, los restaurantes donde comía, la música que escuchaba e incluso los tatuajes que comenzó a hacerse. En los dos años siguientes abandonó su apartamento, compró un billete de solo ida a Vietnam y recorrió el mundo dejando que su ordenador eligiera su destino. Hawkins descubrió una desconcertante sensación de emancipación al librarse del peso de la elección, aunque la aleatoriedad absoluta pronto empezó a revelar sus grietas.

La prisión de las preferencias y el mito del atajo algorítmico

La historia de Max Hawkins, recogida por The Atlantic, sintetiza una forma de vivir muy común en las sociedades contemporáneas: la hiperoptimización.

Guiados por plataformas como Google Maps, TripAdvisor, Spotify o Netflix, los ciudadanos hemos delegado el descubrimiento a sistemas que garantizan evitar cualquier fallo o pequeña decepción. Ya no se visita un restaurante sin comprobar si ostenta cuatro estrellas o más, ni se inicia un trayecto urbano sin consultar el trazado más rápido. Esta búsqueda obsesiva de la perfección vacía la experiencia cotidiana de cualquier atisbo de espontaneidad.

Como señala el filósofo José Carlos Ruiz, ya no buscamos satisfacer nuestras apetencias, sino maximizarlas y llevarlas al perfeccionismo extremo. Todo esto genera una enorme presión, autoexigencia e intolerancia al fallo o a la decepción

El psicólogo, profesor y divulgador Buenaventura del Charco analiza la raíz de este pánico al error cotidiano: “Somos una cultura profundamente aspiracional”, asegura. “Ya no hacemos tanto las cosas por la experiencia, sino por la sensación de hacerlo bien. La funcionalidad de muchas de nuestras acciones es instrumental: no las ejecutamos por la acción en sí, sino para validarnos. Como señala el filósofo José Carlos Ruiz, ya no buscamos satisfacer nuestras apetencias, sino maximizarlas y llevarlas al perfeccionismo extremo. Todo esto genera una enorme presión, autoexigencia e intolerancia al fallo o a la decepción”.

Esta dinámica genera una paradoja importante. En el intento desesperado por garantizar que cada comida sea memorable, cada minuto aprovechado y cada compra perfecta, la tolerancia a la frustración se evapora. La posibilidad de comer mal o de perder veinte minutos en una ruta equivocada se percibe como una amenaza casi intolerable, reduciendo la existencia a una secuencia de microdecisiones preconcebidas (por otros).

Explorar o explotar: el dilema informático que define nuestro consumo

En el campo de las ciencias de la computación existe un dilema analítico fundamental denominado explore vs. exploit (explorar nuevas opciones o explotar las que ya sabemos que funcionan). Cuando un algoritmo de recomendación selecciona el siguiente tema musical o la próxima sugerencia gastronómica, debe sopesar si arriesgarse recomendando algo desconocido o mantenerse en el territorio seguro de las preferencias pasadas. La balanza del entorno corporativo actual se inclina abrumadoramente hacia la explotación comercial.

Los propios sistemas de recomendación necesitan arriesgar un mínimo. Siempre tiene que haber un porcentaje de exploración en la propuesta recomendada porque la explotación solo se realiza sobre los datos del pasado

Antonio Ortiz, analista tecnológico y autor de la newsletter Error500, explica las complejidades de este diseño: “Los propios sistemas de recomendación necesitan arriesgar un mínimo”, sostiene. “Siempre tiene que haber un porcentaje de exploración en la propuesta recomendada porque la explotación solo se realiza sobre los datos del pasado. Sin embargo, de esta cuestión lo que más me interesa no es solo el dilema entre explotación o exploración, sino la ausencia de capacidad de valorar el largo plazo. Estos sistemas se retroalimentan de acciones inmediatas a muy corto plazo: ver el siguiente vídeo o escuchar la siguiente canción. Todavía hay muy pocos sistemas que valoren al usuario a largo plazo, midiendo su satisfacción duradera más allá de retenerlo durante diez segundos más”.

