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El accidente

Ambos coches llevan matrícula local, ambos conductores son africanos, y aquí se acaban las similitudes. Sobre el asfalto de la C-19, en Namibia, resoplan vencidos los dos. El primero es un potente y brillante todoterreno blanco: uno de esos vehículos que gastan tanto como un petrolero y sueltan tanto humo como una refinería; un modelo especial, preparado para el desierto, tan contaminante que su venta está prohibida en Europa. A pocos metros de allí yace una camioneta destartalada, una vieja pick up. La cabina se ha separado completamente del remolque; los neumáticos delanteros han adelantado al vehículo y ruedan libres al fin. Sobre el remolque, un médico atiende a una mujer negra herida; le han puesto suero en el brazo, está sangrando. Parece grave, pero no mortal. Un puñado de niños negros juegan a su alrededor.

A diferencia de la destartalada camioneta, el todoterreno mantiene el tipo con bastante dignidad. En él viaja una familia blanca, que ha salido indemne; dos chicas jóvenes hablan por el móvil mientras esperan a que llegue la grúa. Ha sido un contratiempo fatal. Este tramo de la C-19 es una inmensa recta extenuante, tan interminable que casi se puede ver cómo las líneas del arcén se cortan en el horizonte. Es una de las pocas vías asfaltadas, pero apenas tiene tráfico. El primer y el tercer mundo chocaron en el único cruce en kilómetros. La negra y desvencijada camioneta no miró al pasar y el todoterreno blanco, que viajaba lanzado, la arrolló.

La renta per cápita de Namibia es de 6.342 dólares anuales. Es una estadística falaz. Namibia es también uno de los países con mayor desigualdad económica del mundo; cualquier todoterreno de la minoría blanca cuesta la renta media de diez años, o más.

Yo soy de los que miran en los accidentes. No es morbo, siempre se aprende algo.