Al priorizar la retención inmediata, las plataformas digitales construyen un bucle cerrado donde el usuario consume variaciones continuas de lo mismo. Esta saturación uniformiza los gustos culturales e incluso puede llegar a alterar la fisonomía urbana.

Las ciudades sufren claramente las consecuencias de este fenómeno: locales y restaurantes adaptan sus estéticas y menús para satisfacer los parámetros analíticos que demandan las valoraciones de internet, difuminando las identidades gastronómicas y culturales en favor de una fórmula comercial probada y segura.

La renuncia a la responsabilidad y la búsqueda de la agencia perdida

Frente al acorralamiento algorítmico, delegar las decisiones en la aleatoriedad pura (como hizo Hawkins con sus programas informáticos) puede parecer una rebelión radical. Sin embargo, los expertos en salud mental ven en esta conducta una moneda de dos caras. Si bien rompe el bucle de la hiperoptimización, también puede esconder una forma sutil de evasión de la propia voluntad.

Del Charco reflexiona sobre el significado profundo de delegar la vida a una máquina: “Lo triste es que necesitemos una aplicación para hacer lo que antes era natural y orgánico”, y recuerda. “En un episodio de The Big Bang Theory, Sheldon Cooper, un personaje caracterizado por su tendencia a la obsesión, recurría a un dado para tomar decisiones y aliviar su carga mental. Esa parodia es hoy una triste realidad. Al delegar la elección en el azar o en una máquina, en el fondo evitas la responsabilidad del resultado”.

“Creo que para trabajar la intolerancia a la incertidumbre no debemos diseñar un plan ni planificar la aleatoriedad, porque eso es un oxímoron”, continúa. “Simplemente, debemos ser más anárquicos y espontáneos. Salir sin planificar provocará que nos sucedan cosas malas, decepcionantes o inesperadas, pero ese será el mejor modo de hacer callo y generar tolerancia”.

Por su parte, Ortiz apunta a otra grieta en el plan de Hawkins: cualquier generador de azar opera dentro de un ecosistema que ya posee sus propios sesgos y exclusiones previas. “Filosóficamente, me parece un poco arbitrario plantear que seguir recomendaciones aleatorias suponga mayor agencia que mirar lo que te recomienda una plataforma”, sostiene. “Seleccionar algo aleatorio dentro de un sistema sigue condicionado por los sesgos de ese propio sistema”.

Recuperar el valor del fallo en un mundo hipercalculado

Tras años de vagar por el mundo guiado por su ordenador, Max Hawkins comprendió la limitación inherente a su experimento. En el pequeño pueblo rural de Williamston, sin amigos, sin propósito y sin nada que hacer, la aleatoriedad le reveló su cara más vacía: generar ruido constante no equivale a construir una vida con sentido.

Finalmente, él y su pareja decidieron asentarse en Los Ángeles, alquilar una casa y recuperar una estructura estable, manteniendo pequeñas dosis controladas de imprevisibilidad cotidiana en sus cenas y hábitos.

Las rutinas rígidas y las recomendaciones automatizadas proporcionan confort y previsibilidad, pero extinguen el margen de maniobra necesario para el crecimiento personal

Su periplo por el azar total nos deja una lección valiosa a los que vivimos en una sociedad obsesionada con el control absoluto. Las rutinas rígidas y las recomendaciones automatizadas proporcionan confort y previsibilidad, pero extinguen el margen de maniobra necesario para el crecimiento personal. La planificación constante bloquea el espacio indispensable para escucharse a uno mismo y descubrir apetencias auténticas no procesadas por un servidor remoto.

Aceptar el riesgo de una mala cena, perderse por calles que no figuran en las guías de tendencia o entablar una conversación sin un propósito predeterminado son pequeños actos de resistencia cotidiana.

Pero la verdadera libertad no consiste en optimizar cada minuto del día para rozar una perfección abstracta, ni en ceder ciegamente los mandos de la existencia a un software aleatorio. Radica en cultivar la serenidad suficiente para abrazar la incomodidad del fallo, asumir las consecuencias de nuestras decisiones y encontrar belleza en el inevitable e imperfecto azar de estar vivos.